MANHATTAN MELODRAMA: CUANDO LA MORAL Y EL DERECHO COINCIDEN.

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Manhattan Melodrama es un film del año 1934, dirigido por Woodbridge Stone Van Dyke jr e interpretado por Clark Gable, Myrna Loy y William Powell. En España su título no se parece en nada al original, puesto que aquí se estrenó como El enemigo público número uno, debido a una curiosísima circunstancia: el gánster norteamericano John Dillinger (conocido precisamente como “el enemigo público número uno”) fue abatido a tiros por agentes federales en julio de 1934 cuando salía del cine de ver precisamente esa película. Quienes sean aficionados al cine y hayan visto la película Public Enemies (donde Johnny Depp daba vida a Dillinger) habrán podido comprobar que en el tramo final de la película se incluían escenas de Manhattan Melodrama.

La historia del film rodado por Van Dyke en 1934 no es novedosa, pues nos presenta a la pareja de amigos que crecen a uno y otro lado de la frontera que separa la legalidad de la delincuencia; sin ir más lejos, cuatro años más tarde, en 1938, el inmortal director Michael Curtiz abundaba en este mismo tema en su clásico Angels with dirty faces, protagonizada por James Cagney y Pat O´Brian, aunque con unos tintes bastante más sombríos. Sin embargo, en este caso, Manhattan Melodrama ahonda en un tema que quizá en otros films no llega a alcanzar tan altas cotas de profundidad: el sentido de la lealtad hacia el amigo unido a una ética personal que lleva a los personajes a tomar unas decisiones muy duras derivadas tanto de profundas convicciones morales como de estricto acatamiento a la ley. A Ewward Gallagher, conocido como Blackie Gallager (a quien da vida el “rey” Clark Gable salvo en los minutos iniciales, donde el personaje en su infancia es encarnado por Mickey Rooney) y a James Wade (William Powell) son dos amigos de carácter profundamente distinto que, pese a todo, ven cimentada su amistad por perder a sus progenitores en un trágico accidente al incendiarse un barco en el East River y fallecer gran parte del pasaje. Ambos sobreviven, pero mientras Blackie orienta su carrera hacia el mundo del juego, de los casinos y de las apuestas, Jim Wade lo hace hacia el mundo del derecho. Así, mientras el primero se convierte en uno de los nombres más conocidos de los grandes salones de juego ilegal y de los cabaretes, Wade logra acceder al puesto de ayudante de fiscal. Curiosamente, la novia de Blackie (Myrna Loy) merced a un curioso giro del destino propiciado por éste va a conocer a Wade, de quien se enamora y con quien se acaba casando, con las bendiciones de Blackie, quien, en el fondo, es muy consciente de que su amigo Jim vale mucho más que él.

El conflicto no sólo jurídico, sino moral estalla cuando Wade, ya fiscal de distrito, anuncia su candidatura a gobernador del estado de Nueva York. Pero curiosamente, su éxito electoral depende de un juicio en el que el acusado es precisamente Blackie Gallagher, acusado de matar precisamente a uno de los ayudantes de Wade, a quien éste había despedido por ser una persona poco recomendable. Lo que el fiscal no sabe es que Blackie había cometido el asesinato para ayudar a su amigo, dado que la víctima pretendía emprender una campaña de desprestigio (basado, además, en meros rumores) frente a Wade para impedir su elección como gobernador. Blackie no desea que su abogado gane el caso, y es más, llega al punto de decirle al inicio del juicio que “en lo que a usted respecta este juicio ha terminado” (es significativo que cuando el letrado de Blackie pretende aprovecharse de una tardanza del fiscal debido precisamente a las exigencias de la campaña electoral para gobernador, su cliente le impide beneficiarse de esa circunstancia). Jim Wade hace un vibrante discurso pidiendo la condena del acusado pese a que, es cierto, se desconoce el móvil, pero alegando que ya no son infrecuentes, sino generales los asesinatos que se cometen sin motivo; abrumado y pesaroso, tras su alegato hace pasar una nota a su amigo diciéndole “lo siento, pero tenía que hacerlo”, que es respondida por un no menos significativo “estate tranquilo, chico, que yo lo estoy”. Cuando le comunican que el jurado ha condenado a Blackie, Wade comenta entristecido que “acaban de condenar a un amigo”. Ello le catapulta al cargo de gobernador, desde el cual ha de enfrentarse a la petición de indulto a Gallager, que con profundo dolor rechaza al no haber motivos que lo fundamenten. Es entonces cuando el gobernador se entera de la verdad por boca de su esposa: Blackie ha cometido el asesinato precisamente para silenciar la campaña de desprestigio a su amigo. El gobernador Wade acude finalmente a Sing Sing a despedirse de Blackie, a quien van a ejecutar, y es entonces cuando el aparentemente impasible gobernador se derrumba: “No puedo consentirlo, Blackie. Te indultaré”. Hasta en dos ocasiones el condenado a muerte rechaza el indulto, basándose en que no sólo es su amigo, sino “el gobernador” y que en lo que a Gallager respecta, Wade ha “sido el mejor amigo que he tenido jamás”. A los pocos días de cumplirse la pena capital, el gobernador James Wade convoca a ambas cámaras legislativas en una sesión extraordinaria, y en ella les confiesa las razones por las cuales Blackie Gallager cometió el asesinato que le llevó a la silla eléctrica. Las palabras finales de Wade no tienen desperdicio: “Haciendo dejación de mis deberes, permití que mis sentimientos personales influyeran al ofrecerle el indulto a Blackie Gallager. Que él lo rechazara es lo de menos. El hecho es que he obtenido el cargo de gobernador gracias a un crimen. Es por ello que no me encuentro en condiciones de seguir en este puesto, por lo que no me queda más que renunciar al cargo de gobernador del estado de Nueva York”, algo que hace pese a las protestas de los parlamentarios opuestos a tal renuncia.

Las reacciones de los dos personajes principales dan para un profundo debate sobre derecho y moral. Blackie Gallager no es un asesino; es un personaje que se mueve al borde de la ley, e incluso en numerosas ocasiones vulnerando abiertamente la normativa, pero en asuntos que no merecen un excesivo reproche (se trata de juego y apuestas, donde a nadie se obliga a realizarlas) y que únicamente en dos ocasiones comete actos contra la vida de las personas: una en defensa propia (una persona que le debía dinero intentó estafarle, y a la hora de reclamarle el dinero no sólo se negó a pagar, sino que intentó desenfundar un revolver antes de que le disparara, por lo que desde el punto de vista legal se estaría ante una legítima defensa) y otra en defensa de la reputación de su amigo. Sin embargo, Blackie no se escuda en cuestiones morales, y ni tan siquiera intenta una defensa legal en el proceso, sino que se somete al mismo, reconociendo su culpabilidad y asumiéndolas hasta las últimas consecuencias, silenciando los motivos que le llevaron a cometer el segundo crimen. Por su parte, James Wade se debate entre la lealtad y amistad hacia Gallager y sus obligaciones primero como fiscal y luego como gobernador. Wade parece frío e inflexible, pero internamente está destrozado. Parece que su única brújula para orientarse en estos trágicos acontecimientos lo marca la ley, lo que le lleva a obtener la condena a muerte de su amigo y a denegar la conmutación de la pena. No obstante, esta inflexibilidad aparente es una mera fachada, pues en el momento decisivo, la visita final a su amigo en vísperas de la ejecución, Wade se derrumba internamente y ofrece en dos ocasiones el indulto a su amigo, quien lo rechaza tajantemente siendo además el propio reo a quien van a ejecutar quien ha de tranquilizar la conciencia del gobernador. Pero es entonces cuando Wade, que podría merecer un reproche a ojos del público por el rigor con que ha actuado frente a su amigo, se engrandece ante nuestros ojos al orillar la ley y orientarse por criterios morales. El gobernador podría haber silenciado los motivos del crimen de Gallager y continuar en su puesto, pues al fin y al cabo para eso había muerto su amigo. Pero en lugar de ello hace públicos los motivos de la condena de Blackie y, aunque él ciertamente estaba limpio porque nada sabía del asunto, asume que ha obtenido el cargo gracias a un acto ilícito, lo que le lleva a renunciar pasando incluso por encima de la oposición de los parlamentarios. En definitiva, que en esta ocasión Wade prima la moralidad sobre la legalidad.

Si es posible, recomiendo a los lectores que echen un vistazo a esta película, muestra del buen cine americano y rodada en plena época de la depresión económica ocasionada por el crac bursátil del 29, época en que grandes masas de la población acudían a las salas de proyección a olvidarse durante un rato de sus problemas cotidianos disfrutando del buen cine.

Como guinda final, les ofrezco la escena de la película Public enemies, donde el gánster John Dillinger (Johnny Depp) contempla emocionado varias de las escenas de esta película.

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Un comentario el “MANHATTAN MELODRAMA: CUANDO LA MORAL Y EL DERECHO COINCIDEN.

  1. Magnífico artículo, la temática de este tipo de cine es sustanciosa. Estar en la frontera de lo que debe hacerse y lo que desea hacerse es situación complicada. Maravillosa contemplación la suya, Monsieur.

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