CÓMO JESÚS SE CONVIRTIÓ EN DIOS

How Jesus became God

He aprovechado el inicio de las festividades de Semana Santa para iniciar la lectura de un libro interesantísimo que aún no ha sido traducido al castellano, por lo que me he visto obligado a hacerlo en su versión original inglesa. Se trata de la última obra de uno de los mayores especialistas en cristianismo primitivo, el profesor Bart Erhman, un breve ensayo de apenas doscientas páginas que se titula significativamente How Jesus became God: the exaltation of a Jewish preacher from Galilee (Cómo Jesús se convirtió en Dios: la exaltación de un predicador judío de Galilea). Todo el libro está orientado a responder a una sencilla pregunta: ¿Cómo es posible que un rabbí judío que predicó en el ámbito territorial de la Galilea campesina -no la urbana- pudo ser considerado tras su muerte no ya el mesías o un profeta, sino el mismísimo Dios? Con todo, quizá lo más llamativo e interesante de la obra es cómo el profesor Erhman inicia su primer capítulo. Tras exponer que en sus cursos sobre el Nuevo Testamento siempre plantea a sus alumnos la alternativa de comenzar con el análisis de los primeros escritos neotestamentarios (las cartas de Pablo, que apenas abordan la vida y el ministerio de Jesús pese a estar escritas pocos años después de la crucifixión) o bien anteponer a los escritos de Pablo la lectura de los Evangelios (que aún siendo posteriores a las epístolas paulinas, describen más o menos pormenorizadamente la predicación de Jesús), concluye que quizá la mejor forma de iniciar la exposición de la asignatura sea “narrar la historia de un hombre ciertamente inusual que nació en el siglo primero, en un remoto lugar del Imperio Romano, y cuya vida fue calificada como milagrosa por todos sus discípulos”. A continuación, el profesor Erhman nos expone esa historia en unos breves párrafos que traduzco para el amable lector: “Antes de nacer, su madre recibió un visitante de los cielos, quien le anunció que su hijo no sería un simple mortal, sino un ser divino. Extraordinarias señales divinas acompañaron su nacimiento. Siendo adulto, abandonó su hogar e inició una predicación itinerante. Fue de aldea en aldea diciendo a todo aquel que quisiera escuchar que no debería preocuparse por la vida material y los bienes terrenales, sino concentrarse en la vida espiritual y eterna. Reunió en torno suyo un número de seguidores que estaban convencidos de que no era un ser humano ordinario, sino el hijo de Dios. Y ejecutó milagros para confirmarles en sus creencias: curó a los enfermos, expulsó demonios y resucitó muertos. Al final de su vida, concitó la oposición de las autoridades romanas y fue llevado a juicio. Pero no pudieron matar su alma. Ascendió a los cielos donde continúa hasta hoy. Para demostrar que continuaba viviendo después de su ministerio terrenal, se apareció nuevamente al menos a uno de sus seguidores que dudaban, quien se convenció de que de hecho permanecía con ellos incluso en ese momento. Con posterioridad, algunos de sus seguidores escribieron libros sobre el que aún podemos leer hoy en día. Pero muy pocos de vosotros habréis leído esos libros. E imagino que muchos de vosotros ni tan siquiera sabréis quién fue este gran y milagroso hijo de Dios”. Y aquí viene realmente el dato relevante, porque en función de todo este párrafo uno podría imaginar que se está hablando de Jesús de Nazaret, con lo cual Erhman quizá ha ido un poco lejos al decir que desconocemos la identidad de la persona que nos ha descrito sin identificarla concretamente. Pero no es así, pues el autor despeja las dudas a continuación: “Me estaba refiriendo a un hombre llamado Apolonio, que provino de la ciudad de Tyana. Fue un pagano (es decir, un politeísta adorador de los numerosos dioses romanos) y un eminente filósofo de su tiempo. Sus seguidores pensaron que era inmortal. Tenemos un libro sobre él escrito por su seguidor Filóstrato”. En efecto, Apolonio de Tiana, un filósofo seguidor del pitagorismo (de ahí su creencia en la inmortalidad del alma, algo inherente a dicha escuela filosófica) predicó en la segunda mitad del siglo I, y fue enjuiciado por los romanos en tiempos del emperador Domiciano.

En el mundo cultural greco-romano existen infinidad de ejemplos no sólo de dioses que adoptan apariencia mortal, sino de seres humanos que por su valor o por cualquier otra virtud son elevados a la categoría divina (el ejemplo más claro es la divinización de los emperadores romanos). La historia de Apolonio nos muestra que incluso en años posteriores a la muerte de Jesús (ésta tuvo lugar en la primera mitad del siglo I, y la de Apolonio en la segunda mitad de dicha centuria) en el ámbito territorial del Imperio Romano continuaban existiendo seres que reivindicaban para sí la condición divina. Ahora bien ¿qué debía entenderse por naturaleza divina? ¿Naturaleza divina en esencia (es decir, ser divino desde el nacimiento) o por exaltación (es decir, por una especie de “adopción” de un humano por la divinidad? Lo cierto es que los primeros cristianos no estaban muy de acuerdo sobre el particular, dado que los distintos evangelios podrían justificar ambas respuestas. Es, sobre todo, a partir del auge del cristianismo y más que nada a raíz de la conversión del emperador Constantino cuando se intenta fijar un canon “ortodoxo” que fije unas determinadas coordenadas para la nueva religión. Uno de los temas fundamentales es la naturaleza divina de Jesús.

Sin pretender entrar en debates religiosos (el propio Bart Erhman reconoce abierta y noblemente en el prólogo que ha sido creyente, pero que ya no lo es) el libro citado no pretende chocar ni con las creencias religiosas de la gente. El propio autor lo explica en el prólogo: “Como historiador, no me interesa la cuestión teológica de cómo Dios se hizo hombre, sino con la cuestión histórica de cómo un hombre se convirtió en Dios”. La respuesta trata de ofrecerla en los capítulos de su interesantísimo libro. Confieso que no es el primero de dicho autor que cae en mis manos; de hecho había leído anteriormente Cristianismos perdidos o El evangelio de Judas. Pero, sobre todo, si alguno me ha llamado la atención es Jesús no dijo eso: errores y falsificaciones en la Biblia (una no muy afortunada traducción del título original, Misquoting Jesus: The story behind who changed the Bible and why, cuya traslación más apropiada sería: Citando mal a Jesús: la historia de quién y por qué modificó la Biblia) y donde narra de una manera muy didáctica cómo en ocasiones los copistas, a la hora de elaborar copias de los textos sagrados cristianos, alteraron algunas palabras (en ocasiones de forma involuntaria, en otras conscientemente), y suprimieron o añadieron párrafos, (en ocasiones por motivos teológicos, aunque no siempre por esa circunstancia).

En definitiva, una lectura que, a buen seguro, obligará al lector a realizarse una serie de preguntas de honda profundidad.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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