EL «LADO OSCURO» DE ALEXANDER HAMILTON.

Alexander Hamilton

Alexander Hamilton fue, sin duda, un brillantísimo abogado y un notable político al cual deben mucho los actuales Estados Unidos de América. Su visión eminentemente meritocrática de la sociedad (en la que quizá influyó no poco el estigma de la bastardía y el complejo que ello le ocasionó y que intentó superar durante toda su vida), admirador confeso del sistema institucional británico, no dudó en abogar por un poder federal fuerte que se impusiera sobre los distintos estados, en defender la creación del Banco de los Estados unidos como instrumento de la política financiera y en ver el futuro en las clases empresariales y profesionales. Ello le llevó a enfrentarse ideológicamente a Thomas Jefferson, ideológicamente anglófobo y francófilo, y representante de la aristocracia virginiana, que pensaba más en una sociedad de pequeños agricultores propietarios. Como primer Secretario del Tesoro, cargo que ocupó desde su creación (mediante Ley de 2 de septiembre de 1789) hasta su renuncia al cargo el 31 de enero de 1795, sentó las bases de la política fiscal, abogando por la asunción federal de las deudas estatales y la creación del Banco de los Estados Unidos.

Con todo, Hamilton tenía un «lado oscuro» que su fallecimiento en trágicas circunstancias contribuyo a ocultar, creándole una aureola de mártir injustamente caído, imagen que dista mucho de la real. Pongamos varios ejemplos de su actuación:

1.- Informa de secretos de estado a otro país. Es curioso que quienes acusen de traición a Aaron Burr (la persona que abatió a Hamilton en un lance de honor) se “olviden” de un hecho fundamental, y es que tanto Hamilton como Jefferson eran unos traidores, si bien no en el sentido jurídico que a dicho término ofrece el Artículo III de la Constitución de los Estados Unidos. En su relativamente reciente libro sobre el proceso por traición incoado a Aaron Burr, Peter Charles Hoffer recuerda un hecho que en pocas ocasiones se evoca: Hamilton no tuvo inconveniente en filtrar al embajador inglés las deliberaciones del gabinete norteamericano, de igual manera que Jefferson lo hacía al embajador francés. Que el ministro de un país revele a una potencia extranjera las reuniones de su propio gobierno revela, en el más generoso de los supuestos, una falta de escrúpulos notable (cuando no bordea peligrosamente la alta traición).

2.- Falta de escrúpulos en política. Hamilton no tenía inconveniente en saltarse las reglas de la decencia política e incluso en pasar sobre la propia legalidad cuando ello convenía a sus fines. Es curioso que quien acusase a uno de sus rivales de “no tener escrúpulos” en política se revelase un notable maestro en el arte de bordear e incluso infringir abiertamente la legalidad y la moralidad, aunque ello supusiese una debacle para su propio partido. Pongo en este punto dos ejemplos concretos:

A.- En abril del año 1800 tienen lugar las elecciones a la Asamblea legislativa del estado de Nueva York, que tenían una importancia decisiva, porque la legislatura neoyorkina sería la que a finales de año nombraría los compromisarios que, a su vez, elegirían los compromisarios que habrían de emitir su voto a para la elección presidencial, donde se batirían para el cargo el el federalista John Adams (que aspiraba a la reelección, dado que era por entonces el presidente) y el republicano Thomas Jefferson (que ocupaba la vicepresidencia y aspiraba al máximo cargo). Tanto federalistas como republicanos coincidían en que el estado clave que inclinaría la balanza sería precisamente Nueva York, en cuya contienda electoral pusieron toda la carne en el asador Hamilton y Burr. Éste ganó por la mano al federalista y logró inclinar la balanza del lado republicano. Al verse derrotado en las elecciones, Hamilton intentó entonces una maniobra que bordeaba con creces la decencia política. El 7 de mayo de 1800 escribe una carta al entonces gobernador del estado, el también federalista John Jay, sugiriéndole que convocase una sesión extraordinaria de la legislatura en funciones (de dominio federalista hasta la toma de posesión de la republicana electa). Tan burda era esta maniobra en cuanto a su legalidad, que el propio Hamilton tuvo que justificarla mediante un concepto tan vago como el “interés público”, y se dirigía al gobernador en estos términos: “En cuanto a su naturaleza intrínseca [se refiere a la medida] la misma se encuentra justificada por inequívocas razones de seguridad pública […]”. Pero quizá el párrafo más jugoso sea este, que me permito reproducir en su idioma original: “In observing this, I shall not be supposed to mean that anything ougth to be done which integrity will forbid, but merely that the scruples of delicacy and propriety, as relative to a common course of things, ought to yield to the extraordinary nature of the crisis. They ought not to hinder the taking of legal and constitutional step to prevent an atheist in religion and a fanatic in politics from getting possession of the helm of state”. John Jay ni tan siquiera se dignó contestar a tan disparatada propuesta.

B.- Si el federalismo estaba prácticamente derrotado, el propio Hamilton se encargó de darle la puntilla, pues permitió que sus antipatías personales le llevaran a tomar un paso inexplicable en alguien políticamente tan brillante. Hamilton era el líder indiscutible del federalismo, pero no soportaba al presidente Adams que, aunque también federalista, consideraba a Hamilton un extremista. La crisis entre ambas facciones del federalismo estalló abiertamente cuando Adams cesó a dos de los miembros del gabinete en una violentísima escena en la que les acusó de ser más leales a Hamilton que al propio presidente. Hamilton hace entonces dos movimientos que revelan sus pocos escrúpulos no sólo políticos, sino morales. Pide a los cesados (por cierto, lo hace por escrito) que se hagan con toda la documentación que pueda ser reveladora del carácter de Adams, y ulteriormente elabora un panfleto titulado The public conduct and carácter of John Adams, esq., President of the United States, donde aún reconociendo la valía intelectual de éste, le calificaba como indigno de ocupar el cargo presidencial. Este golpe en la línea de flotación de su propio partido, fue letal.

3.- Duelista. Siempre se dice que Burr no tuvo en cuenta a la hora de enfrentarse a Hamilton en el duelo que finalmente costó a éste la vida, el federalista no tenía intención alguna de disparar a matar. Conviene precisar que el lance de honor que tuvo lugar en Weehawken en julio de 1804 era el primero para Burr, y sin embargo era el duodécimo de Hamilton. Y ello sin contar los que no tuvieron lugar. Como, por ejemplo, el desafío que Hamilton lanzó a Monroe por la simple sospecha que éste había filtrado cierta información perjudicial, lance que no se llegó a celebrar porque prevaleció la labor pacificadora del padrino de Hamilton, que curiosamente era un tal Aaron Burr. Pero tampoco debemos despreciar la actuación de Hamilton frente a Adams el verano de 1800, sobre todo cuando el presidente hizo referencia en uno de sus discursos a la existencia de una “facción británica” en el seno del federalismo, que, aún sin ofrecer nombre alguno, apuntaba directamente a Hamilton. Éste perdió literalmente los estribos y escribió un par de misivas a John Adams, la primera el 1 de agosto de 1800, pidiéndole una rectificación o, en caso contrario, una satisfacción; la segunda, fechada el 1 de octubre del mismo año, reacciona frente al silencio presidencial y lo hace en unos términos que incluso el principal biógrafo de Hamilton, Ron Chernow, lo califica como “shockingly offensive language to use with a President”.

La muerte de Hamilton tras su lance de honor con Burr lavó su imagen de todas estas impurezas (como el asesinato de Kennedy ocultó su lado oscuro acentuando la benévola imagen que incluso hoy aún tiene). Pero lo que demuestra su vida es que Hamilton no era ni mejor ni peor que sus correligionarios ni que sus rivales. Era un brillante abogado y un inteligente político que, en ocasiones, no dudaba en saltarse las reglas si ello convenía a sus intereses. Ni Hamilton era un ángel ni Burr un demonio, ni a la inversa. Como bien dijo Bruce Ackerman, todos los padres fundadores no eran semidioses, sino hombres de carne y hueso, con sus virtudes y sus defectos y, evidentemente, con sus pasiones. Las grandezas no deben oscurecer las miserias, que todos ellos poseían, en mayor o menor medida.

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