EL “ALATRISTE” TELEVISIVO: UNA SENSACIÓN AGRIDULCE.

Alatriste

El pasado miércoles se estrenaba la adaptación televisiva de la serie de novelas de Arturo Pérez Reverte que tienen como protagonista al capitán Diego Alatriste y Tenorio. Este personaje de ficción ya había sido llevado a la gran pantalla hace nueve años en una producción de desigual fortuna, que tenía como punto fuerte a su protagonista, Viggo Mortenssen, en pleno apogeo por su papel de Aragorn en la trilogía El señor de los Anillos. Pues bien, en mi opinión (que es subjetiva y, por tanto, falible) la serie no acaba de hacer justicia a la obra literaria en la que se basa, y, cuando menos, a mí me ha dejado en una situación agridulce.
Conviene hacer una previa referencia a las novelas objeto de la adaptación. Arturo Pérez-Reverte declaró en su día que pretendía ofrecer a través de esa serie de novelas todo un fresco histórico del primer tercio del siglo XVII español, con sus grandezas y sus miserias, pero una visión realista. Ello no quiere decir que el autor partiese de cero, pues en su obra existen muchas influencias, entre las que a mi juicio destacan dos autores por quienes Pérez-Reverte ha manifestado su inequívoca querencia. El primero es, obviamente, Alejandro Dumas y su célebre trilogía sobre los mosqueteros (Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne), autor y obra a las que incluso ha dedicado la novela El club Dumas. El otro autor es el equivalente hispano del “rey negro de París”, alguien a quien llegó a conocerse como “el Dumas español” y que es autor de un numeroso grupo de novelas históricas, muchas de ellas ambientadas precisamente en el siglo de oro español; me estoy refiriendo a Manuel Fernández y González, que en la segunda mitad del siglo diecinueve publicó títulos como Men Rodríguez de Sanabria (ambientada en la Sevilla del rey Pedro I), La princesa de los Ursinos, Lucrecia Borgia, El motín de Esquilache, o sus libros de leyendas de la Alhambra y del Alcázar de Madrid, pero que también dirigió su atención a nuestro síglo XVII en extensas obras como El cocinero de su Majestad: Memorias del tiempo de Felipe III y, sobre todo, El conde-duque de Olivares: Memorias del tiempo de Felipe IV, editadas por la editorial Ameller en los años cincuenta y por Tebas en los setenta. Ahora bien, tanto Dumas como Fernández y González se mueven dentro de la órbita del folletín decimonónico con claros tintes románticos: un mundo dividido rígidamente entre héroes y villanos, personajes nobles sin mácula y malvados de lo más siniestro, donde siempre el bien acaba triunfando a la larga sobre el mal. Pérez-Reverte, aun bebiendo de dichas fuentes las pasa por el tamiz del realismo: no todo es blanco o negro, sino que todos los personajes se mueven en un mundo donde existen una amplia gama de grises. El mismo protagonista de la novela, que en principio debería ser (y es) el héroe, tiene comportamientos no propios de los protagonistas de Dumas (quizá con la excepción de Edmundo Dantés, si bien con el importante matiz de que éste se mueve por un en principio justificable deseo de venganza, mientras que Alatriste lo hace por el mero instinto de supervivencia) o de Fernández y González; de igual manera, quienes deberían encontrarse en el rol de villanos a veces tienen comportamientos que, si bien no llegan a redimirlos o ennoblecerlos, sí que merecen, cuando menos, un cierto respeto. Todo ello en un marco donde la picaresca, el engaño, la estafa, los desfalcos desde el poder, el auge del valido (Gaspar de Guzmán, conde de Olivares y duque de Sanlúcar la mayor) y del covachuelista (personalizado en la siniestra figura de Luís de Alquézar) caracterizan a un país donde, por el contrario, brilla la estela literaria de autores como un ya anciano Lope de Vega, un Góngora a punto de fallecer, un Quevedo basculando entre el servilismo y la crítica, entre la burla y el desencanto.
Pues bien, cuando menos en el primer capítulo la serie no acabó de calar del todo en mi ánimo. Intenta mostrar ese halo de escéptico desengaño del protagonista, la miseria y el ambiente que existía en aquel año que culminaba el primer cuarto de siglo XVII. Pero otros personajes no acaban de encajar del todo, como ocurre por ejemplo, con el conde-duque de Olivares (que en nada se parece al retratado por Velázquez, y que, por ejemplo, encarnó magníficamente Javier Gurruchaga en la adaptación cinematográfica de Crónica del rey pasmado, la novela de Gonzalo Torrente Ballester), Luís de Alquézar (el actor Jesús Castejón, que lo interpretó en la adaptación cinematográfica, daba mucho más el pego), George Villiers, primer duque de Buckingham (con un peinado inexistente en dicha época, algo que es predicable también del ficticio Álvaro de la Marca, conde de Guadalmedina) o el inquisidor Fray Emilio Bocanegra (que en esta ocasión aparece muy artificial y forzado). A todo ello se añaden no sólo algunas desviaciones respecto de la novela original (por ejemplo, el primer encuentro de Íñigo Balboa y Angélica de Alquézar, el propio encargo de asalto a los dos ingleses –donde todo parecido con la novela es pura coincidencia-). Pero, sobre todo, lo que a mí más me ha chocado es la elección del actor escogido para encarnar a Gualterio Malatesta. Confieso que quizá se deba a que al leer su descripción en la novela inmediatamente me evocó el rostro de Basil Rathbone y mentalmente doté a Malatesta de los rasgos de dicho intérprete). Aunque también, e insisto, es mi opinión, el ritmo o pulso narrativo variaba, con demasiados altibajos y donde los cambios de escena tenían quizá una frecuencia excesiva.
A todo ello, añadir la falta de respeto que la cadena emisora manifiesta continuamente al espectador, a quien informa todo el día que la serie da comienzo a las 22:30 cuando en realidad se inició a las 22:45, dado que por si fuera poco la continua sobredosis de salsa rosa con que diariamente dicha cadena obsequia a sus televidentes (ininterrumpida entre cuatro y ocho de la tarde) ha de añadir otra dosis adicional entre nueve y media y once menos cuarto. Vamos, un respeto total hacia el televidente que no es extraño huya cada vez más de la pequeña pantalla con la finalidad de esquivar las faltas de puntualidad y de respeto hacia el televidente, así como a los enormes cortes publicitarios

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Un comentario el “EL “ALATRISTE” TELEVISIVO: UNA SENSACIÓN AGRIDULCE.

  1. Se refiere a la Trilogía de Dumas, como si fueran del mismo autor, siendo que Veinte Años Después es de Dumas hijo. Por que no le hacen justicia a Auguste Maquet, coautor de Dumas padre?

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