JUECES Y ABOGADOS: REFLEXIONES A PARTIR DE UNA FRASE DEL JUEZ POTTER STEWART

Potter Stewart

Potter Stewart ostentó el cargo de juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos durante casi veintitrés años, los que se extienden desde octubre de 1958 (cuando accedió al cargo a propuesta del presidente Eisenhower) hasta su renuncia en julio de 1981, siendo su vacante ocupada por Sandra Day O´Connor, la primera mujer en lograr un asiento en el máximo órgano judicial estadounidense. Tuvo incluso la posibilidad de ser nada menos que chief justice tras la renuncia de Earl Warren en 1968, dado que muchos dentro y fuera de la institución aconsejaban a Nixon tal medida, pero Stewart se autoexcluyó argumentando principalmente que ello supondría una pérdida de la intimidad que, en mayor o menor medida, seguía gozando pese a ser uno de los nueve jueces del Tribunal Supremo, dado que por aquel entonces la relevancia mediática únicamente se focalizaba en el cabeza de la institución. Sin duda alguna, la frase más conocida de Stewart es la contenida en su voto particular a la sentencia Jacobellis v. Ohio (378 US 184 [1964]) cuando razonó que no podía ofrecerse un concepto general de porno duro (constitucionalmente prohibido, según los magistrados), y lo hizo de la siguiente forma: “I shall not today attempt further to define the kinds of material I understand to be embraced within that shorthand description; and perhaps I could never succeed in intelligibly doing so. But I know it when I see it, and the motion picture involved in this case is not that”, lo que podría traducirse como: “No intentaré hoy profundizar en la definición de las clases de material que deben incluirse en dicho concepto, y quizá nunca logre hacerlo. Pero sé lo que es cuando lo veo, y la película en cuestión no es de esa clase”.
Pero, junto con lo anteriormente expuesto, Potter Stewart ofreció una de las mejores valoraciones de lo que implican las funciones judiciales: “all the fun of practicing law without the bother of clients” (todo en encanto del ejercicio profesional, pero sin la molestia de los clientes). En efecto, el juez es alguien que se enfrenta día a día con el derecho vivo, pero que aislado en sus oficinas no ve perturbado su cotidiano quehacer con las reclamaciones, llamadas, preguntas y, en ocasiones, vituperios de los clientes que, con toda lógica, pretenden seguir al dedo “su” asunto. Pero junto con ello ha de tenerse en cuenta que el juez, a diferencia del abogado, rarísima vez parte de cero a la hora de resolver un asunto, dado que gran parte de su trabajo ya le vendrá dado por las pretensiones de las partes. En efecto, lo más difícil no es resolver un asunto, sino crearlo, de ahí que la posición más difícil es la del demandante o denunciante. Analicémoslo brevemente.

1.- El abogado que pretende iniciar un asunto como demandante parte de cero y, por lo tanto, su misión será “crear” el caso. Para ello no sólo habrá de entrevistarse con las personas afectadas, sino examinar la documentación, analizarla en profundidad, tomar los datos más favorables a los intereses de su cliente y orillar (o, en su caso, minimizar o diluir) los que le perjudiquen, efectuar un relato fáctico de los hechos y, ulteriormente, reconducir los mismos a la normativa aplicable al caso. Ello, que puede parecer algo mecánico y a veces incluso sencillo, dista mucho de serlo y en ocasiones se consume una gran dosis de tiempo en elaborar o plasmar en el escrito de demanda el asunto en toda su extensión. A ello habrá que añadir dos tareas que, en este caso, reconozco que no todos los letrados en ejercicio suelen acometer, pero que el redactor de estas líneas intenta hacer (con mejor o peor fortuna): en primer lugar, una labor de poda o síntesis, resumiendo lo más posible el caso dado que, por mucho que se niegue, cuanto más largo sea un escrito más posibilidades hay de que el destinatario del mismo pase de puntillas sobre el mismo; en segundo lugar, una labor de ornato o de estilo, intentando compatibilizar la técnica jurídica con una redacción adecuada a las normas de la ortografía y la gramática. Resumiendo, que podemos decir que el abogado demandante se asemeja a un arquitecto que ha de construir un edificio.

2.- El abogado defensor que ha de contestar a la demanda tiene algo más fácil la labor, de ahí que, por ejemplo, Eduardo García de Enterría y Jesús González Pérez hayan reconocido que la Administración acude a los pleitos “en la más cómoda posición de demandado”. El jurista a quien se haya encomendado la defensa ya tiene en sus manos un elemento esencial, cual es la demanda, y por tanto, su misión será analizar la misma en un doble sentido: verificar si los hechos expuestos en la misma son ciertos o no (o si existen circunstancias impeditivas o que han de tenerse en cuenta) y verificar si existe normativa que impide estimar la pretensión del actor. No es tampoco una tarea sencilla, pero, insistimos, a diferencia del letrado demandante el demandado no parte de cero, salvo en los casos (que haberlos hay) de demandas muy defectuosamente construidas. Por seguir con el ejemplo anterior, el jurista encargado de la defensa del demandado es el encargado de buscar defectos estructurales en el edificio, si el mismo se adecúa a la licencia e incluso si la propia licencia habilitadora es legal para exponerlos a la autoridad competente.

3.- El juez, a diferencia de los anteriores, si la demanda y la contestación están bien hechas tiene gran parte de su función realizada. En efecto, dado que la resolución del caso ha de moverse necesariamente entre las pretensiones o peticiones del demandante y del demandado, el juez no sólo no parte de cero, sino que el caso lo tiene fabricado ya en sus manos, siendo su labor meramente supervisora. Ello no quiere decir, entiéndase bien, que el juez no efectúe labor alguna o que la tarea de un magistrado sea simbólica o sumamente fácil (que no lo es), pero lo que es innegable es que su labor creadora no parte de cero. Por seguir con el ejemplo anterior, el juez sería el inspector encargado de dilucidar si el inmueble cuya revisión se le encomienda se adecúa o no a la legalidad. Ello no siempre es sencillo, pero evidentemente es mucho más difícil crear que verificar, erigir que comprobar, actuar que supervisar. Pero, sin duda alguna, la enorme ventaja que tiene el juez respecto a los abogados es la tranquilidad y la independencia que de forma tan gráfica exponía el juez Potter Stewart en la frase que sirvió de punto de apoyo a las presentes reflexiones.

Las tres partes tienen su importancia. Las tres tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Y las tres, por tanto, deberían tenerse una mutua comprensión de la que, por desgracia, no siempre se hace gala.

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