NEGATIVA JUDICIAL A SUSPENDER CAUTELARMENTE SANCIONES ADMINISTRATIVAS. ENTRE “THE CHILDREN´S HOUR” Y “LA CALUNNIA E UN VENTICELLO”

Juez

La jurisprudencia contencioso-administrativa suele denegar la medida cautelar consistente en la suspensión de la ejecución de resoluciones sancionadores administrativas impugnadas en vía judicial. Los argumentos que utilizados para ello son fundamentalmente dos y complementarios: en primer lugar, la primacía del interés general representado por la Administración y en segundo lugar, que los perjuicios que pudiera causar la suspensión cautelar quedarían reparados por una eventual sentencia estimatoria. Así, por ejemplo, el Auto de 20 de julio de 2015 de la Sección Primera de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo dictado en recurso número 758/2015 niega la suspensión cautelar de la ejecución del Acuerdo adoptado por la Comisión Disciplinaria del Consejo General del Poder Judicial imponiendo una sanción de seis meses de suspensión de empleo y sueldo, y lo hace con el siguiente razonamiento: “El interés público al que se refiere el artículo 130.2 de la Ley reguladora, lejos de demandar la suspensión cautelar de la sanción, exige su cumplimiento, sin que ello suponga un daño ni para el servicio público ni para la consideración del recurrente- una eventual sentencia estimatoria anularía el acuerdo sancionador y todo lo que comporta-“. Dejo para otra ocasión el análisis del mito de que la Administración representa el interés general, que no es más que eso, un mito, por mucho que conste en las normas positivas por pura inercia (de igual forma que antaño constaba en la normativa que el monarca lo era por gracia de la Divinidad). Deseo concentrarme, más que nada, en el segundo razonamiento, es decir, que los perjuicios que de la ejecución del acto administrativo pudieran derivarse quedarían inmediatamente solventados por una Sentencia estimatoria, y así lo explica con algo más detalle el fundamento jurídico segundo del Auto de 20 de julio de 2015 de la Sección Primera de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo dictado en recurso número 751/2015, cuando motiva su rechazo a la concesión de la medida de la siguiente forma: “Tampoco se justifica la suspensión solicitada por la invocación de daños o perjuicios irreparables, que no se identifican de manera precisa, limitándose a la genérica expresión de la difícil situación económica en que se le coloca, por la privación del sueldo durante un año, sin que se aprecie la irreparabilidad de tal situación económica, pues en caso de obtener una sentencia favorable, el pronunciamiento anulatorio de la Sanción impuesta determina el consiguiente restablecimiento de la totalidad de sus derechos económicos y profesionales, lo que desvirtúa igualmente la alegación de pérdida de la finalidad legítima del recurso.” En definitiva, que la Sentencia final vendría a ser algo así como el bálsamo de Fierabrás, que cura todas las heridas y deja indemne a quien lo ingiere. Opino que el razonamiento esgrimido por la jurisprudencia contenciosa anteriormente citada es profundamente equivocado, y nunca, nunca una sentencia estimatoria podrá borrar el estigma de la ejecución de un acto administrativo de naturaleza sancionadora, pues en ocasiones ya basta le mera incoación para que se produzcan sus devastadores efectos en la esfera personal del afectado, que se agravan con la ejecución. No en vano uno de los grandes exponentes de la ilustración española, gijonés para más señas, que había desempeñado brillantemente el cargos de oidor de la Audiencia de Sevilla, exponía en una de sus primeras obras, dedicada para mayores señas a cuestionar abiertamente una determinada legislación, la siguiente reflexión puesta, además, en boca de un magistrado: “La nota que le impuso la opinión pública, ¿podrá borrarla una sentencia?.Me estoy refiriendo, claro está, a Gaspar Melchor de Jovellanos, y la obra en cuestión no es otra que El delincuente honrado, pudiendo el interesado encontrar la frase en cuestión al final del acto primero. Sin duda alguna, y dicho sea con todos los respetos, la doctrina esgrimida por el más alto tribunal de Justicia de nuestro país más puede ser útil para quien la emite, y quizá pueda servir, en efecto, como bálsamo para aliviar la conciencia de quien la esgrime; pero al interesado, a quien ha visto como la Administración ha movido toda la poderosa maquinaria con la aquiescencia plena del Poder Judicial sin duda alguna no compartirá tales razonamientos  al ver que los perniciosos efectos de la actuación administrativa ya se habrán desplegado, afectando tanto a su esfera pública como privada.

Todo lo anterior vino a mi memoria ayer mientras veía una pequeña obra maestra del séptimo arte, una deliciosa obrita titulada La calumnia (cuyo título original es The children´s hour) dirigida en 1961 por William Wyler e interpretada por Audrey Hepburn, Shirley McLaine y James Garner. El argumento es bien sencillo. Dos profesoras que regentan una escuela/internado sufren en sus propias carnes los devastadores efectos de una acusación lanzada por una de las alumnas, quien confiesa a su abuela que las docentes mantenían una relación amorosa entre ellas. La acusación era absolutamente falsa, lo que se acentuaba aún más por el carácter de la niña, mentirosa compulsiva y rebelde hasta la médula que lo único que pretendía con ello era que la sacaran del enclaustramiento debido, fundamentalmente, a los frecuentes castigos que le imponían por sus continuas mentiras y quebrantamiento de las reglas. El efecto de la acusación es inmediato y se extiende no sólo a la vida profesional, sino a la personal de las acusadas: todos los padres retiran a sus hijos del colegio e incluso una de las docentes, que se encontraba prometida y a punto de contraer matrimonio con un médico (primo de la menor que había lanzado la acusación, para más señas), se ve obligada a romper el proyectado enlace para no comprometer la carrera profesional de su novio, a quien el jefe del hospital le había amenazado con el despido si no se apartaba de las dos maestras. Cuando al final se revela que todo había sido una invención, ya era demasiado tarde, e incluso aunque la abuela de quien inició todo el escándalo indicó que no sólo publicaría la falsedad de la acusación, sino que abonaría gustosa los daños y perjuicios que las denunciadas indicaran, ni la publicación ni el dinero podían erradicar la profunda exclusión social a que se había sometido a las maestras. Lo curioso es que, aunque la acusación era falsa, una de ellas sí que tenía sentimientos amorosos por la otra, pero siempre habían estado larvados y nunca se habían proyectado hacia el exterior ni de obra ni de palabra, pero fue incapaz de hacer frente a la presión social y se ahorcó en su cuarto. La imagen final, con el personaje de Audrey Hepburn pasando orgullosa con la cabeza bien alta entre todos los que habían creído a pies juntillas en una acusación falsa, vale por todo un tratado. En este caso, la “sentencia” no borra con su mero dictado los efectos de la calumnia. La película en cuestión se basa en una obra de teatro del mismo título, The children´s hour, que había dado ya lugar a una versión cinematográfica dirigida por el mismo Wyler en el año 1936, en este caso con el título These three, y que contaba con las interpretaciones de Merle Oberon, Joel McCrea y Miriam Hopkins (esta última tendría a su vez un papel secundario en la versión de 1961)

Sin duda alguna, cualquier juez o magistrado que lea lo anterior se apresurará a indicar que no se trata más que de una mera obra de ficción. Pues bien, me apresuro a contestarles que en modo alguno se trata de ficción, puesto que se basó en un hecho real que acaeció en un pequeño pueblo escocés en el año 1810. Jane Cumming, una niña mestiza cuya abuela era una de las fuerzas vivas de la localidad, acusó a las dos dueñas de la escuela (Jane Pirie y Mariane Woods) de mantener una relación incestuosa, lo que ocasionó una vez que la acusación salta a la luz pública que los progenitores de las niñas las retirasen de dicha escuela que, por tanto, quedó vacía. Las dos jóvenes maestras llevaron el asunto a los tribunales. En primera instancia, y por una muy reñida votación, salieron derrotadas, pues de siete magistrados, tres argumentaron que sin duda alguna las jóvenes demandantes no eran sino víctimas inocentes de un rumor falso, pero otros cuatro fallaron en su contra con el potísimo argumento “era inconcebible que una niña de tan corta edad se inventase esas historias.” (argumento que sin duda alguna haría las delicias de la actual Administración en cuanto a la presunción de veracidad). Lo cierto es que ambas denunciantes apelaron y lograron una victoria, dado que la sentencia de instancia fue revocada. La abuela de la niña que lanzó la acusación apeló al máximo órgano judicial de Gran Bretaña (que por entonces era la Cámara de los Lores) pero infructuosamente. Las maestras lograron demostrar que todo era una mentira, una calumnia. Pero, esa sentencia ¿restableció la totalidad de sus “derechos económicos y profesionales”? En modo alguno. La vida de Jane Pirie y Marianne Woods quedó arruinada por esa calumnia declarada como tal por los Tribunales.

Otro ejemplo más, este algo menos dramático. En la celebérrima y divertidísima obra Il barbiere di Siviglia, cuando el doctor Bartolo trata de impedir los amores de su pupila Rosina y el conde Almaviva, recibe un peculiar consejo de otro personaje, don Basilio, y ese consejo no es otro que el tutor legal de Rosina acuda al método tradicional para acabar con una persona: la calumnia. En una de las más célebres a la vez que ilustrativas arias de la lírica italiana, don Basilio indica que La calunnia è un venticello, que se inicia como una ligera brisa para acabar como el bramido de un cañon ante el cual E il meschino calunniato/avvilito, calpestato,/sotto il pubblico flagello/per gran sorte ha crepar” (“Y el infeliz calumniado/envilecido, aplastado/bajo el azote público podrá/considerarse afortunado si muere”). La pieza tiene, además, una curiosa ejecución: el ritmo y la intensidad vocal se van incrementando proporcionalmente a la forma en que según la letra se van extendiendo los efectos de la calumnia. Aquí ofrezco una magnífica interpretación de esta célebre pieza interpretada por el gran Ruggero Raimondi en todo su esplendor.

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