JOHN JAY, PRIMER CHIEF JUSTICE, RECONOCE LA INEFICACIA DEL TRIBUNAL SUPREMO DE LOS ESTADOS UNIDOS EN SUS ORÍGENES.

John Jay

Hoy en día nadie discute que el cargo de Presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos (Chief Justice of the United States), es uno de los puestos con más relevancia y prestigio, no sólo por la potestas que ello supone, sino porque las personas que son elegidas para el puesto suelen tener, además, un alto grado de auctoritas. Y no es que el puesto, en realidad, suponga un prius o un privilegio especial respecto a sus colegas de estrado, pues como bien indicaba John Paul Stevens en su reciente obra Five Chiefs, en el Tribunal Supremo el chief justice supone únicamente un voto respecto a los nueve que se emiten; por esa razón el propio John Paul Stevens, nada sospechoso de extremismo, critica en extremo el hecho de que cuando en 1986 el presidente Ronald Reagan nominó a William Rehnquist, juez del Tribunal Supremo desde finales de 1971, a la Presidencia de la alta institución judicial, los senadores olvidaron precisamente ese hecho, que ningún prius o privilegio adicional se añadía a la persona nominada (dejando de lado que, como el propio Stevens reconoce expresamente, la gestión de Rehnquist como chief justice fue eficientísima). Lo único que cabe decir de este cargo es que, al ser su titular responsable de toda la judicatura federal, es la tercera autoridad federal (tras el Presidente y el Vicepresidente) en el cursus honorum. Hoy en día, a nadie se le ocurriría rechazar el cargo de chief justice o renunciar al mismo para ocupar otro puesto diferente. Sin embargo, la situación no siempre fue así.

Cuando el Congreso federal aprobó el 24 de septiembre de 1789 la Judiciary Act, el entonces presidente George Washington expidió varias misivas a las personas a quienes escogió como primeros jueces del Tribunal Supremo. El cargo de chief justice se lo otorgó a John Jay, que había ocupado el cargo de Secretario de Asuntos Exteriores bajo el régimen de los Artículos de la Confederación, y que en realidad no descartaba continuar en el mismo cargo bajo el régimen constitucional inaugurado con la Carta Magna de 1787. Washington eligió a John Jay mucho más por sus cualidades como estadista que por su experiencia jurídica (que la tenía, pero no tanta como otros de sus colegas). Sin embargo, durante los cinco años que ostentó la presidencia de la institución, Jay estuvo durante más de un año en la Corte de Saint James negociando el tratado de paz con Inglaterra, y en 1792 había intentado infructuosamente optar al cargo de gobernador del estado de Nueva York. Es altamente significativo que en junio de 1795, cuando Jay logró concurrir con éxito a los comicios para gobernador del Empire State, renunciase al cargo de chief justice para ocupar la gobernación de un Estado, hecho que hoy en día sería impensable por mucho que el Estado en cuestión fuese el más populoso e importante. Para cubrir la vacante, Washington pensó en su más estrecho colaborador, Alexander Hamilton, pero éste rechazó ocupar el puesto porque……prefería continuar con el ejercicio privado de la abogacía!!!. Únicamente John Rutledge (uno de los primeros jueces del Tribunal Supremo, que había renunciado al cargo para ocupar la Presidencia del Tribunal Supremo de Carolina del Sur, su estado natal) se dirigió a Washington interesándose por ocupar el cargo, pero el Senado lo rechazó, entre otras cosas por los rumores sobre su salud mental. Oliver Ellsworth, tercer chief justice (segundo si no contamos a Rutledge), jurista de primera fila y redactor material (junto a William Paterson) de la Judiciary Act de 1789, apenas estuvo cuatro años en el cargo, y el último de ellos pasó gran parte del tiempo en Francia negociando un tratado de paz con el gobierno bonapartista. Cuando a finales de 1800 Elsworth renunció al cargo ofreciendo inesperadamente al ya derrotado presidente John Adams la posibilidad de nombrar al nuevo chief justice, se dio una circunstancia que acredita hasta qué punto el papel del Tribunal Supremo distaba mucho de ser lo que es hoy en día. Todo el mundo daba por hecho que Adams elevaría al ya juez William Paterson a la Presidencia del Tribunal Supremo, pero el Presidente, considerando a Paterson un partidario de Hamilton (personaje este último a quien Adams detestaba), optó por un movimiento absolutamente extraño que dejó perplejos a tirios y troyanos. Se dirigió por carta a John Jay, cuyo segundo mandato como gobernador de Nueva York estaba a punto de expirar, suplicándole que regresase a su antiguo puesto. Jay recibió la carta en su despacho el 2 de enero de 1801 y, tras mucho meditarlo, respondió al Presidente con una misiva que revela en toda su crudeza la visión que del poder judicial tenían los propios padres fundadores (no olvidemos que John Jay, junto con Alexander Hamilton y James Madison, había sido el autor de los ensayos ulteriormente reunidos bajo el título de El Federalista). Pues bien, en la respuesta que ofrece por carta a Adams, Jay justifica su negativa amparándose en motivos de salud que le llevan a retirarse de la vida pública (motivos de salud que no debían ser muy ciertos dado que falleció en 1829) pero añade además el siguiente párrafo que vale por todo un tratado: “I left the bench perfectly convinced that under a system so defective it would not obtain the energy, weigh, and dignity which are essential to its affording due support to the national government, nor acquire the public confidence and respect which as the last resort of the justice of the nation, it should possess. Hence I am induced to doubt both the propriety and the expediency of my returning to the bench under the present system” (abandoné la judicatura absolutamente convencido de que bajo un sistema tan defectuoso no se obtendría la energía, pero y dignidad esenciales para lograr el apoyo debido del gobierno federal, ni adquirir la confianza pública y el respeto que como ultimo resorte de la justicia nacional, debe poseer. Por tanto, me inclino a dudar que mi regreso sea propio ni conveniente).

Quién iba a pensar entonces que John Marshall (que, por cierto, había renunciado a ocupar un cargo de juez del Tribunal Supremo en 1798) por las circunstancias políticas del momento aceptase ocupar la Presidencia de la máxima institución federal estadounidense en 1801 y dotase al mismo de la dignidad de la que carecía en 1801. Y eso que Marshall, a quien todo el mundo hoy en día conoce como the great chief justice, no tenia una formación jurídica muy sólida, pero sí una amplia práctica no solo en el ejercicio de la abogacía, sino como miembro de la Cámara de Representantes e incluso como Secretario de Estado en el ultimo semestre de la presidencia de John Adams. Marshall supo quizá ver con claridad lo que sus predecesores no lograron atisbar del todo: la potencialidad del Tribunal Supremo como árbitro ultimo de las disputas no solo entre particulares, sino entre las propias ramas del gobierno federal así como entre éste y los distintos estados.

 

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