FISCALES EN EL CINE Y LA TELEVISIÓN: JUSTOS, POLÍTICOS, IMPETUOSOS, DESBORDADOS Y DEFENSORES

Adam Schiff & Benjamin Stone

En homenaje a Eduardo Torres-Dulce, ejemplo de caballero y de profesional que ha tenido la dignidad (prácticamente inédita en nuestro país) de renunciar a su cargo.

El pasado jueves día dieciocho de diciembre de dos mil catorce nos desayunábamos con la noticia de la dimisión del Fiscal General del Estado, Eduardo Torres-Dulce. Don Eduardo, un caballero en el régimen de la vida y un grandísimo profesional, persona de enciclopédicos saberes no sólo jurídicos, sino cinematográficos (recomiendo vivamente a los lectores aficionados al cine que se asomen a las páginas de su Armas, mujeres y relojes suizos, o el insuperable trabajo que dedicó a la trilogía fordiana de la caballería en su Jinetes en el cielo -libro este último que hemos analizado anteriormente en este blog-), quizá ha comprobado en sus propias carnes que la ilusión y ganas de trabajar profesionalmente en el mundo de la Justicia desgraciadamente no son suficientes, dado que en nuestro país suelen de forma casi inalterable acabar chocando con el muro de la realidad política, donde a diestra y siniestra (en este sentido el profesor Alejandro Nieto lo ha expuesto con toda su crudeza en el ensayo El desgobierno judicial, obra, por cierto, de rabiosa actualidad pese a haber sido escrito hace una década), la independencia judicial (ni la de la fiscalía) importa un ardite.

Ni la Fiscalía General del Estado ni la fiscalía en general gozan actualmente de buena fama en nuestro país, gracias entre otras cosas a la penosa labor que algunos de sus miembros han llevado a cabo y que, por desgracia, salpica a todo el colectivo. Las vergonzosas actuaciones del fiscal Horrach en el caso Noos dejan en un lugar bastante poco digno al Ministerio Público (sobre todo teniendo en cuenta que en sus escritos forenses los empleados públicos de dicho cuerpo no encabezan los mismos identificándose con nombres y apellidos añadiendo que actúan “en representación del Ministerio Fiscal”, sino que lo encabezan simple, lisa y llanamente como “el Fiscal”, a secas) son el ejemplo más evidente, aunque no el único. Tampoco la Fiscalía General del Estado ha salido muy bien parada, bastando para ello recordar la nefasta gestión de Cándido Conde-Pumpido o el recuerdo del hilarante Eligio Hernández, que goza del dudoso honor de haber visto su nombramiento anulado judicialmente por no cumplir los requisitos legales para acceder al cargo (Sentencia de 28 de junio de 1994 de la Sección Primera de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo dictada en recurso número 7105/1992 [Ponente: Ramón Trillo Torres]). Eduardo Torres-Dulce intentó hacer bien su trabajo (con más o menos éxito, más o menos acertadamente, en eso cada cual tendrá su propia opinión) peros lo que no ofrece la menor duda es que ha sido un profesional que, como decía su íntimo amigo Luís Herrero, ha dejado trabajar con total a los fiscales, siempre ha respetado su actuación y únicamente en dos asuntos muy concretos (el chivatazo del Faisán y la querella por el referéndum catalán) ha impuesto su criterio sobre el de sus subordinados. No es menos cierto que tras la conferencia que realizó hace apenas un mes en un homenaje al Fernando Herrero-Tejedor Algar (que falleció prematuramente la pasada primavera debido a una larga enfermedad) don Eduardo se había prácticamente quemado a lo bonzo, al despacharse a gusto exponiendo de forma descarnada (y, lo que es mucho más triste, acertadamente) cómo desde el Ministerio de Justicia lo único que se hace es estorbar y actuar justo de manera opuesta a como debería hacerse. En un gesto de dignidad personal, Torres-Dulce optó por renunciar a su cargo y volver a sus origenes. Y utilizo el plural porque don Eduardo no sólo regresa a su puesto en la Fiscalía del Tribunal Constitucional sino que además (según anunció en rigurosa primicia informativa su amigo Luís Herrero la noche del pasado día 18) retorna igualmente a otra plaza no voy a decir más querida, pero creo que por lo menos igual es de apreciada: la de contertulio cinematográfico en el programa Cowboys de medianoche, puesto este último en el que gozaba de una excedencia y donde su puesto había sido cubierto por el poeta Luis Alberto de Cuenca.

En fin, que como homenaje respetuoso, sentido y profundo a don Eduardo Torres-Dulce, estimo que nada mejor que aunar sus dos pasiones (fiscalía y cine) para ofrecer al amable lector una clasificación de los fiscales en función de sus actitudes (que no aptitudes) utilizando algunos ejemplos extraídos del mundo del cine y la televisión:

1.- Benjamín Stone o el fiscal justo. Benjamín Stone es el fiscal interpretado por Michael Moriarty en las cuatro primeras temporadas de la serie Ley y Orden. Pese a que en el episodio piloto alguien dice que Benjamín Stone “se merienda a los fiscales”, lo cierto es que sus maneras son educadísimas y jamás pierde la compostura, ni en los estrados ni en su vida privada. Su meta es inequívocamente hacer cumplir la ley, pero no duda en atemperar sus objetivos utilizando el sentido común cuando entiende que la fría aplicación de la norma puede acarrear un resultado injusto. Siempre utiliza la expresión “sir” para dirigirse tanto a personas como a compañeros de profesión. Cuando promete a la principal testigo de un juicio que garantizará su seguridad y finalmente dicha testigo es asesinada por la mafia, Stone, pese a manifestar que tiene la conciencia tranquila (porque, en efecto, hizo todo lo humanamente posible por ella) renuncia a su cargo; sus últimas palabras a su jefe antes de abandonar para siempre el edificio de la fiscalía son en contestación a la pregunta sobre su estado anímico: “I´m clear as a bell“.

2.- Adam Schiff o el fiscal político. Steven Hill encarnó al fiscal de distrito Adam Schiff en las diez primeras temporadas de Ley y Orden, un personaje modelado sobre una figura real, el legendario Robert M Morgenthau, que desempeñó el cargo de Fiscal de Distrito del condado de Nueva York desde el 1 de enero de 1975 hasta el 31 de diciembre de 2009, cuando ya nonagenario se retiró (téngase en cuenta que los cargos de la fiscalía de distrito en los Estados Unidos son electos, es decir, que existen elecciones para la elección de los mismos). Schiff es un fiscal que ya prácticamente no ejerce, sino que supervisa en el despacho la labor de sus subordinados, a quienes trata más con el afecto de un padre que como un jefe superior. No duda en utilizar maniobras estrictamente políticas, y tiene buenas relaciones con políticos, jueces y prensa. Es el prototipo del fiscal avanzado, liberal pero amante del orden que trata de hacerlo compatible con la libertad. Ama la justicia, pero en caso de conflicto con la política trata de acompasar ambas, no dudando en determinados casos en hacer prevalecer la última. No obstante, no duda incluso en enfrentarse a otros colegas para defender a “sus” chicos, como cuando en el episodio “jurisdiction” el fiscal de otro distrito amenaza a Ben Stone con llevarle a la prensa; Schiff reacciona de manera automática: “Un momento señor. Si acude a la prensa ésta tendrá las dos versiones de la historia: incompetencia, desidia y falta de rigor de su oficina. Si quiere estar tranquilo, aléjese de la prensa“, dando a entender que en este medio Schiff goza de mucho más peso y predicamento que otro ayudante de fiscal.

3.- Jack McCoy o el fiscal impetuoso. Sam Waterston tomó el relevo de Michael Moriarty en la quinta temporada de Ley y Orden, y desempeñó el papel de ayudante del fiscal hasta la decimoséptima temporada de la serie; en las tres últimas su personaje ocupó el cargo de fiscal del distrito. Es un profesional estrictamente técnico, que ama la justicia pero que no duda en ocasiones en hacer interpretaciones poco ortodoxas de la ley en aras de lograr un resultado que cree justo. A diferencia de Benjamín Stone, es muy impetuoso, no siendo infrecuente que alce la voz y que acuse en voz alta y a gritos a personas, no siendo infrecuente que en las vistas su pasión quede al descubierto tanto en su voz como en sus gestos; de hecho, en el último episodio de la serie, cuando una persona se niega a facilitar datos para localizar a una persona que ha puesto una bomba, McCoy le amenaza literalmente no sólo con “crucificarle” desde el punto de vista penal, sino que una vez que haya acabado con él profesionalmente acusándole de varios delitos, le hundiría desde el punto de vista económico, puesto que dimitiría de su cargo de fiscal para representar a las familias de las víctimas en una acción de responsabilidad civil; una vez dicho lo cual le espeta a gritos un “get out of my way“. Cuando tras ejercer como ayudante de fiscal más de una década es elegido fiscal de distrito, contempla tristemente como en este nuevo cargo ha de caminar por la sinuosa línea que en ocasiones separa la justicia de la política y, como técnico que fue, no ve con buenos ojos la interferencia de la política, pues cuando su ayudante Michael Cutter le dice que “Adam Schiff retorcía cuellos en el Ayuntamiento”, McCoy respondía que “eso era porque él lo veía como parte de su trabajo. Yo no”, aunque tras un año en el cargo no dejaba de reconocer humorísticamente que “ahora entiendo por qué Adam Schiff era tan gruñón

4.- Hamilton Burger o el fiscal desbordado por el abogado defensor. William Tallman desempeñó durante mucho tiempo el papel del desdichado fiscal Hamilton Burger, no porque fuese desgraciado en su vida personal o profesional, sino porque tenía la mala suerte de tener habitualmente en frente al legendario abogado defensor Perry Mason. Burger se fiaba siempre de las pruebas que le aportaban las fuerzas del orden, pero lo que casi siempre parecía tan claro y diáfano inevitablemente se enfangaba en el juicio, donde episodio tras episodio las tesis del fiscal eran literalmente destrozadas por Mason, quien no sólo lograba la absolución de su cliente, sino que incluso facilitaba la labor de la policía identificando al verdadero culpable. Burger, pese a esa aparente rivalidad con el abogado defensor que le ocasionó ser el fiscal que más veces ha sido derrotado en la historia del cine y la televisión, mantenía una estrecha relación de amistad con Mason. De hecho, en el decimocuarto episodio de la tercera temporada (titulado “The case of the prudent prosecutor“), Hamilton Burger se ve en la penosa situación de ser la persona encargada de acusar a un amigo que le había salvado la vida; Burger acude a Mason para decirle no sólo que él se va a apartar totalmente del caso, sino que le implora que si ve alguna oportunidad de ayudar a su amigo lo haga, a lo que Mason, socarrón, le responde que lo hará gustoso “aunque te haya salvado la vida”. Cuando Perry, como es habitual, demuestra la inocencia de su cliente, Burger da la mano a su amigo y le dice con total seriedad: “¿Sabes, Perry? Creo que realmente he ganado este caso”. Quizá Mariano Fernández Bermejo estuviese pensando precisamente en Hamilton Burger cuando manifestó en su día que en treinta años como fiscal nunca tuvo claro un caso.

5.- Henry L Harvey o el fiscal defensor. Dana Andrews interpretó este curioso papel de fiscal-defensor en la película dirigida por Fritz Lang en el año 1947 y titulada Boomerang. En una ciudad, un sacerdote es asesinado en plena calle. La policía detiene a un sospechoso y lo lleva a juicio. No obstante, el fiscal del estado no tiene totalmente claro el asunto, y realiza su propia investigación, que le lleva a concluir que no sólo existen dudas razonables, sino que es más que dudoso que la persona procesada fuese realmente la responsable del crimen. Por ello, al acudir a juicio, expone ante el juez las razones por las que entiende no debe seguir con la acusación; y ante el estupor de la policía y el público, expone una por una detallada y pormenorizadamente las razones por las cuales los hechos avalan sus tesis. Indicar que esta película se basa en hechos reales que tuvieron lugar en 1924, y donde el entonces fiscal Hommer Cummings actuó defendiendo la inocencia del procesado. Cummings sería nombrado Fiscal General por Franklin D. Roosevelt en 1933 (bien es cierto que de carambola, porque no era la primera opción) y en este cargo protagonizó uno de los hechos más bochornosos de la historia legal americana al redactar el afortunadamente fracasado proyecto de reforma del Tribunal Supremo, en virtud del cual el presidente demócrata pretendía “reorientar” la jurisprudencia de dicho órgano mediante el aumento del número de magistrados; afortunadamente, la propia formación política a la que pertenecía Roosevelt se opuso a tal disparate. Quizá el fiscal Horrach estuviese pensando en Hommer Cummings al actuar como abogado defensor de la infanta doña Cristina de Borbón, pero lo cierto es que se parece tanto a aquél como un huevo a una castaña.

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