EL TESTAMENTO OLÓGRAFO. REFLEXIONES A PARTIR DE UNA NOVELA DE JOHN GRISHAM

Testamento ológrafo

Hace un par de días, quien esto suscribe finalizaba la lectura de la penúltima novela de John Grisham traducida al español, la que lleva por título La herencia, una penosísima traducción del original Sycamore Row (algo así como La hilera de los sicomoros), si bien diremos en honor al traductor español que ha sabido asumir una denominación mucho más acorde con el fondo real de la novela, que viene a ser una especie de continuación de Tiempo de matar, la primera novela escrita por el hoy indiscutible autor de best sellers jurídicos. El universo literario de John Grisham tiene una serie de constantes que asoman en casi todas sus novelas, cuales son una enorme predilección geográfica por localizaciones en el profundo sur, el rechazo total y absoluto de la pena de muerte, una cierta desafección por los grandes bufetes en pro de la reivindicación del pequeño abogado y una visión realista del Derecho que proviene sin duda alguna de las experiencias vividas por el autor en su etapa de ejercicio de la abogacía.

La herencia se ubica cronológicamente tres años después de los acontecimientos narrados en Tiempo de matar, es decir, a finales de la década de los ochenta del siglo XX y parte de un hecho luctuoso: Seth Hubbard, un hombre de setenta y un años que padece un cáncer de pulmón en fase terminal decide poner fin a su vida ahorcándose en un sicomoro (de ahí el título original, que adquiere relevancia si tenemos en cuenta que en el lugar concreto se habían producido unos hechos en 1930 que adquieren una importancia vital en el desenlace) ubicado en el condado de Clanton. Un par de días antes de morir el finado redactó un testamento ológrafo en el que deshereda a sus hijos y nietos, dejando el noventa por ciento de sus bienes a la asistenta de color que le atendió en sus últimos años (el diez por ciento restante lo reparte a partes iguales entre su hermano menor –desaparecido y del que no se había vuelto a saber- y una confesión religiosa), encargando al joven abogado Jake Brigance que lleve a puro y debido efecto las previsiones testamentarias y encargándole la defensa de las mismas en caso de impugnación judicial. Porque, en efecto, ese testamento ológrafo revoca otro anterior redactado por un poderoso bufete de abogados en virtud del cual los herederos del difunto Hubbard eran sus hijos que, lógicamente, no están dispuestos a tolerar que se les prive de una herencia millonaria, porque, en efecto, la masa hereditaria del difunto ascendía a veinticuatro millones de dólares. El grueso, pues, de la novela se centra en el proceso judicial tendente a protocolizar el testamento, y donde se plantea como única cuestión a debatir si el testador estaba en pleno uso de sus facultades al redactar su última voluntad, dado que nadie ponía en duda que la letra era, en efecto, del finado. No es la primera ocasión en que Grisham centra una de sus obras en un testamento ológrafo (su anterior novela El testamento parte igualmente de un documento manuscrito elaborado por el testador) pero sí que a diferencia de la anterior pone el acento en el proceso entablado para la adveración del mismo así como en la impugnación de los herederos preteridos por la última voluntad del causante, hecho éste que no existía en la anterior novela.

Al público español sin duda alguna le sonará extraño tal proceder, es decir, que una persona pueda disponer libremente de sus bienes sin cortapisa alguna, pero es posible. Le sonará, sin duda alguna, mucho más familiar la figura del testamento ológrafo. Recapitulemos. Según el artículo 676 del Código Civil, dentro de los testamentos comunes se encuentra el ológrafo, que no es otro que el escrito personalmente por el testador con unos requisitos específicos, cuales son que ha de ser manuscrito y firmado por aquél, con expresión del lugar, fecha y firma en que se redacta (artículos 678 y 688 del Código Civil). En este sentido, es ilustrativa la Sentencia 1302/2006 de 19 de diciembre de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo dictada en recurso número 619/2000, que da validez como testamento ológrafo al escrito en el reverso de una tarjera de visita donde, con un envidiable e inusual sentido del humor, el testador había transcrito lo siguiente: “16-02-94.- Sannois-95110; 97 Rue Lte Keiser; Tlf. Mr. Albert Richard (KIKO) -07-33139714 115. Querido Pedro: Dado el adverso y persistente clima, que para mi lesión cardíaca domina en España, me vine a París sin conseguir salir de la gran borrasca. En espera que esto lo podamos comentar con una gran dosis de humor, te anticipo, y disculpa la faena, mi deseo de sustituir el nombre de Irene, por el de Pedro, único testamento notarial – Araceli y R (sigue una firma) con la confianza de que des un aire alegre a eso que Don F. de Q. y V. llama «Poderoso Caballero D…». Las llaves del estratégico pisito, las tiene Estela (Faremec.) quien ha tenido a bien custodiar, a quién agradecerás, y te / me pondrás a su entera disposición.- Recuerdos y un abrazo (sigue una firma)«; aunque el Juzgado de Primera Instancia número 43 de Madrid había protocolizado el testamento, la Sección Decimooctava de la Audiencia Provincial había anulado la sentencia, pero el Tribunal Supremo enmienda la plana a ésta y restituye en plenitud la solución del Juzgado, pues como indica en su fundamento jurídico segundo: “En la tarjeta de visita se utiliza la expresión «mi deseo de sustituir», y, según el Diccionario de la Lengua Española, el vocablo «desear» significa «aspirar con vehemencia al conocimiento, posesión o disfrute de una cosa» o «anhelar que acontezca o deje de acontecer un suceso», y la palabra «deseo» expresa el «movimiento enérgico de la voluntad hacia el conocimiento, posesión o disfrute de una cosa»; para el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, «desear» es «tender con el pensamiento al logro o realización de algo que proporcionaría alegría o pondría fin a un padecimiento o malestar», y «deseo» entre otras acepciones, quiere decir «intención» o «interés»; lo que representa una actitud similar a «voluntad», de la que es sinónima y, en la práctica, es utilizada a veces, en este sentido, en testamentos notariales. Además, la circunstancia de que don Marco Antonio no acudiera a la notaría para otorgar nuevo testamento con la nominación del actor como heredero, configurada como trascendental para la sentencia de apelación desde el regreso de aquél a Madrid, no era precisa en este caso, en virtud de que el negocio jurídico formal determinado en la tarjeta de visita se había canalizado de acuerdo con las normas prescritas en el Código Civil para el testamento ológrafo (artículo 688 del Código Civil) y el testador no tenía que validar su voluntad mediante otro testamento notarial.”

En cuanto a su protocolización del testamento ológrafo, la situación ha variado notablemente. Hasta mediados del presente año 2015 ello debía verificarse en un juzgado de primera instancia, bien mediante un acto de jurisdicción voluntaria o bien mediante el procedimiento declarativo correspondiente, pues en este aspecto, como indica el fundamento jurídico tercero de la recentísima Sentencia 337/2015 de 16 de julio de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo dictada en recurso número 2651/2013: “Este artículo [se refiere al 691 del Código Civil, aunque por error la sentencia habla de la Ley de Enjuiciamiento Civil] prevé la adveración por el juez de primera instancia del testamento ológrafo, como acto de jurisdicción voluntaria como dice la sentencia de la Audiencia Provincial pero no impide, todo lo contrario, que se declare su autenticidad por medio de juicio declarativo ordinario.” No obstante, la Disposición Final Primera apartados 57 a 61 de la Ley 15/2015 de 2 de julio, de la Jurisdicción Voluntaria, modifican la redacción de los artículos 689 a 693 del Código Civil atribuyendo la protocolización de los testamentos ológrafos a los notarios; en concordancia con ello la Disposición Final Undécima de la meritada Ley 15/2015 introduce en la Ley de 28 de mayo de 1862, del Notariado, un nuevo Título VII (“Intervención de los Notarios en expedientes y actas especiales”) cuyo Capítulo Tercero Sección Tercera lleva por rúbrica “De la presentación, adveración, apertura y protocolización de los testamentos ológrafos.” Una materia más, por tanto, en la que se alivia la carga judicial para depositarla en las oficinas notariales. Que, por cierto, supongo que se preguntarán cómo es posible que se haya aprobado un texto refundido del Estatuto Básico de la Función Pública (cuya ley original databa de 2007) y no se efectúe la misma operación respecto a la Ley del Notariado, que data de 1862. Y cuyas modificaciones son, por tanto, incontables.

No quisiera finalizar este post sin hacer un breve apunte sobre el derecho estadounidense, y más concretamente en lo que afecta al estado de Mississippi, que es donde se ubica geográficamente la novela de Grisham. En la actualidad, la regulación jurídica de las sucesiones testadas en el Estado de Mississippi se contienen en el Mississippi Code Title 91: Trusts & Estates, Chapter 5: Wills & Testaments. Pese a su antigüedad, el lector interesado puede echar un vistazo al caso Wilson v. Polite (218 So. 2d 843 [1969]) caso resuelto el 3 de febrero de 1969 por el Tribunal Supremo del Estado de Mississippi y que se refiere a la protocolización del testamento ológrafo de Clara Thompson (Wilson es el apellido del albacea testamentario de la finada). La sentencia establece que “ninguna persona tiene un derecho constitucional inherente a disponer testamentariamente de su propiedad, dado que es un privilegio que el Estado otorga a los ciudadanos” motivo por el cual la voluntad testamentaria ha de adecuarse a las disposiciones legales vigentes. Disposiciones que además, tienen como objetivo fundamental proteger la voluntad del testador, pues “El propósito de las normas que imponen formalidades para la elaboración de los testamentos no radica en limitar las potestades de disposición del testador sobre sus bienes, sino proteger la misma frente a errores, imposiciones, influencias indebidas, fraudes o similares que desvíen la propiedad del testador de sus intenciones. Las formalidades, por tanto, protegen tanto al testador como a los beneficiarios.” En el caso del testamento ológrafo (holographic will) ha de estar redactado de forma manuscrita por una persona con capacidad para testar, y “ha de ser un documento completo y formal, aunque no se necesita una precisión absoluta, y todo lo que se requiere es una prueba clara de que el documento en cuestión se ha elaborado de conformidad con las previsiones legales”.

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