LA PRIMERA DÉCADA DE JOHN G. ROBERTS JR. COMO CHIEF JUSTICE.

Official portrait of U.S. Supreme Court Chief Justice John G. Roberts.

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Hoy día 1 de octubre de 2015 se inicia en los Estados Unidos el ejercicio presupuestario anual. Esto puede sonar algo extraño a oídos de un jurista o un simple espectador del continente, sobre todo uno español, para quien “el ejercicio presupuestario coincidirá con el año natural”, según dispone el artículo 34.1 de la Ley Orgánica 47/2003 de 26 de noviembre, General Presupuestaria. Sin embargo, en los Estados Unidos desde 1976 el año fiscal se inicia el 1 de octubre y finaliza el 31 de septiembre del siguiente año; ello es así tras la aprobación el 12 de julio de 1974 de la An Act to establish a new congressional budget process; to establish Committees on the Budget in each House; to establish a Congressional Budget Office; to establish a procedure providing congressional control over the impoundment of funds by the executive branch; and for other purposes. Con anterioridad al año 1976 el ejercicio fiscal norteamericano se iniciaba el día 1 de julio y finalizaba el 30 de junio del año siguiente. Una curiosa peculiaridad que se añade al hecho de que en la otra orilla del Atlántico se desconoce la institución de la prórroga presupuestaria.

Pero a este inicio del año fiscal norteamericano se añadirá el próximo lunes día 5 de octubre el inicio del año judicial. El año judicial norteamericano se inicia el primer lunes del mes de octubre y finaliza el último día del mes de junio del año siguiente. Pues bien, el próximo día 5 de octubre de 2015 tendrá lugar una efeméride, cual es que el actual chief justice, John G. Roberts jr. cumplirá una década empuñando el timón del máximo órgano federal estadounidense. Conviene tener en cuenta que Roberts acaba de cumplir sesenta años el pasado mes de enero, lo cual, teniendo en cuenta que sus colegas Anthony Kennedy y Antonin Scalia se acercan a los ochenta años y aún gozan de plenas facultades físicas e intelectuales todo hace pensar que, salvo imponderables, el actual chief justice goza aún de buenas perspectivas para continuar en el cargo mucho tiempo. Y conviene retener otro dato revelador: mientras que Barack Obama es el cuadragésimo cuarto Presidente, Roberts es el decimoséptimo chief justice, es decir, que en la cúspide de la rama ejecutiva se han sucedido más del doble de mandatarios que los existentes al frente del “menos peligroso de los poderes”, según la célebre frase de Alexander Hamilton.

John G. Roberts estudió las carreras de historia y de derecho en la Universidad de Harvard, en ambas con honores, dándose además la circunstancia de que en esta última facultad ostentó el cargo de editor de la prestigiosa Revista de la Facultad de Derecho de Harvard (es curioso que de Obama se ensalce este dato y que de Roberts, que ocupó el mismo cargo apenas unos años antes que el presidente afroamericano, se silencie) Tras finalizar la carrera de derecho, William H. Rehnquist (entonces uno de los nueve jueces del Tribunal Supremo, dado que aún no había sido nombrado Presidente de la institución) lo escogió como law clerk durante el periodo 1980-1981, tras el cual sirvió durante cuatro años como asesor del Fiscal General. Ulteriormente se dedicó al ejercicio de la abogacía, donde destacó por su brillantez intelectual. Quienes le conocen destacan tanto su enorme cultura, brillantez y erudición como su exquisito trato personal y su carisma. Jeffrey Toobin destaca en su último libro The oath: The Obama White House and the Supreme Court que si por algo destacaba Roberts como abogado era por su prodigiosa memoria, hasta el punto que en los casi cuarenta asuntos que defendió ante el Tribunal Supremo, tenía tan memorizados los casos que llamaba la atención de los jueces al efectuar sus alegaciones orales sin consultar notas ni papeles. Y así, tras más de década y media de una brillante carrera legal, accede a la judicatura cuando George Bush lo escoge el mes de junio del año 2003 para el Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia, recibiendo el placet senatorial.

Cuando en junio del año 2005, tras once años sin producirse una sola vacante en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, Sandra Day O´Connor anunció su deseo de retirarse, el presidente Bush eligió a John Roberts para sustituirla. No obstante, el día 3 de septiembre de ese mismo año William Rehnquist fallecía tras llevar algo más de un año luchando contra un cáncer de tiroides. En un movimiento de última hora, Bush modificó la decisión y optó por proponer a Roberts como sucesor de Rehnquist. Hubo de someterse al examen del Comité Judicial del Senado, donde, entre otras cosas, se le preguntó por su postura acerca del aborto y del caso Roe (dada su doble condición de conservador y católico practicante), ante lo cual respondió: “Roe v. Wade is the settled law of the land. … There is nothing in my personal views that would prevent me from fully and faithfully applying that precedent, as well as Casey”. El Senado confirmó el nombramiento por una mayoría de 78 votos frente a 22, y el primer lunes del mes de octubre de 2005 inició su mandato como chief justice. Por cierto, una anécdota relativa al consentimiento senatorial en este caso. Cuenta Jeffrey Toobin (fuente nada sospechosa dada su cercanía a las posiciones liberales) que el entonces senador demócrata por Illinois, Barack Obama, había manifestado a sus allegados que consideraba acertada la elección de Roberts pues nada podía objetarse en cuanto a su brillantez intelectual y a su innegable cualificación profesional, e incluso llegó a adelantar que podría votar favorablemente al nombramiento; según parece, su voto final contrario se debió a motivos más políticos que técnicos, dado que sus asesores le aconsejaron el voto en contra por motivos puramente estéticos, dado que un apoyo de Obama a Roberts podría ser una mancha en su carrera hacia la presidencia. En todo caso, y pese al voto en contra, Obama no cuestionó nunca ni en público ni en privado la adecuación de su colega de Harvard para el puesto en el Tribunal Supremo.

Desde entonces, no han parado de llegar al Tribunal Supremo asuntos muy diversos y que afectan a todas las ramas jurídicas. Así, por ejemplo, los derechos de los homosexuales (United States v. Windsor y el recentísimo caso Obergefell v. Hodges), el derecho a portar armas (District of Columbia v. Heller y McDonald v. Chicago), financiación de las campañas electorales (Citizens United v. Federal Election Commission), la reforma sanitaria de Obama (National Federation of Independent Bussiness v. Sebelius, donde paradójicamente Roberts fue el voto decisivo al alinearse insólitamente con el ala liberal para salvar la constitucionalidad de la ley, si bien con una salvedad de carácter técnico irrelevante a efectos prácticos) o casos que afectan a los detenidos de Guantánamo (Boumediene v. Bush) así como las reclamaciones de los detenidos a consecuencia de lo que consideraban una detención ilegal (Al-Kidd v. Ashcroft). Queda por ver cuántos asuntos más deparará lo que en la historia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos se conoce ya como “The Roberts Court”.

No me resisto a dejarles un curioso documento a los lectores: una entrevista que hace seis años le hizo Bryan A. Garner (autor, junto con Antonin Scalia, del imprescindible libro Making your case: the art of persuade judges) y donde el chief justice expone la importancia de una correcta redacción en los escritos jurídicos. Todo abogado que se precie (y, dicho sea de paso, más de un juez) debería tomar nota de los consejos de Roberts.

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