SALT LAKE CITY v PIEPENBURG: EL JUEZ QUE LLAMÓ “DEPRAVADOS, DEFICIENTES MENTALES Y MARICONES” A VARIOS DE SUS COLEGAS

Judge

Una de las sentencias más curiosas en el ámbito judicial norteamericano es sin duda alguna Salt Lake City v. Piepenburg (571 P.2d 1299 [1977]), dictada el 28 de octubre de 1977 por el Tribunal Supremo del Estado de Utah. Y no lo es tanto por los hechos enjuiciados, sino por la virulencia con que el Presidente de la institución arremete contra un sector de su colectivo, incluyendo los propios jueces del Tribunal Supremo, por su tolerancia frente a la pornografía. Y es que el caso en sí era bien sencillo. La ciudad de Salt Lake había aprobado una normativa local prohibiendo la exhibición de obras “obscenas”. Mas no se crea que la norma se remitía a un concepto jurídico indeterminado, ni mucho menos, dado que ofrecía una definición expresa de lo que, a efectos legales, debía entenderse por tal: “obra, película, baile, espectáculo o cualquier otra representación, ya sea en imagen, animación o en vivo, desarrollada ante el público y en la cual se incluya, total o parcialmente, nudismo, conductas sexuales, excitación sexual o abuso sadomasoquista o que incluya obscenidades, descripciones verbales explícitas o descripciones narrativas de conductas sexuales”. Sobre esta base, se detuvo a James D Piepenburg, propietario de una sala cinematográfica, por haber proyectado en la misma una película que “mostraba a un hombre y una mujer completamente desnudos y en varios actos de sodomía (felación, cunnilingus) y adulterio, todos ellos filmados muy de cerca por la cámara”. El señor Piepenburg fue condenado en un juzgado local y su condena confirmada por el Tribunal del Tercer Distrito. Ante esa condena el pobre propietario acude al Tribunal Supremo del Estado donde, como último recurso, cuestiona la propia validez de la normativa local en base a la cual se le condena. Pues bien, el Tribunal Supremo no sólo rechaza las pretensiones del recurrente, sino que aprovecha la ocasión para arremeter contra los jueces que se muestran comprensivos con la exhibición de tales productos, y lo hace con toda su crudeza en los siguientes términos: “No puede imaginarse un espectáculo más nauseabundo y depravado. Sin embargo, ciertos jueces del Tribunal Supremo de los Estados Unidos han dicho que para considerar una obra como obscena, debe, en su conjunto, carecer de todo valor literario, artístico, político o científico. Algunos jueces estatales, actuando como sicofantes, se hacen eco de tal doctrina. Parece que tal argumento únicamente pueden sostenerlo depravados, deficientes mentales y maricones con la mente deformada. Los jueces que, amparándose en tecnicismos, permiten la exhibición de tales obras intentando encontrar algún valor intrínseco en las mismas, son como el perro que regresa a su vómito buscando en la inmundicia algún bocado que pueda conservar algo de sabor. Si esos jueces no tienen el sentido común y la decencia de dimitir de sus cargos, deberían ser expulsados, ya sea mediante un procedimiento de impeachment, ya por el voto de los ciudadanos decentes de su circunscripción”. Jurídicamente hablando, el juez despachó el asunto simplemente indicando que la normativa local definía claramente lo que debía entenderse por “obsceno”, que el material proyectado en la sala de Piepenburg lo era y, por tanto, la condena era procedente.

Sin duda alguna las diatribas del entonces Presidente del Tribunal Supremo de Utah vendrían motivadas por el caso Jacobellis v Ohio (378 US 184 [1964]), donde el Tribunal Supremo de los Estados Unidos revocó la condena a un propietario que había proyectado la película Los amantes, de Louis Malle (donde, por cierto, sale como actor José Luís de Vilallonga). El Tribunal se basó para justificar su posición, en el hecho de que el film no entraba dentro del concepto de “obsceno”. Curiosamente, el entonces chief justice Earl Warren, paladín de los derechos civiles, formuló un voto particular disidente, considerando que la condena era conforme a Derecho. Pero sin duda alguna por lo que hoy en día se recuerda este caso es por el brevísimo voto particular concurrente del juez Potter Stewart, sobre todo por su peculiar aproximación al concepto de “porno duro”. Transcribimos íntegramente su voto particular: “Es posible interpretar de muchas formas las sentencias Roth v. United States y Albert v. California. Al decir esto no estoy criticando al Tribunal, que en tales casos se enfrentó a la tarea de definir lo que puede que sea indefinible. He llegado a la conclusión, que creo confirmada al menos por la negativa implicación del Tribunal en las sentencias posteriores a los casos Roth y Alberts, que bajo la primera y la decimocuarta enmiendas, no puede constitucionalmente tipificarse como delito más que la exhibición de porno duro. No intentaré hoy en día ir más allá para definir la clase de material que entiendo debe englobarse en dicho concepto, y quizá nunca pueda lograrlo de un modo inteligible. Pero sé lo que es cuando lo veo, y la película de este caso no lo es.”

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