AN INSPECTOR CALLS v NO NAME ON THE BULLET: UN EXTRAÑO COMO CATALIZADOR DEL CONFLICTO LATENTE.

An Inspector Calls

Ciudad de Brumley, mes de abril del año 1912. La familia Birling, integrada por Arthur (próspero industrial), su esposa Sybill y sus hijos Eric y Sheila celebran en el comedor de su vivienda una plácida cena familiar para institucionalizar el compromiso matrimonial de Sheila con Gerald Croft, integrante de otra próspera familia cuya fortuna está ligada igualmente a la gran industria. En la tranquilidad del hogar, donde nada parece alterar el idílico ambiente burgués de comienzos del siglo XX, mientras el patriarca de la familia, una vez finalizada la cena, comienza a esbozar un discurso alabando el espíritu de prosperidad ligada a la responsabilidad individual desligándose de todo compromiso que no sea estrictamente personal (“da la impresión de que todo el mundo está obligado a cuidar de todo el mundo…como si estuviéramos mezclados como las abejas en una colmena…, la comunidad y todas esas tonterías. Pero hacedme caso a mí, ahora que sois jóvenes, porque lo que sé lo he aprendido en la escuela de la experiencia, una maestra dura pero competente; lo que un hombre tiene que hacer es ocuparse de sus propios asuntos y cuidar de sus intereses y los de su….”) súbitamente hace su aparición en el domicilio el inspector Goole, de la policía, quien dice investigar el suicidio de una joven, Eva Smith. El inspector comienza a abordar uno por uno tanto a los miembros de la familia Birling como al propio Gerald Croft dado que, como indica el funcionario policial, “Es mi manera de trabajar. Una persona y una línea de investigación cada vez. De lo contrario, todo se complica”. Merced a esa técnica, van haciendo su aparición oscuros secretos familiares, acciones nada halagüeñas que ponen de relieve episodios desconocidos de la vida de cada uno de los miembros de la aparentemente intachable familia y como las acciones de uno van a influir de forma decisiva no sólo en los acontecimientos que afectan al resto de miembros de la familia, sino en el de terceras personas. Al final, como en un gran puzzle donde todas las piezas encajan, se ofrece el resultado final de las pesquisas y se logran desvelar tanto los motivos por los que una joven llena de vida ha optado por el suicidio como los episodios ocultos de la familia Birling (no delictivos, pero sí moralmente reprobables) que la figura del inspector ha logrado sacar a la luz.
El párrafo anterior describe someramente el argumento de An inspector calls, la celebérrima obra teatral de J.B Priestley, cuyo estreno tuvo lugar en el año 1946 con un ya consagrado Ralph Richardson en el papel del inspector Goole (de hecho, la foto que ilustra este post es la del gran actor británico interpretando el papel de Goole en esa representación inicial) y un jovencísimo Alec Guiness en el rol de Eric Birling. Sin duda alguna, en ella están presentes temas que interesaron sobremanera al autor británico, como el enigma del tiempo (presente en otras obras suyas como Time and the Conways o I have been here before -curiosamente, esta ultima obra fue la escogida por Radio Televisión Española en el año 2000 para intentar resucitar las célebres adaptaciones teatrales del clásico Estudio Uno-), la idea de que la responsabilidad de cada persona no se extiende a lo estrictamente individual, sino que sus actos afectan a todo el colectivo, así como una visión pesimista de la evolución humana. Pero, sin duda alguna, un hecho que a mí me ha llamado la atención y en el que el autor incide es el hecho de que determinados colectivos, más o menos extensos, que aparentemente desarrollan su vida cotidiana en una plácida existencia encubren en realidad un torbellino de pasiones y secretos que un elemento extraño a dicha comunidad puede desencadenar, transformando las pacíficas aguas de un lago en un auténtico tsunami que pone en peligro la propia existencia del colectivo. Así ocurre en esta obra, donde la quietud inicial (en la que, dicho sea de paso, pueden intuirse elementos del latente conflicto) se rompe con la súbita aparición del inspector, que es el elemento activo encargado de sacar a la luz toda esa información comprometedora de cada uno de los miembros de la familia Birling.
Esta idea central es la que inspira igualmente una película norteamericana de serie B que constituye una deliciosa obrita menor del género western y cuya duración apenas se extiende más de una hora. Me estoy refiriendo a No name on the bullet, dirigida en 1959 por Jack Arnold y protagonizada por Audie Murphy en una de sus más memorables interpretaciones. A la pacífica ciudad de Lordsburg llega el jovencísimo John Gant, un pistolero a sueldo que se ha ganado una notable fama no sólo por su rapidez con el revólver, sino por la no habitual circunstancia de limitarse estrictamente a cumplir con el encargo recibido, de tal manera que las únicas muescas de las que presume se deben a las vidas de aquéllos para cuya eliminación fue contratado, así como las de quienes intentaron medirse infructuosamente con él, siendo, además, destacable que jamás ha acabado con una vida a traición, sino cara a cara y en duelos donde cumple estrictamente con las normas habituales (quien desenfunda más rápido, es el vencedor). Gant no sólo es un pistolero atípico por ello, sino por su vasta cultura y por el hecho nada habitual de ser un experto jugador de ajedrez. Pero su llegada implica que alguien que ha cometido un hecho reprobable está señalado. Como Gant no suelta prenda de quién es el señalado (de ahí el título de la película) la tranquilidad del pueblo comienza a verse afectada, pues los más destacados ciudadanos comienzan a bucear en su pasado y con ello afloran a la superficie episodios nada honorables que han sido protagonizados antaño por los hoy “honorables” ciudadanos. Gant no es, pues, el causante de romper la paz y armonía de Lordsburg (como Goole tampoco lo es de quebrar la armonía de la familia Birling) sino que es el elemento catalizador, el detonante de un explosivo que se encontraba enterrado bajo un manto de ficticia paz social. Por cierto, que si el final de An inspector calls deja al espectador atónito por el súbito giro de los acontecimientos en un tour de force inesperado, la escena final de la película No name on the bullet no deja igualmente de sorprender por el estoicismo que demuestra el jovencísimo pistolero ante el dramático acontecimiento que sufre en sus propias carnes y que le supone una muerte en vida: “Don´t worry about it physician. Everything come to a finish

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