JAMES MCREYNOLDS: UN BUEN JUEZ LASTRADO POR SU MAL CARÁCTER.

James McReynolds

Existen jueces que saben aunar de forma exquisita un manejo inmejorable de la legislación y jurisprudencia con un trato cortés hacia los demás y un don de gentes envidiable. Son jueces que saben hacer estimulante el ejercicio de la profesión, logrando hacer que sea un auténtico placer entrar a las salas de vistas; jueces, que sin hacer abdicación en ningún momento del rigor inherente a la alta posición que ostentan, saben cómo utilizar la palabra adecuada en el momento justo sin perder las formas. No obstante, existen también jueces que, poseyendo una capacidad jurídica innegable, piensan que para gozar de alta consideración es menester hacer uso del trato severo hacia sus semejantes; jueces que lo que provocan, por el contrario, es que tanto las partes como sus defensores entren ya en tensión en la sala barruntando con qué ocurrencia o reprimenda les obsequiará Su Señoría. En efecto, como de todo hay en la viña del Señor, hay quienes en las vistas optan por colocarse una ceñuda expresión facial, no se privan de hacer comentarios ciertamente ofensivos hacia las partes y hacia los letrados, e incluso hay quien en el colmo de la mala educación se niega a devolver el saludo. Ser un buen juez no está reñido con el trato afable, pues quien pierde las formas no demuestra necesariamente ser mal juez, sino que como persona está falto de urbanidad. Cultura y educación no son conceptos sinónimos, en modo alguno puede considerarse que la severidad y la mala educación sean rasgos necesarios para cualificar a un juez o magistrado. Un buen ejemplo de ello nos lo ofrece la interesantísima figura de James Clark McReynolds.
Oriundo del estado de Kentucky, McReynolds estudió derecho en las Universidades de Vanderbilt (Tenessee) y Virginia. Compaginó en su carrera tanto el ejercicio público (pues fue durante los años 1907 a 1909 adjunto de Charles Bonaparte –nieto de Jerónimo Bonaparte-, Attorney general del presidente Theodore Roosevelt) como privado de la abogacía, donde llegó a ser contratado por el Gobierno federal a la hora de llevar la defensa de pleitos relacionados con las leyes antimonopolio que surgieron en los años finales del siglo XIX y de comienzos del siglo XX. En marzo de 1913, el presidente Woodrow Wilson le nombró su Attorney general para, un año más tarde, proponer al Senado su nombre para el Tribunal Supremo, como sustituto del juez Horace Harmon Lurton, que había fallecido súbitamente en julio de 1914 de un ataque cardíaco. McReynolds recibió el placet senatorial y fue nombrado juez en agosto de ese año 1914, cargo que desempeñaría hasta el último día de enero del año 1941. Como juez, era uno de los más capaces de la institución, y a su pluma se deben sentencias de todo tipo. Se opuso, como otros de sus colegas, a la legislación adoptada por el presidente Franklin D. Roosevelt en la época del New Deal, lo cual era, en principio, chocante viniendo de un viejo demócrata como McReynolds, nombrado, además, a instancias de un demócrata como Wilson. Pero su saber jurídico era innegable, hasta el punto de que el William Howard Taft (el único individuo en la historia de los Estados Unidos que ocupó sucesivamente los cargos de Presidente y de chief justice), en una carta privada escrita el 11 de junio de 1923, consideraba a McReynolds como un hombre “ciertamente muy capaz”…..pero cuyas innegables dotes jurídicas eran oscurecidas por su mal carácter.
Y ciertamente, así era. McReynolds no se detenía ante nada ni ante nadie para hacer gala de su mal carácter, hasta el punto de que el mismo William Howard Taft indicó que en ausencia de aquél, “todo iba sobre ruedas”. Se dice que cuando John Clark, juez del Tribunal Supremo nombrado en 1916 igualmente a instancias de Wilson, renunció a su cargo en 1922 uno de los motivos por los que dimitió fue precisamente la antipatía que le inspiraba su colega. Cuando en 1916 Luis D. Brandeis accedió al cargo de juez del Tribunal Supremo, McReynolds no sólo rehusó sentarse a su lado (como correspondía por orden de nombramiento, sino que estuvo tres años sin dirigirle la palabra a su nuevo colega por el único hecho de que Brandeis era judío, omisión ésta a la que se sumaba el hecho de que se ausentaba invariablemente de la sala de conferencias cada vez que su colega tomaba la palabra; su antipatía era tal que cuando Brandeis renunció al cargo en 1939, McReynolds se negó a firmar la habitual carta que por cortesía los jueces dirigen a los colegas cesantes. Ese mismo año, cuando fue nombrado para el Tribunal Supremo una persona jurídicamente tan brillante pero de religión judía como era Felix Frankfurter, McReynolds se negó a acudir a la jura de su nuevo colega, manifestando públicamente: “Oh Dios, otro judío”. Pero no sólo eran los miembros de la religión hebrea el blanco de las iras de tan severo magistrado. En cierta ocasión, cuando un juez y futuro chief justice, Harlan Fisk Stone, le indicó que el escrito de un letrado contenía “el razonamiento más torpe que he visto en mi vida”, McReynolds le respondió de inmediato que: “La única cosa peor que se me ocurre es leer una de tus sentencias”. Tampoco soportaba a las mujeres abogados, y se dice que abandonaba la sala de vistas cada vez que una hacía acto de presencia. A la hora de contratar law clerks (recién licenciados en Derecho que durante un año servían de ayuda a los jueces) McReynolds no tuvo empacho en reconocer que jamás utilizaría los servicios de: “judíos, borrachos, negros, mujeres, fumadores, casados o prometidos”. Todo un personaje, quien tampoco tuvo pelos en la lengua a la hora de indicar, cuando se le preguntaba por su renuncia, que jamás lo haría “mientras ese hijo de puta esté en la Casa Blanca”, en referencia a Franklin D. Roosevelt. No obstante, renunció en enero de 1941 quizá porque, en un gesto sin precedentes en la historia, Roosevelt acababa de ser elegido para un tercer mandato en noviembre de 1940 y no desease dilatar más su presencia en una institución a la que inconscientemente tanto mal causaba debido a su peculiar personalidad. Cuando falleció, en completa soledad, en 1949, ninguno de sus colegas del Tribunal Supremo acudió a su funeral o a su entierro.
McReynolds suele aparecer en las listas como uno de los peores jueces de la historia americana, ofreciendo el ejemplo más claro de que ser un buen juez no implica única y exclusivamente atesorar muchos conocimientos jurídicos. Por contra, alguien como William H. Rehnquist, a quien su conservadurismo valió las críticas de muchos pese a que nadie cuestionó jamás su brillantez legal, era públicamente elogiado por su enorme empatía y la capacidad de trabar lazos de amistad con sus colegas; incluso el liberal William Brennan no se recataba en elogiar públicamente la bonhomía de Rehnquist. Quien, siendo ya chief justice, sabía cohonestar rigor con cortesía, formalismo con amabilidad. Jeffrey Toobin apunta que tan sólo en una ocasión tuvo un lapsus, y cuando una de sus law clerks acudió como abogada ante el Tribunal Supremo en un despiste la llamó por su nombre de pila.
En este sentido, no me resisto a contarles dos episodios que el actual chief justice, John Roberts, narraba en su artículo What makes the DC Circuit Different? A historical view, publicado en mayo de 2006 en la Virginia Law Review. Ambos son ejemplos claros de dos modos de entender el comportamiento de un juez. Vayamos con el primero de ellos: “Por ejemplo, seguro que están familiarizados con la tradición existente en el Tribunal de Apelaciones del Cuarto Circuito, donde al terminar la vista oral los jueces bajan del estrado y dan un apretón de manos a los abogados. Es una entrañable costumbre emblemática de la hospitalidad de la región que abarca dicho órgano judicial.” Un ejercicio de cortesía formal de los magistrados para con quienes acuden a Sala a defender a las partes. Vayamos al segundo y no tan elogiable ejemplo que tuvo lugar a principios del siglo XIX “relativo al juez Buckner Thruston, quien tenía no sólo la costumbre de considerar poco hábiles a los abogados que acudían ante él, sino la de expresar dicha convicción en voz alta. En cierta ocasión, un abogado respondió educadamente al juez que él, el abogado, encontraba al juez igualmente poco hábil. He aquí cómo explicó el periódico Evening Star lo que sucedió a continuación: La respuesta del juez Thurston fue bajar inmediatamente del estrado y calificar al abogado de sinvergüenza y cobarde; el abogado retó al juez a abandonar la sala y luchar’”

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