HONOR Y LANCES DE HONOR: AUTOTUTELA FRENTE A ATAQUES AL BUEN NOMBRE.

Duelistas

Hace poco más de seis años, un miembro del Ministerio Fiscal que había interpuesto un recurso contencioso-administrativo por el procedimiento especial de derechos fundamentales frente a un acuerdo de un Colegio de Abogados suspendiendo las designaciones de abogados de guardia, tras exponer criterios jurídicos algo discutibles, acababa de forma harto inaudita que la Abogacía siempre había prestado la defensa de la gente sin recursos como una “cuestión de honor” (sic). El argumento no por ser cierto deja de ser hoy en día hilarante porque, en efecto, cuando la Abogacía prestaba ese servicio asumiéndolo como un “timbre de honor”, servicios que hoy en día son inequívocamente públicos y prestados por el Estado se encontraban en manos privadas, y se prestaban a título de simple caridad. Pero la invocación del “honor” por parte de este curioso y peculiar funcionario público de la fiscalía no podía ser más desastrosa, porque lo que entonces precisamente se consideraba deshonroso era defender el honor precisamente en los órganos jurisdiccionales; en efecto, la tutela del derecho al honor era un asunto privado que se solventaba entre ofensor y ofendido sin que ni las condenas estatales ni religiosas sirviesen para erradicar de la sociedad el hecho de que las ofensas al honor deberían solventarse en un campo estrictamente privado. Sujeto a ciertas reglas, sí; pero reglas no jurídicas, sino emanadas de la propia sociedad. Ese “honor” invocado por el Ministerio Fiscal en la primera década del siglo XXI, se lavaba entonces muchas veces con sangre y en alguna que otra ocasión con la propia vida.

1.- Ha de empezarse por el propio concepto de honor. Hoy en día, el Diccionario de la Real Academia Española ofrece hasta diez acepciones al término “honor”, de entre las cuales destacan la primera (“cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”) y la segunda (“Gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea”). Hoy en día la Ley Orgánica 1/1982 de 5 de mayo, de protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, no establece un concepto de honor; no obstante, dicha omisión legal ha sido suplida por la jurisprudencia estableciendo un concepto de honor que no difiere mucho de la segunda acepción que al término ofrece la Real Academia. Así, por ejemplo, el fundamento jurídico cuarto de la Sentencia 821/2011 de 7 de noviembre de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo dictada en recurso número 128/2011 indica que: “Doctrinalmente se ha definido como dignidad personal reflejada en la consideración de los demás y en el sentimiento de la propia persona. Según reiterada jurisprudencia (SSTS de 16 de febrero de 2010 y 1 de junio de 2010) «…es preciso que el honor se estime en un doble aspecto, tanto en un aspecto interno de íntima convicción -inmanencia- como en un aspecto externo de valoración social – trascendencia-, y sin caer en la tendencia doctrinal que proclama la minusvaloración actual de tal derecho de la personalidad»”; esta sentencia es muy relevante porque recoge la jurisprudencia del Tribunal Constitucional que incide en la relatividad del propio concepto de honor, que ha de conectarse con las circunstancias sociales concretas: “Como ha señalado reiteradamente el Tribunal Constitucional (SSTC 180/1999, de 11 de octubre, FJ 4, 52/2002, de 25 de febrero, FJ 5 y 51/2008, de 14 de abril, FJ 3) el honor constituye un «concepto jurídico normativo cuya precisión depende de las normas, valores e ideas sociales vigentes en cada momento».”

Ahora bien, ¿Qué se entendía por “honor” cuando la Abogacía tenía como tal –y no como un servicio público ordinario a cargo de los entes públicos competentes- la defensa de quienes carecían de recursos? Pues es muy ilustrativa la definición que de tal vocablo ofreció en una entrevista Julio Urbina y Ceballos-Escalera, Marqués de Cabriñana, autor de una curiosa obra titulada Código del honor en España, y donde describe las ofensas y las reglas para su reparación. Pues bien, dicho autor entiende que “El honor es un sentimiento de venganza, de tomarse la justicia por su mano. El hombre íntegro no quiere que nadie castigue las ofensas que le infirieron, quiere castigarlas el mismo, aunque sea exponiendo su vida”.

2.- Pese a que desde el punto de vista estatal y religioso los denominados “lances de honor” se encontraban proscritos, socialmente aún eran vistos como el único medio de lavar las ofensas. Así, en una fecha tan reciente como 1890, cuando Eusebio Yñiguez publicaba la segunda edición de su obra Ofensas y desafíos: recopilación de las leyes que rigen en el Duelo y causas originales de éste, tomadas de los mejores tratadistas, con notas del autos en su párrafo inicial indicaba: “Materia árdua es la que me propongo desarrollar en estos mal escritos renglones, que servirán de introducción á una obra de la índole de la presente, útil tan sólo para los que estimen en algo la inmaculada pureza de su honor”; obra que contenía las reglas que debían observarse en los desafíos, y que complementaban de alguna manera el “código del honor” del marqués de Cabriñana. La idea de que una ofensa debe solventarse de forma privada estaba tan inserta en la médula de la sociedad que el acudir a una autoridad estatal para evitarlo era tan socialmente reprochable como eludir el desafío. Baste para ello una anécdota: en uno de los capítulos de la novela Don Juan de Serrallonga (obra de Víctor Balaguer, una de las figuras más destacadas de la Renaixença catalana), el protagonista se presenta ante su enemigo para desafiarlo y éste, en lugar de responder al desafío, avisa a los guardias para la detención, actitud que es afeada en la novela por otro de los personajes; tan es así, que en la adaptación cinematográfica de la novela que tuvo lugar en 1949 la escena en cuestión se alteró hasta el punto de que el desafiado responde al reto, dando lugar a una lucha a espada.

3.- El Código del marqués de Cabriñana define en su artículo primero como ofensa “toda acción u omisión que denote descortesía, burla o menosprecio hacia una persona o colectividad honrada, estimada para los efectos de este proyecto de código, si se realiza con la intención de perjudicar la buena opinión y fama del que se sienta ofendido”.

4.- No sólo las ofensas entre particulares, sino incluso las realizadas en el propio ámbito político se solventaban prescindiendo de formalismos jurídicos, habitualmente en un lugar alejado de las miradas curiosas y con un par de padrinos por cada parte. Quien sienta curiosidad por este tema, puede consultar la síntesis que con el título Lances de honor publicara Rafael Abella a finales de los ochenta en la colección Memoria de la historia. El lector interesado puede echar un vistazo al Capítulo V, titulado precisamente “El duelo, fórmula aceptada para lavar la honra”, que se inicia con la evocación del lance que tuvo lugar entre los políticos Istúriz y Mendizábal en 1836, o el Capítulo VI, dedicado monográficamente al célebre duelo entre Antonio de Montpensier, duque de Orleans, y el infante don Enrique de Borbón, precisamente por los ataques políticos de éste hacia aquél, evento que finalizó con la muerte del infante don Enrique. Porque el autor se limitó única y exclusivamente a analizar lances españoles, pero puede decirse que la defensa del honor propio y ajeno extramuros de los órganos jurisdiccionales no fue algo privativo de nuestro país. Ferdinand Lasalle, uno de los precursores de la socialdemocracia alemana, falleció en un lance de honor el 28 de agosto de 1864: el motivo del duelo fue la oposición total del padre de su prometida a las relaciones, hasta el punto que llegó a recluirla en su propia casa y a imponerle al marido; Lasalle retó a duelo al padre y al nuevo prometido de su amada, aceptando éste el reto con resultados funestos para Lasalle, que contaba entonces con treinta y nueve años. El escritor ruso Alexander Pushkin falleció igualmente en un lance de honor, evocado muy recientemente por el escritor Santiago Posteguillo en uno de los capítulos de su última obra, La sangre de los libros. Y uno de los duelos más famosos en la historia de los Estados Unidos es el que tuvo lugar entre Alexander Hamilton (tan intelectualmente brillante como deshonesto y sin escrúpulo alguno, tanto en su vida pública como privada) y Aaron Burr, al que hemos dedicado un post en este mismo blog.

Para terminar, conviene hacer referencia a una de las grandes obras del escritor Joseph Conrad, titulada precisamente El duelo, que narra en que quizá ha sido el lance de honor literario que más se ha extendido en el tiempo, obra que fue objeto de una adaptación cinematográfica dirigida por Ridley Scott y donde unos magníficos Harvey Keitel y Keith Carradine se perseguían por toda Europa para culminar un interrumpido lance de honor.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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