DEFENSA DE LA EXPRESIÓN “DIARREA LEGISLATIVA”. RÉPLICA ANIMUS IOCANDI AL PROFESOR LEOPOLDO TOLIVAR

Diarrea

Ayer día 14 de octubre de 2015, en el magnífico Blog Es.publico, se publicaba un artículo titulado ¿Se precisa un defensor del opositor?, del que es autor Leopoldo Tolivar Alas. En dicho trabajo se analizaban las consecuencias de la actual vorágine legislativa, que el autor prefería calificar como “alud legislativo” debido a que, cito textualmente, “lo de diarrea que algún colega utiliza me parece excesivo e irrespetuoso con el Parlamento”. Pues bien, pese a que suscribo prácticamente la totalidad de las tesis y de las opiniones del profesor Tolivar, mi única discrepancia radica precisamente en la frase que acabo de transcribir.

Leopoldo Tolivar Alas es un prestigioso catedrático de Derecho administrativo, un magnífico docente y, sobre todo y por encima de todo, un auténtico caballero en el más amplio sentido de la palabra. He tenido la inmensa suerte de tenerlo como profesor en mi tercer año de carrera, en el que me impartió la segunda parte del Derecho administrativo (el primer año, por el contrario, tuve la desgracia de padecer a un in-docente, actualmente trasmutado en especialista en accidentes de circulación, del que algún día hablaré largo y tendido), y por ello puedo aseverar todo lo anteriormente dicho por experiencia propia. Y conste que, aunque mis posiciones ideológicas no coinciden precisamente con las del profesor Tolivar, ello no me impele a reconocer su erudición, su inmensa valía como docente y su excelente carácter y bonhomía. Quizá por esto último, por su caballerosidad innata, ha preferido orillar el término “diarrea legislativa” al considerarlo irrespetuoso. No obstante, y desde el respeto inmenso que me merece Leopoldo Tolivar como jurista y como persona, permítase a un exalumno y jurista dedicado profesionalmente al derecho público discrepar de su afirmación y realizar desde esta entrada, siempre animus iocandi, una defensa del término “diarrea legislativa”.

Partamos de las reglas generales de interpretación contenida en el artículo 3.1 del Código Civil, según el cual ésta se efectuará “según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas.”; precisemos que aunque el texto legal se refiere a la interpretación de normas, esos criterios pueden utilizarse igualmente a la hora de analizar cualquier tipo de expresión, oral o escrita. Pues bien, acudiendo al primero y fundamental de los criterios, es decir, el sentido propio de sus palabras, el Diccionario de la Real Academia Española contiene la siguiente definición del término diarrea: “Del lat. tardío diarrhoea, y este del gr. διάρροια diárroia. 1. f. Síntoma o fenómeno morboso que consiste en evacuaciones de vientre líquidas y frecuentes.” Evidentemente que ello, la expulsión humana o animal de heces fecales con dichas características, no ha de interpretarse en este caso en sentido literal (de la misma forma que cuando se dice a otra persona en un ataque de ira que “eres un mal nacido” no se está cuestionando su nacimiento lícito ni calificándole de “criatura abortiva”, término legal que hasta hace poco figuraba aún en el Código Civil), sino en sentido más que figurado en el que una evacuación se caracteriza por dos notas: liquidez y frecuencia. Delimitado, pues, el término diarrea en su sentido literal y figurado, conviene descender aún más y verificar si es apropiado hablar de “diarrea legislativa”, para lo cual es extremadamente útil acudir a la “realidad social del tiempo en el que ha de ser aplicada”.

Es un hecho público y notorio que el Boletín Oficial del Estado de los últimos años se caracteriza por un inmenso volumen de normativa, gran parte de ella de rango legal, que día sí y día también supone un auténtico terremoto para el ordenamiento jurídico. Si nos limitamos al periodo comprendido entre el mes de junio del presente año 2015 hasta el día de hoy, los textos legales publicados oficialmente son muchos y muy variados, y afectan de forma sustancial a todas las ramas, pues suponen modificaciones en el ordenamiento jurídico civil (reforma del Baremo), procesal civil (nueva ley de jurisdicción voluntaria y reforma de la Ley de Enjuiciamiento Civil), penal (reforma del Código Penal), procesal penal (modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal), y contencioso-administrativo (nuevas leyes de procedimiento administrativo y de régimen jurídico del sector público, de carreteras, del sector ferroviario). Creo que nadie en su sano juicio puede discutir que a la “evacuación” de textos normativos se le puede aplicar con creces el calificativo “frecuente”. Resta, pues, verificar si la emanación frecuente de textos legales es merecedora de ser calificada como “líquida”. Pues bien, creo, haciendo una interpretación sistemática, que entendido dicho término como “no sólido”, la actual proliferación de leyes y normas con rango de ley merece ser calificado como tal, pues en efecto, nada parece tan poco sólido hoy en día como un texto que aparece en el Boletín Oficial del Estado, que fluye rápidamente en estado líquido para ser diluido brevemente por el árido y extenso ordenamiento jurídico español que precisará de un nuevo “líquido” para sustituir al evaporado. Por tanto, el término “diarrea legislativa” entiendo que es absolutamente apropiado y es perfectamente lícito y oportuno.

Resta, pues, por analizar si el mismo es irrespetuoso. Entiendo que en modo alguno se está faltando al respeto a una persona si se dice que la misma tiene diarrea, de igual forma que tampoco se es poco respetuoso con una persona si se dice que la misma es “calva” o “alopécica”. Sí hubiera sido algo irreverente, que no irrespetuoso, utilizar una expresión que evocase en el receptor la imagen de expulsión de elementos en estado no líquido, sino gaseoso (por ejemplo, “flatulencia legislativa“). En todo caso, y aun admitiendo a efectos disgresivos que la expresión tuviese un cierto deje irónico-despectivo, habría que precisar que es el mismo Parlamento con su actividad y cotidiano quehacer quien se ha hecho acreedor, y con creces, a esa falta de reverencia, hecho al que contribuyen igualmente los padres de la patria con los vergonzosos espectáculos circenses que ofrecen.

Por todo lo anteriormente expuesto, entiendo que el término “diarrea legislativa” no sólo es apropiado, sino que en modo alguno es irrespetuoso, dicho sea todo ello en estrictos términos de defensa.

 

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de Monsieur de Villefort Publicado en Humor

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