EL MUNDO EN EL QUE PREDICÓ JESÚS DE NAZARET

Año I

Ya que nos encontramos inmersos en plena festividad de Semana Santa, voy a recomendar una obra que en mi humilde opinión es una magnífica forma de acercarnos a la situación existente en la Judea del siglo I. Se trata de un estudio debido al profesor Antonio Piñero y titulado Año I: Israel y su mundo cuando nació Jesús, publicado en el año 2008 en la editorial Laberinto. Porque es imposible o, cuando menos, muy difícil comprender en su integridad la predicación de Jesús si no se sitúa en su ambiente, es decir, en la Galilea rural del siglo I. Y eso lo hace de forma magnífica el profesor Piñero. Y es que, de una forma absolutamente amena, muy didáctica y con la pasión que destila en todas sus obras, Antonio Piñero nos sitúa en el ambiente palestino del siglo I, de tal manera que el lector parece como si hubiese sido trasladado en una cápsula del tiempo a ese pequeño rincón oriental del Imperio Romano. Aunque el libro se refiere al año en el que nació Jesús, en nada varió desde el punto de vista social y religioso en los años que transcurren desde el nacimiento hasta la muerte de Cristo, aunque sí hubo ciertas mutaciones políticas (la división del reino de Herodes el Grande).

Tras exponer en un breve capítulo la paradoja de que Jesús nació en realidad antes de la era cristiana (error imputable a Dionisio el Exiguo allá por el siglo VII d.C), no sólo se nos describe la situación política y social del Imperio para después, de forma muy azoriniana, centrar la atención y dirigir el punto de mira hacia lo que fue hacía tan sólo unos pocos años antes el poderoso reino de Israel, gobernado con mano de hierro por el rey Herodes el Grande y cuya sucesión se disputaron varios de sus herederos (lo que, a la postre, condujo a la división del reino sancionada por el emperador Augusto), sino que, sobre todo, nos sumerge en el ambiente social y religioso de la época. Así, los cultos politeístas, el influjo de la filosofía griega (que impregnó la mitad oriental del imperio e influyó decisivamente en la occidental) en especial la creencia sobre la inmortalidad del alma y la vida ultraterrena con recompensas o castigos en función del comportamiento personal en esta vida; los ritos esotéricos o misterios, siendo los más famosos los de Eleusis. Pero, sobre todo, es destacable la claridad y rigor con que se desgrana la cultura y la práctica judaica de la época, centrada, sobre todo en Jerusalén, en torno al Templo, una de las construcciones más impresionantes de la época, que había sido reconstruido precisamente por el rey Herodes el Grande. Pero, sobre todo y por encima de todo, es magnífica la descripción del ambiente político que impregnaba a gran parte de la población judía, que estaba absolutamente convencida de que se estaba ante un momento crucial en la historia, nada más y nada menos que aquel en el que su Dios, el Dios de los Judíos, enviaría a un mesías para liberarles del oprobioso yugo romano. En este ambiente apocalíptico y escatológico, donde un sector nada desdeñable de la población ansiaba esa figura mesiánica, aparece Jesús, una figura que predicaba la cercanía del fin de los tiempos, el perdón de los pecados y sobre todo, que el pueblo judío se preparase para ese fin de los tiempos, donde todos serían juzgados y sólo quienes respetasen los mandamientos religiosos lograrían la salvación. En ese ambiente político, social y religioso predicó Jesús de Nazaret y, por tanto, sólo situándonos en esa coyuntura podemos entender sus enseñanzas.

Conviene hacer hincapié en dos circunstancias:

1.- La figura de Jesús tiene notables paralelismos con la de Sócrates. Ambos predicaban en un ámbito territorial muy concreto, ambos sufrieron un proceso y una condena injusta y ambos, pudiendo salvarse, no lo hicieron. Pero existe otro paralelismo adicional: ninguno de los dos dejó obras escritas. Así, si conocemos la vida y obra de Jesús únicamente a través de los Evangelios, también conocemos la vida de Sócrates únicamente por las obras de sus discípulos. Ahora bien, esto entraña un riesgo. El Sócrates de los diálogos platónicos no es, ciertamente, el Sócrates histórico; como señalan los estudiosos del platonismo, quizá el de los primeros diálogos puede tener más semejanzas con el Sócrates real, pero en los diálogos de plenitud y de madurez Platón deformó a Sócrates hasta convertirlo poco menos que en un portavoz de las ideas platónicas, de tal manera que gran mayoría de los dichos puestos en boca del ateniense no sólo no fueron pronunciadas por el Sócrates histórico, sino que es casi imposible que las hubiese pronunciado. De ahí que deba contrastarse la visión platónica de su maestro con otros autores, como Jenofonte e incluso la visión más bien satírica que, por ejemplo, Aristófanes ofreciese del personaje en cuestión en su obra Las nubes. Lo mismo ocurre con la figura de Jesús. Al no haber dejado obra escrita alguna, sus dichos los conocemos a través de las obras escritas por sus discípulos, pero es bastante posible que éstos cometiesen (probablemente con la mejor de las intenciones) la misma deformación histórica con Jesús que cometiera Platón con Sócrates.

2.- Con el cristianismo ocurre algo parecido a lo que ocurrió con la Constitución americana de 1787. Ésta se aprobó en un ambiente social, político e histórico muy concreto y para unas circunstancias determinadas; por ejemplo, los padres fundadores se mostraban muy orgullosos de ser revolucionarios, pero rechazaban ser calificados como “demócratas”, porque se consideraban totalmente alejados de lo que consideraban un sistema demagógico. De igual manera, los constituyentes no sólo no contemplaban la existencia de partidos políticos, sino que abominaban de la división política, a la que consideraban fuente de males. El éxito del texto constitucional estadounidense radicó precisamente en su ductilidad y en la facilidad para adaptarse a realidades nuevas sin ser precisa su alteración más que en puntos muy concretos. Si a ello añadimos que los Tribunales supieron ir más allá de su letra para acudir a su espíritu, utilizaron el texto para adaptarlo en cada momento a la realidad. Algo parecido sucedió con la predicación de Jesús. La misma estaba circunscrita y apegada al momento concreto en que realizó su predicación, que, recordemos, pregonaba el arrepentimiento de los pecados ante la inminencia de la llegada del Reino de Dios. Cuando Jesús fallece, sus discípulos creían inminente su llegada (la parusía), pero cuando transcurría el tiempo y esta no se consumaba, fue necesaria una reinterpretación de las enseñanzas, labor que ejecutó Pablo de Tarso reinterpretando el mensaje de Jesús. De esta manera, Pablo convirtió en universal lo que al principio no era más que una simple predicación destinada a un pueblo, el judío. Tan es así que lo que inicialmente constituyó una simple corriente dentro del judaísmo (entre otras cosas, por la privilegiada situación del pueblo judío dentro de Roma, que mantendría hasta que el emperador Trajano aboliera todos esos privilegios) pasó a constituirse en una nueva religión.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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