JUSTICIA Y NUEVAS TECNOLOGÍAS EN EL INFORME ANUAL DEL CHIEF JUSTICE.

CM/ECF

Desde esta bitácora siempre nos hemos hecho eco de los informes anuales que cada 31 de diciembre emite el chief justice, que suelen caracterizarse tanto por su rigor conceptual como por su concisión. No obstante, el interés especial del Informe anual del chief justice sobre el estado de la judicatura federal correspondiente al año 2014 radica en que aborda un aspecto de la Administración de Justicia que muy en boga no sólo en la orilla occidental del vasto Océano Atlántico, sino incluso en esta vertiente oriental. Nos estamos refiriendo a la “modernización” de la Justicia. En efecto, en nuestro país mientras las altas esferas administrativas no cesan en manifestar de cara a la galería lo avanzado del proceso modernizador así como la eliminación de trámites superfluos, papeleo e implantación de las nuevas tecnologías en el ámbito judicial, lo cierto es que frente a esa situación “oficial”, la situación “real” que percibe quien por su cotidiano quehacer acude diariamente a las distintas sedes judiciales, es que la a la hora de implantar las nuevas tecnologías en dicho ámbito se va a la velocidad o al ritmo de la tortuga en vez de al de Aquiles. Ello tiene una explicación muy sencilla: a la Administración, pese a las grandilocuentes y pomposas frases con que día sí y día también nos obsequian los altos cargos políticos (palabras que, como decía el personaje encarnado por Sancho Gracia en serie La máscara negra, “llenan mucho, pero alimentan poco”) no le interesa en modo alguno una Justicia ágil y eficaz, pues lo que verdaderamente le ocupa y preocupa es en tener garantizado un aparato recaudatorio de última generación, donde ahí no es que se hayan implantado las nuevas tecnologías, sino que incluso van un paso por delante. Compárense, si no, los medios de cualquier órgano judicial con la más humilde dependencia de la Agencia Estatal de Administración Tributaria.

Pero regresemos al informe anual del máximo responsable de la judicatura federal estadounidense, John G. Roberts, quien lo inicia con una suculenta y divertida historia reveladora de la contingencia de las nuevas tecnologías: el auge y caída de los tubos de aire comprimido como medio de comunicación. Desde el anuncio del Washington Post celebrando esa novedad en 1893, pasando por su adopción en el edificio del Tribunal Supremo (¡en 1935!) hasta su definitivo ocaso, cuando el mismo diario que en 1893 calificase los nuevos tiempos como “la era del aire comprimido” reconociese en 1968 que dicho medio de comunicación en el edificio del Tribunal Supremo constituía “quizás el más primitivo que se utiliza en toda la industria”, hecho este último que llevó al por entonces recién elegido chief justice Warren Burger a ordenar en 1971 que se eliminasen de la sede del Tribunal los tubos metálicos que el arquitecto Cass Gilbert había ubicado ocultándolos a la vista tras mesas y columnas. Esta reveladora historia lleva al actual chief justice a dos conclusiones. La primera, que el autor del informe califica de “evidente” radica en que “el aumento incesante del conocimiento en una sociedad libre produce nuevas y benéficas innovaciones que, no obstante, son susceptibles de quedar obsoletas desde el mismo instante de su presentación”, es decir, que lo que hoy es una novedad o innovación, una vez transcurrido cierto tiempo, sin duda alguna quedará obsoleto o superado por otra nueva invención o incluso otra nueva versión del mismo producto. La segunda conclusión, no tan evidente, radica en que “Los tribunales frecuentemente acogen de forma tardía los frutos del ingenio americano […] Aunque los tribunales rutinariamente valoran pruebas y dictan sentencias relativas a los últimos avances tecnológicos, han procedido de forma cautelosa a la hora de adoptar dichas tecnologías para operar o funcionar con ellas”. Claro que más adelante retoma de alguna manera este último aspecto al recordar que algunos usos y costumbres “reposan en tradiciones que constituyen una sabiduría intangible, y los jueces y tribunales lógicamente son cautelosos a la hora de introducir cambios en un sistema que funciona correctamente, por lo que han de asegurarse que el cambio sea para bien

Todo lo anterior constituye el entrante, el aperitivo que ofrece el autor para entrar de lleno en el tema a abordar, reconociendo no obstante que “los Tribunales siempre actuarán prudentemente a la hora de acoger las grandes novedades”. Tras recordar el rol de los órganos judiciales en la sociedad, como árbitros de las disputas y como órganos neutrales encargados de resolver pacíficamente los conflictos, indica que por ello “de forma comprensible se ciñan en las innovaciones que primera y principalmente faciliten su tarea primordial de resolver de forma justa y eficiente los asuntos”. Un ejemplo de ello es el uso de las bases de datos tanto de jurisprudencia como de fuentes bibliográficas y, desde el punto de vista de los abogados, el uso de “gráficos por ordenador, video y otras ayudas tecnológicas para incorporar pruebas y facilitar la comunicación con jueces y jurados”. Pero, sin duda alguna “lo más importante, los juzgados han incorporado las nuevas tecnologías para la elaboración, envío y recepción automática de la gran masa documental que diariamente llega a los órganos judiciales. A lo largo del país, las oficinas judiciales han revolucionado la agenda y administración a través del envío y gestión electrónica, algo conocido en los juzgados federales como CM/ECF [Case Management/Electronic Case Files]”. Y aunque el propio chief justice reconoce que ese sistema puede parecer algo “mundano” si se compara con otros medios existentes en otros ámbitos, no resta importancia a la medida “porque hace que los Tribunales sean más accesibles y asequibles a diversos cuerpos de litigantes, extraidos de cada rincón de la sociedad, que sólo a regañadientes y como último recurso acuden a la vía judicial” (es importante retener este dato: se vincula la modernización tecnológica con la transparencia y la eficacia). A continuación, explica de forma muy didáctica en qué consiste ese sistema denominado CM/ECF: en que la parte que desee acudir a los tribunales, bien personalmente o bien a través de su abogado, puede cumplimentar y enviar los documentos por medio de internet conectándose al sistema, introduciendo la documentación básica del caso y enviando la misma al órgano judicial. Esto puede sonar algo familiar a oídos españoles (al fin y al cabo, es lo que en estos días se está intentando vender como objetivo último de la Administración de Justicia española, es decir, iniciar en España lo que al otro lado del Atlántico ya existe), pero hay otra cosa que sin duda no es tan familiar, y es la segunda vertiente de la digitalización de la Justicia: el programa Public Acces to Court Electronic Records (PACER), consistente nada menos que en un inmenso archivo digital de acceso público donde “abonando una tasa reducida –y en ocasiones incluso sin tasa alguna- miembros del público desde Alaska a Florida pueden acceder y revisar de forma instantánea documentos existentes en todas las sedes judiciales a lo largo de la nación. Ello ha permitido a miles de periodistas, universitarios y miembros del público localizar archivos judiciales de una forma que habría sido imposible antes de la introducción del CM/ECF”. Para quien tenga curiosidad por ver cómo funciona esa página, puede acceder a la misma a través de este enlace.

Quizá la forma más tangible de que un ciudadano español aun lego en Derecho pueda contemplar la modernización de la judicatura estadounidense sea el contemplar la propia página web oficial del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Aquí uno puede encontrar en la portada no sólo la agenda del Tribunal, sino las vistas orales de los últimos casos (tanto en formato audio como la transcripción en papel) así como las sentencias más recientes. Pero no sólo eso, sino que allí podrá bucear en los volúmenes anuales de jurisprudencia, echar un vistazo a las normas procesales que han de observarse en el alto tribunal, ver las últimas noticias relacionadas con la institución e incluso una breve historia del Tribunal Supremo, de su sede y apuntes biográficos de todos y cada uno de los jueces que han servido en dicho órgano. La página web del homólogo español, aunque ha mejorado notablemente, dista mucho de llegar al nivel que tiene la norteamericana.

Para finalizar, y para aquellos lectores cuya bondad innata les lleve a creer que el autor de estas líneas es demasiado severo en cuanto al grado de incorporación de las novedades tecnológicas en nuestro país, cuento una anécdota absolutamente verídica, referente a un hecho sufrido en carnes propias por un compañero de fatigas. El primer día hábil de este año 2015 este colega se desplazó a la sede de un órgano judicial para recoger un expediente administrativo y, dado que no era demasiado voluminoso (ciento cincuenta páginas) y puesto que iba provisto de un pendrive, solicitó de los dos únicos funcionarios que trabajaban ese día en la soledad más absoluta (era un viernes, en pleno puente de año nuevo) si podía hacer una copia digital en la propia impresora del juzgado, que permitía esa posibilidad. La respuesta de una de las funcionarias fue que en modo alguno, porque “hay que quitar todas las grapas” (sic) y cuando el atónito letrado le indicó que en el expediente no había grapa alguna, la diligente empleada pública ya tenía preparada su contrarréplica “pero es que lleva mucho tiempo” (sic), lo cual no sólo era falso (ese tipo de impresora hubiese digitalizado los ciento cincuenta folios en apenas cinco minutos) sino que chocaba enormemente teniendo en cuenta que estaba en un día de puente y por haber casi no había ni personal en el juzgado. Viendo la cara de extrañeza del letrado, la funcionaria (que, de justicia es reconocerlo, pese a las respuestas nunca perdió ni la amabilidad ni la sonrisa) finiquitó la pretensión con la siguiente frase digna de los mármoles: “lo mejor es que lo lleve y que haga usted con él lo que quiera” (sic), lo cual no sería tranquilizador para el juzgado si se hubiese tomado dicha frase literalmente al pie de la letra.

En fin, que modernizando, modernizando, el tiempo va pasando…………Y, en el ámbito de la Administración de Justicia, como diría la canción del inimitable Julio Iglesias, “La vida sigue igual

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