LO QUE LA CRISIS NOS DEJÓ (I): ANTECEDENTES Y CONTEXTOS.

Crisis

Hubo una vez un país cuyos habitantes eran felices en la creencia de que el sistema constitucional bajo el cual vivían era perfecto e intocable; un país donde la gente buscaba garantizar su supervivencia y permitirse algún lujo excepcional en el marco de un Estado social y democrático de Derecho. Pero esa especie de arcadia feliz fue progresivamente diluyéndose como azucarillo en agua. De la mera supervivencia se pasó al consumismo más desenfrenado, mientras que la confianza en las bondades del sistema, ciega al principio, fue haciéndose más y más escasa hasta tal punto que llegó un momento en que la situación llegó a ser insostenible. Por su parte, el sistema constitucional se anquilosaba y devino en arcaico e incapaz de adecuarse a los nuevos tiempos sin que la clase política quisiera darse cuenta de ello. Y fue entonces en el año 2008, cuando al igual que sucediera justo doscientos años atrás, una amenaza exterior hizo estallar abruptamente las disfunciones del sistema. Si en 1808 la crisis institucional vino ocasionada por una invasión física de una potencia exterior y teóricamente aliada, en 2008 la invasión fue algo más metafórica: la crisis económica sin precedentes desde la época de la Gran Depresión en 1929. Los habitantes de esa especie de Atlántida a punto de desaparecer tardaron en darse cuenta de ello, al vivir en pleno ojo del huracán, más precisamente por esta circunstancia sufrieron aún más en sus carnes las inclemencias del temporal. Hoy ese país está azotado por el desencanto, el desempleo y grandes masas de ciudadanos que viven en el umbral de la pobreza, alentando especuladores y aprovechados que sacan ganancia de la situación. Si tras la guerra de secesión estadounidense, durante el periodo de reconstrucción se acuñó en los estados sureños el despectivo término de carpetbagger (referido al habitante de los estados del norte que se desplazó a los estados del sur a enriquecerse a costa de la desgracia ajena) quizá el rico imaginario hispano debiera crear un término para denominar a quienes se enriquecen sobremanera mientras el grueso de la población ha se ha visto en la necesidad de pasar del mejor o peor “vivir” a tratar de “sobrevivir”. Mientras tanto, la clase política actúa de igual manera que el emperador Nerón mientras contemplaba el incendio de Roma (todos los aficionados al séptimo arte recuerdan al gran Peter Ustinov encarnando al último emperador de la dinastía julio-claudia entonando aquello de: “ohhh, llama voraz!/oh, terrible deidad/omnímoda fuerza atroz/tal vez fuerza brutal hiriente/cuanto llegas a tocar/lo destruyes inconsciente./La antigua Troya te debe a ti su destrucción./Su tierra asolaste y después fecundaste….”.

Crisis económica y crisis constitucional no son términos equivalentes o sinónimos. Son posibles crisis constitucionales en periodos de bonanza económica como es posible que en periodos económicamente difíciles el sistema no se vea afectado porque funcione perfectamente en otros aspectos. España vivía, sin saberlo, una crisis constitucional que implosionó súbitamente, quizá porque la crisis económica la hizo ya visible a todas luces de forma evidente y descarnada. En época de bonanza económica la gente “tornaba la cabeça” o simplemente cerraba los ojos pensando que mientras tuviera garantizado su sueldo y su modo de vida se podían tolerar ciertas cuestiones o ser comprensivo con determinadas actitudes que no sólo deberían acarrear reproche social, sino incluso penal; pero al llegar las circunstancias difíciles esas mismas personas antaño tolerantes mutan súbitamente la faz. Como indicaba Santiago Muñoz Machado en su Informe sobre España la crisis económica pasará, más tarde o más temprano, pero las deficiencias del sistema, la auténtica crisis constitucional permanecerá mientras subsistan las circunstancias que la ocasionaron. La Constitución de 1978 precisa reformarse, porque todo lo bueno que pudo tener en su momento no sirve cuando han transcurrido ya casi cuarenta años desde su promulgación, y mantenerla incólume sería no sólo suicida, sino tan ridículo como pretender que un individuo cuarentón saliese a la calle con la vestimenta de su infancia. Es preciso adecuarse a las necesidades y a los tiempos, y esto vale para la moda, para las ideas y para los textos legales o constitucionales. Mas parece que la clase política, degenerada ya en casta, no parece muy propicia a ello, y encerrada cada vez más en sí misma parece fiarlo todo a la idea de que el cuerpo electoral entre la falsa estabilidad y la aparición de los partidos antisistema elegirá ciegamente la primera. Es esta una tesis suicida. Decía acertadamente Lord Acton que “Cuando no es necesario cambiar, es necesario no cambiar”, pero cabría decir a la inversa que, cuando es necesario cambiar, los cambios son obligados. En nuestro país, desde noviembre del año 2011 nos hallamos ante el mutismo más absoluto en cuanto a grandes cambios estructurales, fiándolo todo a un aumento de la presión fiscal sobre el ciudadano medio haciendo insoportable la carga tributaria y creando con ello peligrosamente el caldo de cultivo para un malestar social de gran calibre.

Las anteriores reflexiones genéricas y de carácter social sirven como necesario antecedente de nuestra siguiente entrada, que servirá de complemento a la presente con unos apuntes ya estrictamente jurídicos acerca de la situación actual en la que nos encontramos.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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