MORAL PÚBLICA, MORAL PRIVADA.

Pinocho

Jeffrey Toobin narra en la página 115 de su imprescindible libro The nine: Inside the Secret World of the Supreme Court una anécdota que es reveladora de hasta qué punto la moralidad a veces engrandece a las personas. En los años ochenta y noventa del siglo XX, un grupo de amigos se reunían una vez a la semana para divertirse unas horas jugando al póker. El lugar de celebración de las partidas variaba (pues cada semana uno de los miembros de la partida asumía el papel de anfitrión) pero invariablemente se seguía el mismo ritual: llegada de los amigos, breve conversación de media hora mientras el dueño de la casa les servía unos aperitivos y unas bebidas y después sentarse a la mesa e iniciar la partida, que frecuentemente se prolongaba durante tres horas. No se hablaba de otra cosa que de póker, y quienes formaban parte de tan fraternal partida solían llamarse por sus apellidos, en vez de por el nombre de pila. La existencia de estas partidas no era un secreto en modo alguno, dado que era una simple reunión de amigos, no se realizaba ningún acto ilegal, pero ese aparente hermetismo se debía a que los concurrentes no deseaban en modo alguno atraer la atención hacia lo que era un simple medio de que varias personas unidas por un fuertes vínculos de amistad que trascendían la división política. Por eso, cuando uno de ellos cometió la indiscreción de hablar en público sobre ello, fue fulminantemente expulsado. Ese grupo de amigos no eran otros que William H. Rehnquist, por entonces Presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos; Robert Bennet, abogado de éxito y simpatizante demócrata; Walter Berns, profesor de Derecho Constitucional en la facultad de Georgetown; Martin Feinstein, director de la Ópera Nacional de Washington y Tom Whitehead, un próspero hombre de negocios. De vez en cuando acudía a los encuentros Antonin Scalia, juez del Tribunal Supremo.

A mediados de los ochenta, cuando Rehnquist fue nominado por Reagan para ocupar el cargo de Presidente del Tribunal Supremo, el abogado Robert Bennet (gran amigo de Rehnquist pese a sus diferencias ideológicas) para evitar cualquier enojoso engorro encargó a un compañero de despacho que averiguase confidencialmente si esos encuentros entre amigos podían infringir la normativa vigente, aunque fuese una simple reglamentación municipal; el resultado fue negativo, ningún obstáculo legal impedía esas partidas entre amigos donde, además, apenas se jugaba cantidad de dinero alguna. No obstante, en 1994, el mismo Bennet se excusó ante sus amigos y manifestó que los acontecimientos que por entonces salpicaron la política y el mundo jurídico americano le impedían éticamente continuar en las partidas, por lo que se retiró momentáneamente. El resto de amigos intentaron disuadirle, pero Bennet se mantuvo firme. Los hechos le acabaron dando la razón, pues en 1997 Rehnquist y Bennet se vieron frente a frente en un lugar muy distinto de una amistosa partida de póker: nada menos que en la sala de vistas del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, donde Rehnquist presidió la vista oral del caso Clinton v. Jones y Bennet se encargó de la defensa del presidente. Por cierto, que los nueve jueces Tribunal Supremo (y entre ellos había dos nombrados a propuesta de Clinton) acordaron por unanimidad que pese al evidente respeto que la Constitución otorga al jefe del ejecutivo, el mismo no goza de inmunidad frente a un proceso civil (proceso que, por cierto, se inició en un juzgado federal, dado que en Estados Unidos se desconoce la penosa figura del aforamiento). Apenas tres años más tarde, Rehnquist se encontró en una situación idéntica a la de Bennet. Gran aficionado a los desafíos intelectuales y a las apuestas entre amigos, Rehnquist siempre mantenía con sus amigos unas apuestas simbólicas sobre quien vencería en los comicios presidenciales. Sin embargo, al iniciarse el recuento en las elecciones del año 2000, el chief justice se excusó ante sus amigos, diciendo que ese año por evidentes razones morales y dado que a mediados de noviembre de ese año se comenzó a barajar la posibilidad de que el asunto acabase (como de hecho acabó) ante el Tribunal Supremo, no podía en conciencia participar en su habitual juego amistoso, y rechazó participar. Su amiga y colega, Sandra Day O´Connor, no se recataba, por el contrario, de referirse en público a los republicanos como “los nuestros”.

Lo anterior demuestra que en ocasiones, como dice el célebre dicho, la mujer de César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo. El mantener ser integrante de un grupo de amigos que se reunía una vez a la semana para jugar una partida de póker no inhabilitaba en modo alguno a Bennet ni a Rehnquist, ni podía interpretarse como connivencia alguna entre ambos, sin embargo el primero decidió cortar de raíz todo posible rumor, de igual manera que previamente se había asegurado que esos fraternales encuentros no vulneraban normativa alguna. El caso de Rehnquist en 2000 era Prueba de ello es que hubo quienes cuestionaron el comportamiento de O´Connor (por lo anteriormente dicho) o de Scalia (uno de cuyos hijos estaba vinculado con una de las partes) pero nadie pudo cuestionar el comportamiento de Rehnquist, sino únicamente discrepar jurídicamente de sus tesis, e incluso ni tan siquiera de ello, porque incluso los más reputados analistas legales que analizaron la sentencia Bush v. Gore estimaban, dentro de la discrepancia, mucho más fundado el voto particular concurrente del chief justice que el razonamiento de la sentencia (debido a Anthony Kennedy , aunque formalmente consta redactada per curiam).

No se pueden dar lecciones de honestidad cuando el comportamiento personal no se adecúa a los patrones que uno predica. No es infrecuente ver cómo políticos de uno y otro espectro ideológico, e incluso algún que otro miembro de una formación con pretensiones de situarse extramuros de lo que denomina “casta”, lanzan a voz en grito airadas soflamas acusando de mil y un comportamientos deshonestos a sus adversarios mientras que son ciegos y mudos a la hora de valorar los propios. Este comportamiento no es, ciertamente, exclusivo de nuestro país, pero aquí se ha llevado tal proceder a unas cotas inimaginables allende los Pirineos y al otro lado del Atlántico, lugares donde también cuecen habas, es cierto, pero en mucha menor medida y, además, con la enorme diferencia de que si uno es pillado in fraganti es fulminantemente expulsado del sistema, cosa que aquí no ocurre, dado que inequívocamente tirios y troyanos atribuyen las acusaciones a “persecuciones” cuando no a simples “calumnias”. Es por ello que uno no puede por menos que evocar aquéllos años de la Restauración, cuando los políticos de la época, según afirmaba el profesor británico Raymond Carr, “identificaban moral pública con moral privada”. Algo que, desgraciadamente, se ha perdido hace ya unas cuantas décadas.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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