SOBRE BOFETONES A HIJOS Y SUS CONSECUENCIAS PENALES.

Bofetada

Creo sinceramente que la sociedad camina cada vez más hacia su autodestrucción, y lo hace tolerando comportamientos intolerables mientras se rasga las vestiduras por hechos que son de una relevancia ínfima pero que chocan con el dogma de la “corrección política” criterio éste que ha pasado a ser tanto el canon de validez como la excusa fácil para esgrimirlo tanto a efectos punitivos como eximentes. Viene lo anterior a cuento una noticia que muestra cómo desde el Ministerio Fiscal y el Poder Judicial se está contribuyendo a crear en el seno de las familias auténticas bombas de relojería que en cualquier instante pueden hacer explosión. Porque si bien se ha eliminado la posibilidad de corregir disciplinariamente a los menores mediante el clásico bofetón, por el contrario los tiernos infantes han visto ampliados sus derechos hasta el punto de que basta el más mínimo atisbo de reprensión para que el menor haga valer sus derechos ante los Tribunales acusando a sus progenitores.

La primera de las noticias la constituye la Sentencia 666/2015 de 8 de noviembre de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo dictada en recurso número 743/2015, y que se ha hecho acreedora por méritos propios al premio Pescozón del año que instaurará este blog. Por cierto, animus iocandi lo primero que llama la atención es el número de la sentencia, prueba fehaciente de que estamos ante la auténtica Bestia del mundo jurídico, pues tales dígitos han traído a mi memoria de forma inmediata la cita del Apocalipsis 13:18: “El que tiene entendimiento, que calcule el número de la bestia, porque el número es el de un hombre, y su número es seiscientos sesenta y seis.” Pues bien, tal resolución judicial anula la sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona (que había absuelto al denunciado de las acusaciones de abuso sexual y maltrato familiar) y condena al acusado, como autor del último de los delitos, a 28 días de trabajos en beneficio de la comunidad y penas accesorias. Si uno ve los hechos declarados probados, podrá comprobar que el acusado (casado desde el año 2009 y que convivía junto con su esposa y una hija de ésta fruto de un matrimonio anterior) incurrió en el siguiente comportamiento que, sin duda alguna, de estar en la época clásica de Roma hubiera provocado una fulminante damnatio memoriae: “El 21 de febrero de 2013 en el domicilio familiar el procesado, enfadado con la menor por haberse ausentado ésta de la vivienda durante tres días, sin su consentimiento ni el de su madre, tuvo una discusión con la menor y le dió una bofetada.” Pues bien, la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo casa la sentencia de la Audiencia Provincial y dicta, en su lugar, una condenatoria. La resolución judicial, de la que es imponente el inefable Cándido Conde-Pumpido Tourón, hace el siguiente razonamiento, curiosísimo desde todos los puntos de vista: “En efecto el acusado dio una bofetada a la menor, hija de su esposa e integrada en su núcleo de convivencia familiar, ejerciendo sobre ella violencia física, aun cuando no llegase a ocasionarle lesión. No se encontraba en el ejercicio de la patria potestad, dado que ésta le correspondía a su esposa, por lo que no puede ampararse en el derecho de corrección.”; y decimos que tal argumentario es curiosísimo por cuanto en el siguiente párrafo se reconoce que: “Es cierto que los hechos probados ponen de relieve que el acusado y la menor mantenían una relación afectiva similar a la paterno filial y que el acusado participaba activamente en la educación de la menor, siendo la bofetada la respuesta a una grave desobediencia de la menor, que se ausentó del domicilio familiar durante tres días sin el consentimiento de su madre.” En definitiva, que la Sala viene a decir que el acusado tiene una relación afectiva similar a la paterna, que asume funciones educativas como si fuera el verdadero progenitor y que la bofetada respondía a una desobediencia grave; pero hay que condenar, y para ello hay que sacarse de la manga el tecnicismo de rigor. Parece ser que, en el ámbito de la legalidad penal el señor Conde Pumpido y sus colegas de sala dejan muy atrás el razonamiento de Groucho Marx, cuando decía: “Viste como Morgan, usa el sombrero de Morgan y tiene la voz de Morgan. Me pregunto quien será”. Para la Sala, parece ser que estaría clarísimo que jurídicamente hablando la persona a quien se refería Groucho no estaría claro que fuese Morgan. Con todo, lo realmente digno de mención es el sorprendente razonamiento final de la Sala, que no puede causar sino un estupor rayano en la incredulidad cuando descalifica un simple bofetón sin daño alguno de la siguiente forma: “un acto de violencia física del padrastro sobre una joven de 13 años, que convive en su domicilio, como hija de su esposa, y que se encuentra bajo su protección, integra un comportamiento de maltrato doméstico que consolida un patrón de dominación violenta y de afectación a la integridad y dignidad de la menor, que excede de la conducta que en la época actual podemos considerar socialmente adecuada.”

Es a todas luces evidente y es un hecho público y notorio que si un progenitor carece de medios para corregir disciplinariamente a sus hijos éstos campearán a sus anchas y serán un foco de molestia a propios y extraños, más bien a extraños que a propios. Ojo! No se está diciendo ni es intención del redactor de estas líneas indicar que ha de otorgarse impunidad absoluta a los padres que abusan de tal derecho. Pero un bofetón, un cachete, un pescozón en un momento concreto no sólo no es perjudicial sino que en ocasiones es mucho más efectivo que el bálsamo de Fierabrás y ayuda bastante a comprender que algo se está haciendo mal y que debe rectificarse. Es cierto que el dogma de la “corrección política” ha propiciado que en la actualidad la “disciplina” se ejerza a través de mamandurrias y memeces tan poco efectivas como desterrar al querubín al “rincón de pensar” (sic) o se limite el castigo a una simple “reflexión”. Pues bien, quiero indicar a los lectores que mi padre (desgraciadamente fallecido hace un par de meses) únicamente en una ocasión me puso la mano encima, y tras esa simple ocasión en que ejerció las facultades paternas de corrección disciplinaria en forma de dos sonoros cachetes que lo único que ocasionaron a este humilde letrado fue un momentáneo bochorno y un calentón de mejillas, no le hizo falta volver a hacerlo, pues bastaba con una de sus miradas para hacernos saber tanto a mí como a mi hermana que algo estábamos haciendo mal; y mi madre más de una vez estampó sus manos contra los glúteos de sus dos hijos sin que ninguno de los dos tenga ningún tipo de trauma. Es claro y evidente que tanto mi madre como mi padre nos querían con locura, y no dejaban de hacerlo cuando (más la primera que el segundo) debía hacer uso de la corrección en forma de cachete, ñalguetada o pescozón, y no por ello mi hermana ni yo dejamos de profesar un enorme cariño y respeto por nuestros progenitores.

Por ello, me afirmo y ratifico en lo dicho con anterioridad en esta misma bitácora: que es el integrante del Ministerio Fiscal que sostuvo la acusación en este caso quien merecería una sonora bofetada, y un par todos y cada uno de los integrantes de la Sala del Tribunal Supremo que han dictado esta sentencia. No obstante, nos conformamos con otorgar ex aequo tanto al Ministerio Público como a la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo el primer premio Pescozón 2015 por sus innegables méritos a la hora de contribuir al desarrollo de la educación infantil.

En fin, para finalizar con una nota de humor, nada más sano y saludable que una viñeta del gran Francisco Ibáñez (que forma parte del álbum Los sobrinetes) en la que expone con su envidiable sentido del humor cómo se iniciaron los estudios sociológicos y empíricos en lo relativo al trato que habría de darse a los menores.

Los sobrinetes

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Un comentario el “SOBRE BOFETONES A HIJOS Y SUS CONSECUENCIAS PENALES.

  1. Yo no pienso insultar ni menospreciar, como se hace con los que no usamos la violencia para educar a nuestros hijos, sino apuntar la reflexión de que si se juzgaran los hechos que relata el autor entre él mismo y su padre desde la perspectiva de que ambos fueran simplemente personas, creo que se vería claro por todo el mundo que fue un comportamiento que entra en los tipos penales.

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