MAYOR DUNDEE: OBSESIONES, RIVALIDADES Y PATRIOTISMO.

Mayor Dundee

Personalmente no me gustan las películas de Sam Peckinpah, y ello se debe tanto a su predilección por centrar el foco de la cámara en personajes turbios, nada recomendables cuando no algo psicológicamente inestables (el caso del personaje encarnado por Warren Oates en Quiero la cabeza de Alfredo García sería el paradigma) como por su recreación en los estallidos de violencia (contenida o soterrada en los minutos iniciales y que suele estallar súbita, abrupta e incontroladamente en las últimas secuencias) que acaban en masacres indiscriminadas. Sin embargo, pese a todo, no quisiera dejar pasar la oportunidad de referirme a una de sus películas, curiosamente aquélla de la cual más abominó al haber sido mutilada de forma inmisericorde por la productora, quien incluso negó la posibilidad de rodar escenas que el director consideraba decisivas y esenciales para entender la historia en su totalidad. Me estoy refiriendo a Mayor Dundee, el film protagonizado por Charlton Heston y Richard Harris, que ahora se puede disfrutar en una versión extendida gracias a la magia del DVD, que ha recuperado algunos de los fragmentos que el productor cercenó del metraje final y que contribuyen a explicar determinadas omisiones y huecos (por ejemplo, la matanza inicial perpetrada por los apaches liderados por Sierra Charriba) en la versión estrenada en los cines y que habitualmente emiten las distintas cadenas de televisión.
Mayor Dundee es la historia de una rivalidad y de una obsesión. La rivalidad la protagonizan dos personajes que tienen mucho en común: los dos son sureños, los dos han servido en el Ejército de los Estados Unidos y los dos aman profundamente su país. Pero mientras el primero, el mayor Amos Dundee, tiene un carácter rígido, duro y obsesivo, el capitán Benjamín Tyreen se presenta como más abierto y tolerante, amén que sus finas y aristocráticas maneras hacen de él el prototipo de caballero sureño. Ambos habían sido amigos y combatido en el mismo ejército estadounidense (en un determinado momento, Tyreen menciona que sirvió a las órdenes de Ulises Grant en la guerra contra México que tuvo lugar entre 1846 y 1848), pero tras un incidente cuya naturaleza no llega a explicarse en ningún momento, Tyreen es expulsado del ejército debido fundamentalmente al testimonio de Amos Dundee. Este hecho quiebra definitivamente la antigua amistad, y esa brecha que separa a ambos se hace aún más profunda tras el estallido de la Guerra de Secesión, debido a que Dundee, pese a ser sureño, milita en las filas unionistas, mientras que Tyreen lucha en el ejército confederado. La mala suerte hace que éste caiga prisionero y sea encarcelado en el puesto al mando de Dundee, del que trata de escapar tras agredir a un soldado de la guardia, intento que se frustra al ser nuevamente capturado por las tropas unionistas que regresaban de una expedición. Ambos rivales pactan, no obstante, una tregua para acabar con las masacres que Sierra Charriba y su grupo de apaches perpetran en suelo estadounidense (tras cometer las cuales, por cierto, los apaches corren raudos a cruzar la frontera y refugiarse en territorio mexicano para evitar que las tropas americanas los alcancen), de tal manera que Tyreen y su grupo de confederados aceptan cabalgar a las órdenes de Dundee y el confederado empeña su palabra de someterse a la jerarquía del unionista “hasta que Sierra Charriba sea capturado o muerto” (frase ésta que repite constantemente a lo largo del film cada vez que hay un choque entre las tropas que ambos lideran) y dice mucho del valor que a la misma otorga el unionista que no exige garantía adicional, siendo suficiente esa promesa empeñada por Tyreen.
Desde este momento, la historia se centra en un doble frente. De un lado, la obsesión de Dundee por capturar al asesino apache, lo que le lleva en determinadas ocasiones a perder la objetividad y a realizar acciones no del todo justificadas desde el punto de vista militar. De otro, la continua rivalidad entre Dundee y Tyreen, rivalidad que se traslada a los respectivos grupos de soldados y que amenaza con estallar abruptamente en varias ocasiones. Rivalidad, por cierto, que también surge desde el punto de vista sentimental al enamorarse ambos personajes de la misma mujer, lo que da la oportunidad al director para incidir aún más en la psicología y el comportamiento de ambos soldados al quedar patente la distinta forma que tienen ambos de cortejar a su amada.
Con todo, existe una escena que vale por todo un tratado de psicología y donde queda de manifiesto expresamente el carácter y la psicología del pueblo americano. Cuando tras cumplir con éxito su misión en tierras mexicanas regresan de vuelta a suelo americano, son perseguidos de forma inmisericorde por un numeroso grupo de militares franceses (debe recordarse que por aquel entonces México estaba regido por el emperador Maximiliano, cuyo cetro sostenido por las bayonetas francesas era disputado por los partidarios de Benito Juárez). Es entonces, en el río que sirve de frontera entre México y Estados Unidos, cuando estalla la violencia que preside todas las cintas de Peckinpah, si bien de forma sorprendente el conflicto no se produce entre Dundee y Tyreen, ni tan siquiera entre unionistas y confederados, sino entre el grueso de los soldados americanos de uno y otro bando y el numeroso cuerpo de tropas francesas. Se lucha cuerpo a cuerpo y un jinete francés derriba al portaestandarte americano, de tal forma que la bandera que portaba, la de la Unión, cae al agua. Es en ese momento cuando la película muestra un hecho que al espectador, tras casi dos horas de rivalidad abierta entre ambas facciones de americanos, inicialmente le cuesta comprender: Benjamin Tyreen, el capitán sudista, el soldado que lucha abiertamente por la causa confederada que simboliza bandera sureña (la Bonnie Blue Flag que dio origen a unan canción del mismo nombre, aunque ulteriormente fuese sustituida por la clásica bandera que aún hoy en día se identifica con Dixie) se lanza presuroso y arriesgando su propia vida a recoger de las aguas el estandarte de la Unión a cuyas fuerzas está combatiendo, poniéndola en manos de otro soldado unionista para que éste pueda izarla con orgullo. Este momento, ese patriótico gesto de Benjamin Tyreen ofrece toda una lección al espectador. Y es que Tyreen ya no está combatiendo a Dundee, ni tan siquiera al ejército de la Unión, sino a unos militares franceses, es decir, a otra nación; por ello no puede consentir que sea humillada la bandera de la Unión, la enseña a la que nunca ha dejado de considerar “su” bandera pese a que en los últimos cuatro años haya estado combatiendo a las fuerzas unionistas que la defendían. Ante el ataque de un elemento ajeno, la división interna desaparece y de ahí que el confederado pase a considerarse, en ese momento, un norteamericano más.

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