SECRETARIOS JUDICIALES Y SECRETARIOS JUDICIALES.

Fe pública judicial

La inmensa mayoría, por no decir la casi totalidad de los Secretarios Judiciales, son unos dignos y grandísimos profesionales, trabajadores que no dudan en solventar con su buen hacer el trabajo cotidiano en los órganos judiciales; a ello ha de añadirse que más del noventa por ciento del colectivo goza de una enorme cercanía e inmejorable trato hacia todos los operadores jurídicos, lo cual (dicho sea de paso y en estricta Justicia) no siempre es reconocido por el Ministerio de Justicia, del cual orgánicamente dependen. No obstante, al igual que ocurre en cualquier otro colectivo, existe una pequeña minoría que prima el formalismo puntilloso y la rigidez sobre cualquier otra consideración; y a su vez, dentro de esa minoría existe otra minoría que añade al formalismo un trato tan  distante y altivo que uno se pregunta si está tratando con un empleado público o con un miembro de la aristocracia inglesa de la época victoriana. Pues bien, uno de mis compañeros de profesión (con quien dicho sea de paso, hacía ya tiempo no tenía la oportunidad de intercambiar impresiones) me ha comentado el pasado fin de semana una experiencia a vivida a raíz de un hecho concreto que ha venido a confirmar lo que para quien esto suscribe es un aserto o principio general: las personas tan formalistas, exigentes e inflexibles con el prójimo son quienes suelen ser bastante laxos a la hora de cumplir con las funciones propias, haciendo bueno el célebre dicho “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”. Paso, sin más, a narrarles la experiencia que mi compañero y amigo ha sufrido en sus propias carnes.
El Boletín Oficial del Estado del pasado día 6 de marzo de 2015 publicaba el Acuerdo de 3 de marzo de 2015 de la Comisión Permanente del Consejo General del Poder Judicial en virtud del cual se convocan plazas de Magistrado Suplente y Juez Sustituto en el ámbito territorial de varios Tribunales Superiores de Justicia. Este año la convocatoria se aparta radicalmente de los años anteriores, donde a los abogados se les puntuaba por años de ejercicio; no así en esta ocasión, pues la base octava punto segundo disponía lo siguiente: “Las profesiones de abogado y de procurador de los tribunales se valorarán como mérito únicamente si concurren los siguientes requisitos: alta y colegiación como ejerciente, durante un tiempo mínimo de tres años, en el colegio profesional correspondiente y acreditar, mediante certificación del secretario judicial del procedimiento, la intervención como defensa letrada en, al menos, 15 procedimientos judiciales distintos por cada seis meses que se pretenda hacer valer, o como representación procesal en, al menos, 120 procedimientos judiciales distintos por cada seis meses que se pretenda hacer valer. En ningún caso se valorarán la prestación por parte del abogado de meros servicios de asesoría, asistencia jurídica o mediación. Si cursada la solicitud de dicha certificación, con indicación concreta y precisa de los procedimientos de referencia, no fuera oportunamente cumplimentada en plazo, deberá acompañarse, además de la solicitud mencionada, una declaración jurada de haber asumido dicha dirección letrada.” Como mi compañero deseaba concurrir a dicha convocatoria, en estricta aplicación lo dispuesto en la base anteriormente transcrita, presentó en el Decanato de los juzgados un escrito en cada uno de los órganos judiciales en los que había llevado asuntos, solicitando la certificación, indicando el motivo de la misma e incluso facilitando la identificación concreta de los asuntos de los últimos cinco años (no así de los anteriores, por no tener informatizados los pleitos con anterioridad a 2010). Pues bien, según me comentaba mi amigo, la gran mayoría de los Secretarios le expidieron sin ningún tipo de  problema la certificación solicitada, haciendo gala además de una amabilidad en el trato digna de elogio, pues muchos de ellos incluso tuvieron la deferencia de llamarle telefónicamente para informarle de que ya se había expedido la certificación solicitada. Pero a mi compañero le llamaron especialmente la atención dos actitudes, una para bien y otra…….en fin, digamos que cuando menos no tan buena.

1.- El Secretario del único Juzgado de lo Contencioso-Administrativo de la localidad (que, además, era relativamente nuevo en la plaza, dado que apenas lleva un año en tal destino) no sólo le llamó por teléfono al día siguiente de haber presentado en el Decanato la solicitud para informarle que la misma ya había llegado a sus manos, sino que tras consultar los archivos del juzgado había comprobado que los pleitos en los que había intervenido el letrado solicitante no eran únicamente los que había facilitado en la solicitud, sino que eran muchísimos más. Mi compañero, tras explicarle que únicamente había podido reflejar en la solicitud los pleitos de los últimos cinco años por ser el periodo en los que tenía informatizada la gestión profesional del despacho, le preguntó si había inconveniente en expedir una certificación de todos ellos incluyendo los que no había identificado en la solicitud, ante lo cual el Secretario respondió que no sólo no había ningún problema, sino que ese mismo día tendría el documento elaborado. Dicho y hecho. Ese mismo día se expedía la certificación con el listado de pleitos que mi amigo había llevado en ese órgano judicial desde el año 2001, año de creación del Juzgado (curiosamente, uno de los seis que no está radicado en una capital de provincia, sino en una costera ciudad, la más populosa además de la Comunidad Autónoma). Esta actitud sorprendió tan agradablemente a mi compañero que decidió, dado que es una persona educada, ir a darle las gracias en persona, pues mi distinguido colega siempre dice (en este punto, y aunque le parezca mal, he de constatar que es más anticuado que lo que sus años le hacen ser) “de bien nacidos es ser agradecidos”. Cuando, en efecto, acudió a cumplimentar dicho agradecimiento mediante comparecencia personal, el Secretario, que además demostró tener igualmente una amabilidad y un trato exquisito, le respondió que nada había que agradecer dado que, cito textualmente, “es mi trabajo”. Estamos, pues, ante un profesional con mayúsculas.

2.- Secretarios de los Juzgados de Primera Instancia Uno, Siete y Social Cuatro de la ciudad (todos ellos, además, ya veteranos en el partido judicial). Los tres se caracterizan por ser los más puntillosos, formalistas y estrictos de la localidad; baste indicar, como ejemplo ilustrativo, que en el Juzgado de lo Social reseñado, hasta hace relativamente poco los poderes apud acta únicamente podían otorgarse de nueve a diez de la mañana dos días por semana (hubiese sido de agradecer se indicase qué texto legal amparaba la limitación horaria y diaria para otorgar los poderes), algo que sin duda se hubiese perpetuado en el tiempo de no haber mediado denuncia del Colegio de Abogados y una rotunda intervención del Secretario Coordinador Provincial desautorizando dicha práctica limitativa. La única diferencia entre los tres radica en que cuando menos los dos primeros mantienen un trato muchísimo más cordial con los profesionales que la tercera. ¿Cómo respondieron a la solicitud de expedición del certificado estos tres fedatarios judiciales tan formalistas y rigurosos con terceros en su cotidiano quehacer? La respuesta es sencilla: silencio administrativo. Quizá debieron pensar que como las bases permitían, en caso de no emitir el Secretario la certificación, que el aspirante lo supliese con el justificante de haberlo solicitado y una declaración jurada, ello les excusaría de perder el tiempo en cosas tan nimias. De cualquier manera, lo que queda claro es que, cuando menos en este caso concreto, quienes habitualmente hacen de la formalidad y el rigorismo exigencia habitual a terceros, no se han caracterizado precisamente por la coherencia en su actividad……o, mejor dicho, inactividad.

Todo lo anterior me trae a la memoria una anécdota, probablemente apócrifa. Cuentan que en cierta ocasión sir Arthur Wellesley, duque de Wellington, estuvo a punto de ahogarse tras caer en un río, siendo rescatado in extremis por un soldado de su regimiento. Cuando el duque preguntó a su subordinado cómo podría agradecer el hecho de que le hubiera salvado la vida, el soldado le respondió que manteniendo el hecho en el más absoluto de los secretos, porque entonces sería el propio salvador quien se convirtiese en víctima a manos de sus mismos compañeros si éstos llegaban alguna vez a enterarse que el soldado en cuestión había salvado la vida al duque. Tal era la altivez y el rigor con que regía a sus soldados quien logró derrotar a Napoleón en la batalla de Waterloo.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

Un comentario el “SECRETARIOS JUDICIALES Y SECRETARIOS JUDICIALES.

  1. Coincido contigo en la excelencia de los secretarios judiciales, nunca valorados especialmente por el ciudadano particular. Sin embargo es cierto que en ocasiones nos encontramos con autenticas ovejas negras.

    Recuerdo a un secretario de un Juzgado de lo Contencioso de Santander, afortunadamente ya en otros lares, el cual en el momento de realizar apoderamientos apud-acta, en temas básicamente de extranjería y de oficio, llegaba a examinar al pobre extranjero para ver si entendía el concepto de apoderamiento y lo que ello implicaba.

    Naturalmente, la cara de pobre extranjero sin papeles era todo un poema, preguntado a la salida de juzgado en que país de locos había aterrizado.

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