UNANIMIDAD Y VOTOS DISCREPANTES EN EL TRIBUNAL SUPREMO NORTEAMERICANO.

Unanimity and dissenting

Recientemente el profesor estadounidense Cass Sunstein publicaba un un interesantísimo artículo titulado Unanimity and disagreement in the Supreme Court, y en el cual analiza, apoyándose fundamentalmente en instrumentos estadísticos, la jurisprudencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos centrando sus reflexiones en el resultado obtenido en cada sentencia, es decir, las ocasiones en que ha existido unanimidad y en aquéllas otras en las que, por el contrario, han existido votos particulares, ya sean concurrentes o discrepantes. El trabajo en cuestión es destacable y muy ilustrativo porque utiliza un método no muy frecuente en nuestro país: la de estadística judicial. En efecto, con la estadística pueden realizarse mediciones y verificarse datos muy ilustrativos que un mero análisis crítico-material de las sentencias no permite inducir.

Con abundante uso de material gráfico, Cass Sunstein llega a tres conclusiones esenciales que desarrolla a lo largo de su trabajo. Tales conclusiones son la siguientes:

1.- Desde el acceso de John Marshall al cargo de chief justice hasta el año 1941, el porcentaje de resoluciones judiciales adoptadas por unanimidad era relativamente alto. No quiere ello decir que no hubiese casos de gran relevancia donde estallasen abrupta y públicamente las discrepancias (son paradigmáticos los casos Dred Scott v. Sanford o Lochner v. New York, por citar tan sólo los más célebres). La relativa estabilidad del gran porcentaje de sentencias unánimes del Tribunal Supremo tenía su origen en John Marshall, para quien el máximo órgano de la federación debía hablar con una sola voz; es decir, se trataba de un órgano colegiado, no de una suma de individuos. El papel esencial del chief justice era y debe seguir siendo el de ayudar a la construcción de mayorías estables, puliendo diferencias en aras a lograr una sentencia unánime o, cuando menos, de una mayoría cualificada, dado que las sentencias adoptadas por un escaso margen de votos (cinco frente a cuatro, seis frente a tres) pueden ser revocadas con facilidad.

2.- Año 1941 como giro copernicano. La solidez ad extra del Tribunal Supremo se mantuvo incluso en el primer mandato presidencial de Franklin Roosevelt, cuando bajo el liderazgo del chief justice Charles Evans Hughes el máximo órgano judicial de los Estados Unidos adoptó por unanimidad una serie de sentencias que anularon las principales iniciativas auspiciadas por el Presidente en su política de New Deal. Pese a la división interna existente entre los magistrados (e incluso alguna división debida más que a la ideología al carácter personal de alguno de los jueces –en concreto de James McReynolds), las grandes decisiones se adoptaron por unanimidad o por una mayoría cualificada. ¿Cómo pudo ser que tras esa lucha entre dos poderes, donde el Tribunal Supremo incluso logró sobrevivir a un fracasado proyecto legislativo para alterar su estructura y composición, se alterase el orden de cosas existente? Para Sunstein, el responsable máximo fue el chief justice Harlan F. Stone, quien quizá no siendo consciente del papel que debe desempeñar el máximo responsable de la institución, no dudaba en formular votos particulares disidentes, abriendo la puerta a la disidencia generalizada. Es cierto que bajo Earl Warren los grandes casos se adoptaron por unanimidad (Brown v. Board of Education, o el United States v. Nixon, por ejemplo), pero la disidencia interna entre dos modos de entender el derecho se instaló definitivamente en el seno del Tribunal Supremo. Si a ello unimos que Warren Burger carecía de la capacidad de liderazgo para presidir y liderar la institución, la situación era lógicamente previsible. Ni tan siquiera fuertes personalidades como Warren o Rehnquist (la personalidad y la capacidad de liderazgo del último la reconoce incluso Bernard Schwartz, ideológicamente opuesto a éste) lograron reconducir tal estado de cosas.

3.- Tal situación se prolonga, según Sunstein, hasta el año 2013, que recupera un número inusualmente elevado de sentencias adoptadas por unanimidad, que contrasta con la de los años precedentes. El autor es prudente en sus conclusiones, es decir, no se atreve a constatar que estemos ante un cambio para retornar a los parámetros iniciales previos a 1941, pese a que sí en cierta manera apunta a las tesis sustentadas en 2006 por el actual chief justice John Roberts en el sentido de que el Tribunal Supremo debería reorientarse hacia la unanimidad, limitando los votos particulares discrepantes. Si bien esto último debería matizarse, porque los votos particulares concurrentes en ocasiones (que en puridad no computan como disidencia respecto al parecer mayoritario) en ocasiones encubren un voto particular discrepante al favorecer tesis jurídicas incluso en ocasiones de mayor fundamento que el parecer mayoritario. Así, por ejemplo, en la polémica sentencia Bush v. Gore la doctrina estadounidense, incluso la que discrepa abierta y furibundamente del contenido material de la misma, sostiene que está mucho más fundamentado doctrinal y jurídicamente el voto particular del chief justice William Rehnquist (apoyado por Antonin Scalia y Clarence Thomas) que el razonamiento teóricamente apócrifo (emanado, en realidad, de la pluma de Anthony Kennedy).

También hay que entender el distinto papel que ostenta no sólo en el ordenamiento estadounidense, sino en cualquier ordenamiento jurídico, el papel del Tribunal Supremo, rol que en su día explicó muy didácticamente Anthony Kennedy. La diferencia esencial es que, a diferencia de otros órganos judiciales inferiores, el Tribunal Supremo no sólo resuelve el caso concreto enjuiciado, sino que además ha de elaborar doctrina jurídica que el resto de juzgados y Tribunales han de aplicar. Por ello no es el mismo papel el que ostenta un juez de un órgano colegiado (y dentro de éstos, un juez del Tribunal Supremo) que el titular de un órgano unipersonal. El juez unipersonal es el único y máximo responsable de sus resoluciones, las cuales elabora según su leal saber y entender (en los ordenamientos del common law está limitado por el principio stare decisis, es decir, que está vinculado no sólo por sus propios precedentes, sino por el criterio jurisprudencial mantenido por órganos superiores); por el contrario, el juez de un órgano colegiado pierde gran parte de su independencia al tener que cohonestar su actividad con el resto de sus colegas, lo que le impone en cierta medida una labor de transacción en algunos casos. A todo ello debe añadirse que quienes se encuentran en los organismos judiciales sitos en la cúspide del poder judicial han de tener muy presente que su visión ha de trascender el caso concreto pero sin abandonarlo del todo, de tal manera que a la luz de las circunstancias concretas puedan establecer reglas o normas aplicables por los tribunales inferiores.

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Un comentario el “UNANIMIDAD Y VOTOS DISCREPANTES EN EL TRIBUNAL SUPREMO NORTEAMERICANO.

  1. Muy interesante. ¿Qué podría decirse del mismo tema unanimidad/votos particulares en lo que al Tribunal Constitucional español se refiere?
    Por cierto, que el “A History of the Supreme Court” de Schwartz es muy interesante para conocer, aunque sea un poco por encima, los mecanismos internos del Supremo estadounidense, así como el peso que en él pueden jugar, a veces, las relaciones personales entre sus miembros.
    Un saludo.

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