HISTORIAS SOBRE LA “MODERNIZACIÓN” DE LA JUSTICIA Y DE LA ADMINISTRACIÓN

el clavo

En su libro The Nine: Inside the secret world of the Supreme Court, Jeffrey Toobin nos cuenta que David Souter, juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos (que se retiró en el año 2010, dos años después de publicarse el libro citado) se distinguía del resto de sus compañeros por no tener  teléfono móvil ni televisión, redactar sus sentencias a bolígrafo y variar su ubicación física en el despacho donde trabajaba para aprovechar hasta el último momento la luz solar. A ello cabe añadir que cuando un grupo de periodistas le preguntaron expresamente acerca de la posibilidad de grabar las vistas en soporte imagen (actualmente todas se registran en audio, cuyas grabaciones además son accesibles en la página web de la institución) la respuesta de Souter fue tan rauda como tajante: “over my dead body”, es decir, “por encima de mi cadáver”.

Traigo a colación este pequeño recuerdo a raíz de una noticia que la última semana del mes de diciembre del ya pasado año 2014 publicaba el diario de una Comunidad Autónoma uniprovincial (de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, sino que renuncio a hacerlo en este momento), según la cual durante el mes de enero de 2015 los juzgados de dicho territorio iniciaban el tránsito al expediente electrónico. No es que personalmente el autor de estas líneas no desee o sea contrario a la implantación de tal medida (todo lo contrario) sino que la experiencia personal lleva a concluir que existe una gran parte del personal que mira con recelo a las nuevas tecnologías. Buena prueba de ello es que cuando un íntimo amigo y compañero abogado acude a las vistas provisto no de maletín, cartapacios, folios, bolígrafos y montaña de códigos legislativos, sino única y exclusivamente de una Tablet donde lleva digitalizado el asunto y almacenados los principales códigos legislativos, las miradas que recibe suelen ser, por lo general, similares a las que en el clásico film Ultimatum a la tierra los ciudadanos de Washington D.C dirigían al platillo volante que aterrizaba en la capital americana. Y eso por no hablar de los titulares de los órganos judiciales, donde la característica fundamental es la variedad con clara tendencia a un excepticismo por no decir recelo hacia lo digital. Es cierto, y me consta de forma directa, hay jueces absolutamente adaptados a las nuevas tecnologías que hace ya tiempo hicieron su particular transición al mundo digital; pero es cierto, y me consta también de forma no menos directa, que existen otros magistrados a quienes únicamente falta pronunciar las célebres palabras “papel, pluma y tinta”, porque a estas alturas de la vida continúan redactando las sentencias en folio y a bolígrafo, descargando en los funcionarios del cuerpo auxiliar la penosa tarea de transcribirlas con la lógica pérdida de tiempo que ello ocasiona. En fin, que cuando uno penetra en ciertos juzgados no puede menos que contemplar con pena como en pleno siglo XXI y en la era digital en las dependencias judicials se apilan montañas de archivadores que, para más inri, en alguna ocasión se encuentran ubicados en los lugares más pintorescos y en los equilibrios más precarios, evocando en el atónito usuario la célebre película El clavo, y en concreto las escenas del juzgado del pueblecito donde está destinado el juez Zarco, donde el Secretario y el auxiliar están literalmente invadidos de expedientes de distinto tamaño y extensión (una esas escenas es la que sirve de ilustración a la presente entrada)

En fin, que como prueba de la excelente predisposición tanto de la Administración de Justicia como de la Administración en general a la implantación del expediente electrónico y a la modernización y uso de las nuevas tecnologías, vayan un par de anécdotas que me fueron narradas por dos compañeros (los cuales me han asegurado que pueden acreditarlas fehacientemente):

1.- El mundo de la Justicia. Un compañero se ve obligado a presentar una demanda cuya documental a aportar junto a la misma ascendía a doscientas nutridas páginas. Como el letrado en cuestión está adaptado a las nuevas tecnologías y, además, tampoco tenía ganas de arruinarse haciendo varios juegos de copias (para el juzgado, para el demandado, para el codemandado) optó por presentar las copias digitalizadas de los documentos en un CD, lo que suponía el consiguiente ahorro de espacio, acogiéndose a una posibilidad que brinda la legislación de enjuiciamiento civil. Además, lo hizo constar expresamente en la demanda mediante otrosí en el que indicaba textualmente: “se aporta la prueba documental mediante imágenes digitalizadas en formato PDF incluidas en soporte CD adjunto, haciendo uso de la facultad que al efecto concede el artículo 268.1 de la Ley 1/2000”. Pues bien, llegada la hora de la audiencia previa, el magistrado reprendió al compañero (siguiendo las indicaciones de mi fuente, he de hacer constar expresamente que con toda la amabilidad y educación del mundo, eso es de justicia reconocerlo) con las siguientes palabras, frase textual: “Señor letrado, no veo la utilidad de presentar la documental en CD. Para conocer el asunto necesito ilustrarme, y ello sólo puedo hacerlo si veo el documento en papel” (sic), como si Su Señoría no pudiese en su ordenador del trabajo abrir el documento y dar un pequeño “clic” en el botón de “imprimir”. El mismo compañero me contó que otro juez de la misma localidad, ante una actuación similar, fue muchísimo más comprensivo, pues se limitó a comentarle con una sonrisa: “muy moderno, pero poco práctico”, aunque en esta ocasión el propio magistrado reconoció noblemente que no le costaba trabajo imprimir el documento.

2.- El mundo de la Administración. Esta otra situación (que puede servir de complemento al brillantísimo y divertido Cuento burocrático de Navidad, Chaves Dickens) la sufrió otro compañero que, al ejercer su derecho de vista de un expediente tributario, se llevó la desagradable sorpresa de que el mismo tenía la friolera de tres mil páginas, si bien cuando menos estaban ya digitalizadas, por lo que el amable funcionario le cedió un asiento y le ubicó en un terminal. Mi colega manifestó que, pues la extensión del expediente le impediría verlo en un tiempo prudencial, solicitaría una copia íntegra del expediente, copia que deseaba el formato digital, ante lo que el funcionario, con una sonrisa de oreja a oreja, tras informar de que la solicitud habría de hacerse por escrito, indicó que a él le parecía perfecto y que, además, le facilitaba la labor “porque sólo tengo que copiar y pegar”. Pues bien, cual no sería la sorpresa de mi compañero cuando le llegó el escrito accediendo a la solicitud, si bien con la particularidad de que la Resolución acordando la expedición de copias contenía la siguiente frase “No se entrega en formato electrónico porque no es posible garantizar la integridad y seguridad de la misma” (sic). Obviamente dicha Resolución no explicaba cómo un ciudadano, sin ser el doctor Octopus, puede salir de una oficina administrativa con tres mil folios bajo los brazos a no ser con una carretilla.

En fin, esperemos que el aire fresco de la modernidad entre en las vetustas dependencias administrativas y judiciales.

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