VÍCTOR ROS: UN EJEMPLO DEL BUEN HACER TELEVISIVO.

Victor Ros

Hace ya casi quince días se inició la emisión de la serie Víctor Ros, basada en las novelas de Jerónimo Tristante que tienen como protagonista a este joven policía (según los cánones actuales, dado que a finales del siglo XIX una persona de veintiocho años era ya un hombre hecho y derecho en plena madurez) y como marco histórico-geográfico la España del último cuarto del siglo XIX. Sin duda alguna que los lectores aficionados a las novelas de intriga estarán sin duda familiarizados con este formato debido, sobre todo, a la serie de novelas debidas a la pluma de la escritora Anne Perry y que tienen como protagonista al inspector Thomas Pitt. Pitt es un policía dotado de un enorme poder de intuición, y que desarrolla su labor en la Inglaterra victoriana, también en el último cuarto del siglo XIX, y cuya presentación tiene lugar en la novela Los crímenes de Cater Street (que, por cierto, fue objeto de una adaptación cinematográfica), donde se enfrenta a una serie de asesinatos de mujeres jóvenes, todas ellas por estrangulación. Es en esa novela, la primera de una serie que llega a los veinte títulos, donde conoce a la joven Charlotte Ellison, la segunda de las hijas de un matrimonio de clase media-alta, que acabará convirtiéndose en su esposa y de hecho, la segunda novela, Los asesinatos de Callandar Square, se abre ya con la pareja convertida en matrimonio. El matrimonio Pitt (dado que su esposa no duda en echar un capote al marido) se encarga de resolver crímenes que afectan habitualmente a integrantes de la alta sociedad, y casi siempre se acaba demostrando que la aparente quietud, orden y estabilidad que caracterizaban el sistema victoriano no eran más que una fachada que encubría habitualmente bastante turbiedad. Ni tan siquiera la propia realeza se libra de esa sordidez (como puede comprobarse en Un crimen en Buckingham Palace –donde el escenario del crimen es precisamente el palacio real y la víctima una joven con la que el príncipe de Gales había mantenido un affaire la noche anterior- y, en menor medida, en El complot de Whitechapel –dado que en esta última se juguetea con la tesis de que bajo los asesinatos cometidos por Jack el Destripador podría estar implicado el príncipe Albert Víctor, duque de Clarence y primogénito del Príncipe de Gales, heredero directo, por tanto, al trono de Inglaterra)

Al igual que su equivalente británico, Victor Ros ha de resolver delicadas situaciones en la España del siglo XIX, en concreto en la de los primeros años de la restauración borbónica. Y ello sirve al autor para ofrecer un retrato de la sociedad del momento, con sus luces y sombras y, sobre todo, para ofrecer pinceladas de los gustos de todo tipo (musicales, literarios e incluso religiosos) de la sociedad, así como la notable inclinación a lo paranormal, que desemboca en que muchos, ante situaciones inexplicables, tiendan a buscar respuestas acudiendo al más allá. Ros no. El se guía, al igual que Pitt y que, por supuesto, el gran Sherlock Holmes, por la observación y por el método deductivo, pero también por la notable intuición que desarrolló en sus años juveniles de raterillo en la capital, mundo del que fue rescatado por don Armando, “el molinillo” (como le denominan cariñosamente los propios rateros debido a su particular forma de dar sopapos), un personaje al que no llegamos a conocer físicamente, pues la primera de las novelas (El misterio de la casa de Aranda) se inicia precisamente con la llegada de Víctor Ros a la capital para asistir al entierro de su mentor. Pero, sobre todo, lo que a mi juicio describe muy bien la novela es la tensión (que nunca llega a desembocar en un conflicto abierto) entre razón y fe, entre la investigación científica siguiendo los nuevos métodos de análisis forense y la religiosidad extrema de un sector (bastante amplio todavía, y que alcanzaba incluso a las clases altas) de la población anclada aún en viejos esquemas.

Pues bien, esta serie de novelas ha sido adaptada a la gran pantalla y han podido verse ya los dos primeros capítulos. Evidentemente, existen ciertas discordancias entre la serie y la novela. Para empezar, en el mundo televisivo Víctor Ros aparece en el Madrid de los años noventa del siglo XIX, cuando la presentación literaria del personaje tiene lugar veinte años antes, en 1877; el primer capítulo nos muestra a don Armando como investigador de los asesinatos en serie de unas cuantas prostitutas, siendo finalmente abatido por el asesino, mientras que en la novela esto no ocurre, dado que fallece de causas naturales con anterioridad. Con todo, esas divergencias son lo de menos, puesto que lo que destaca sobre todo es la magnífica ambientación que logra recrear de manera insuperable el Madrid del siglo XIX. Cuando uno observa las calles de ese Madrid finisecular, las impresionantes recreaciones de lugares como la Puerta del Sol o la Plaza Mayor, uno casi está tentado a creer que, en efecto, una cámara ha viajado en el tiempo para traernos imágenes del pasado. Las interpretaciones son igualmente destacables, y ello hace que los personajes sean muy creíbles, y los guiones saben salpimentar una serie policíaca con algún que otro rasgo de humor para relajar el tono de vez en cuando, sin descuidar la trama sentimental, en concreto la pugna entre Lola “la Valenciana” y Clara Alvear, por lograr el amor del protagonista, de cuyo resultado el lector de las novelas seguramente ya está al tanto. En definitiva, que nos encontramos ante un claro ejemplo de que pueden hacerse series de calidad sin necesidad de acudir a guiones extravagantes, diálogos chabacanos y muestras de violencia gratuita.

Por cierto, un dato final. Cuando hace no tanto tiempo glosábamos en este mismo blog la serie “Alatriste”, nos hacíamos eco de la falta de respeto que hacia el espectador suponía la emisión con más de un cuarto de hora de retraso (algo que, decíamos, no era extraño en una cadena que se caracteriza por despreciar de forma abierta al televidente, y no sólo por lo zafio y nauseabundo de su parrilla habitual) sino que además la demora venía motivada por “alargar” un programa dedicado a escarbar en la hediondez más nauseabunda, algo que incluso el propio autor de las novelas, Arturo Pérez-Reverte, ha denunciado a través de su cuenta en Twitter. Pues bien, en este caso no sólo no existe un retraso significativo (uno o dos minutos, a estos efectos, suponen un ejercicio de puntualidad), sino que además puede visionarse sin ninguna pausa, tanto en directo como en internet.

En definitiva, una magnífica serie que nos reconcilia con lo mejor de la televisión, que ya era hora!!!.

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