SOBRE JUECES INDECISOS.

Charles Whittacker

Harry A. Blackmun es considerado hoy como uno de los magistrados que integró durante su cuarto de siglo en la institución el ala liberal del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Nacido en Illinois pero criado en el estado de Minnesota, obtuvo su licenciatura en la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard y ulteriormente ejerció como abogado durante un largo periodo de tiempo, desempeñando en esta etapa de ejercicio profesional el puesto de asesor jurídico de la Clínica Mayo. En 1959 el presidente Dwight Eisenhower lo nominó como juez del Tribunal de Apelaciones del octavo circuito judicial, cargo para el que fue confirmado de forma unánime por el Senado. Tras once años ocupando dicho puesto, la vacante dejada en el Tribunal Supremo por la dimisión de Abe Fortas debido a un escándalo económico lo elevó al máximo órgano judicial estadounidense, y si bien no fue la primera opción del presidente Nixon, lo cierto es que en esta ocasión el Senado confirmó a Blackmun por la abrumadora mayoría de 94 votos a favor y ninguno en contra, pese a ciertas sospechas de que pronto caería bajo la órbita de influencia del entonces chief justice Warren Burger, con quien tenía antiguos y profundos lazos de amistad hasta el punto de que Burger había sido padrino de boda de su colega.
Sin embargo, y pese a ser una persona jurídicamente brillante, Blackmun demoraba sobremanera la marcha cotidiana de los asuntos debido a su indecisión congénita. Quienes tengan la curiosidad de echar un vistazo al clásico libro The Brethren, obra de los periodistas Bob Woodward y Scott Armstrong, comprobarán que tanto sus ayudantes como sus colegas a veces veían con simpatía y otras con enojo como su nuevo compañero de estrado “agonizaba” (la palabra es textual) cada vez que tenía que redactar una sentencia, pues en muchas ocasiones su incapacidad para tomar una decisión en firme y, sobre todo, su deseo de que las sentencias de las que era ponente fuesen bien recibidas por el grueso de la población le hacían demorar más de lo habitual sus tareas mientras  decidía qué criterio adoptar finalmente. El casi cuarto de siglo que Blackmun ejerció como juez del Tribunal Supremo demostró que las sospechas sobre su alineación con las tesis conservadoras de Burger no se cumplieron, pues sobre todo a raíz de la controvertida sentencia Roe v. Wade (de la cual fue ponente y que le causó muchos quebraderos de cabeza precisamente por su carácter indeciso) comenzó a separarse de su amigo y a mantener una independencia de criterios que no le impidieron alinearse con el ala liberal, lo cual no implicó, en modo alguno, que sus continuas dudas lastrasen su actividad debido a la parálisis en su iniciativa.
No obstante, si Blackmun es tan sólo un ejemplo, quizá el paradigma de la indecisión judicial nos lo ofrece la figura de Charles Evans Whittaker. Nativo del estado de Kansas, tras cursar sus estudios de derecho ejerció la abogacía y ulteriormente fue nombrado juez de distrito, juez del Tribunal de Apelaciones del Octavo Circuito Judicial (el mismo en el que servía Blackmun) y en 1957 fue nominado como juez del Tribunal Supremo para cubrir la vacante que dejara la dimisión de Stanley Reed. Whittaker fue el primero en completar el cursus honorum judicial estadounidense al desempeñar sucesivamente los tres niveles o instancias del poder judicial federal: juez de distrito, juez del Tribunal de Apelaciones, juez del Tribunal Supremo. Mas una vez llegó a ocupar el último cargo, aparecieron los problemas. Su tendencia a infravalorarse, a considerarse no suficientemente apto para el cargo y, sobre todo, su incapacidad para tomar una decisión, lastraron sobremanera la marcha del órgano judicial e incluso llegaron a causar cierto malestar entre sus colegas. Se cuenta que incluso en un determinado asunto, su compañero el juez William O. Douglas (la contrafigura no sólo ideológica, sino personal de Whittacker debido a que era el juez que con más celeridad despachaba sus tareas) una vez redactó su propio voto particular disidente tuvo la gentileza de redactar de forma no acreditada la sentencia del caso cuya ponencia se había encargado a Whittacker. La gota que colmó el vaso llegó con el absoluto bloqueo personal que le llevó en la práctica a ser incapaz de tomar una decisión en el caso Baker v. Carr, ocasionando que  el chief justice Earl Warren tuviese que fijar una nueva vista para el asunto y solicitar amablemente a su colega que se apartase del caso alegando motivos de salud. Y es que, en efecto, a toda esta cadena de acontecimientos pasó factura a Whittaker, quien sufrió una crisis nerviosa que le llevó a renunciar a su cargo en marzo de 1962. El periódico Pittsburg Post-Gazette del 30 de marzo de 1962 se hacía eco de la noticia, incluyó el siguiente titular que no tiene desperdicio: “The jurist, who mounted the high bench five years ago this month, said he is exhausted.”
Nada daña más la imagen de la Justicia que un juez indeciso. Conviene, no obstante, efectuar una necesaria aclaración. Juez indeciso no es aquel que se toma un tiempo razonable para estudiar un asunto porque desee ofrecer una respuesta lo más ajustada y argumentada posible a una cuestión que considere compleja, sino aquel que da vueltas y vueltas sobre sí mismo, incapaz de tomar una decisión incluso ante asuntos que no se caracterizan por una excesiva complejidad o que, una vez tomada, en lugar de seguir adelante gira sobre si mismo cual peonza y continúa meditando sobre un caso que no es capaz de cerrar y que no considera del todo bien resuelto. Ello no sólo ofrece una penosa imagen, sino que lastra la marcha del órgano judicial, disminuyendo o paralizando la maquinaria de la Justicia. Esta figura del juez indeciso no es privativa de los Estados Unidos, sino que en nuestro propio suelo existen algunos ejemplos de esta curiosa variante de la magistratura. No es la primera vez que me encuentro con compañeros e incluso con empleados públicos vinculados a la Administración de Justicia que emplean precisamente la palabra “agonizar” aplicada al magistrado cada vez que tiene que redactar una sentencia. Y si algo precisa un juez a la hora de abordar la resolución de un caso, es decisión y firmeza.

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