EARL WARREN: REFLEXIONES SOBRE UN RECIENTE ESTUDIO BIOGRÁFICO DE PAUL MOKE.

Earl Warren

La aparición en el mercado editorial estadounidense del libro Earl Warren and the struggle for Justice (Earl Warren y la lucha por la Justicia) del que es autor Paul Moke, ha motivado que los responsables del Supreme Court of the United States Blog, bitácora no oficial que analiza el quehacer cotidiano de la actividad del mas alto órgano judicial de la federación norteamericana, hayan realizado una entrevista al autor del indicado estudio biográfico dedicado a quien ha sido, sin duda alguna, uno de los más conocidos, relevantes así como (a partes iguales) reverenciado y vituperado chief justice. En su día el maestro de administrativistas, Bernard Schwartz le había dedicado un estudio monográfico con el relevante título de Superchief, donde quedaba ya patente desde el título la visión claramente favorable al biografiado. Sin embargo, Paul Moke trata de marcar distancias entre su estudio y los que le precedieron (entre los que se cita expresamente a Schwartz): en esta ocasión nos encontramos ante un trabajo que pretende aproximarse a la figura de Warren desde el punto de vista no del derecho, sino de la ciencia política (aunque el autor acaba reconociendo que más que ciencia política el trabajo se acabó deslizando por la pendiente de la historia política), cuando manifiesta la diferencia de su enfoque respecto a las aproximaciones anteriores debidas a juristas: “Muchos profesores de Derecho ponen el énfasis en el método del caso y en la lógica (o falta de lógica) interna de las sentencias. Mi trabajo como científico de la política incluye estos métodos, pero tiendo a centrarme más en la historia del Tribunal Supremo, en su dinámica institucional y humana así como en su contexto social, temas que encajan bien dentro del marco de la biografía judicial. Irónicamente, dentro de la disciplina de la ciencia política, parece que las biografías judiciales han caído en una especie de disfavor, y los estudiosos tienden a enfatizar el análisis empírico o el comportamiento político. Por tanto, mi trabajo sobre Warren puede quizá ser considerado mejor como una forma de historia política más que un trabajo de ciencia política propiamente dicho.”

El derecho público norteamericano debe mucho a Earl Warren, y es de justicia reconocerlo. Nombrado a instancias del presidente republicano Dwigt Eisenhower, Earl Warren se estrenó como chief justice con uno de esos casos que marca para siempre la biografía individual de un juez y la colectiva de un Tribunal: Brown v. Board of Education of Topeka, donde se declara inconstitucional la segregación racial en las escuelas, revocando expresamente la doctrina “separados pero iguales” entronizada por el caso Plessy v. Fergusson. Pero son cientos los casos que durante los casi tres lustros en que la figura de Warren presidió el alto tribunal sirvieron para dar un giro radical al derecho público norteamericano tratando de reconciliar la necesaria autoridad con los derechos civiles: así, casos como Miranda v. Arizona (que se ha hecho popularísima a través de películas y series de televisión, donde a toda persona detenida se le informa de los “derechos miranda”), Baker v. Carr (relativo a los distritos electorales), Jacobellis v Ohio (sobre la libertad de expresión, en este caso de exhibición de un film pornográfico –caso que es conocido por la celebérrima afirmación del juez Potter Stewart en su voto particular diciendo que, aunque no podía definir lo que era la pornografía “sé lo que es cuando lo veo, y esto no lo es”-) o Griswold v. Connecticut (donde se declaraba contrario a la constitución la tipificación penal del uso de anticonceptivos). En definitiva, que se trató de una época de intenso “activismo judicial” que mutó la faz del Derecho en casi todas sus ramas y que fue por ello objeto de las alabanzas más intensas y de los vituperios más sonoros, ocasionando varias reacciones que, desde perspectivas tanto políticas como jurídicas, propugnaron una “rectificación” de la jurisprudencia recaída en estos años, hasta el punto de que en la campaña presidencial de 1968 Richard Nixon dedicó parte de su programa precisamente a este tema.

Con todo, a mi juicio Paul Moke incurre en un pequeño defecto, consistente en tratar de disculpar o justificar varias actuaciones de Warren que no tienen un pase, y además trata de hacerlo basándose precisamente en motivos de “seguridad nacional”. El primer caso, que tuvo lugar durante los años 1942 a 1945, cuando Earl Warren era nada menos que Attorney General del Estado de California, es el internamiento de la población japonesa en campos de concentración, práctica a la que Warren no sólo no se opuso, sino que contribuyó de forma entusiasta a ejecutar, aunque en su honor diremos que fue avalada ulteriormente por el propio Tribunal Supremo de los Estados Unidos en el caso Korematsu v. United States. Moke justifica así esta práctica: “Tras el ataque sobre Pearl Harbor, cuando las fuerzas navales encargadas de la protección de la costa oeste eran escasas, Warren consideró que existía una amenaza a la seguridad nacional que le llevó a justificar la política de internamiento”. Ha de incidirse en que su apoyo a estas medidas lo invocó expresamente en su exitosa campaña para ser elegido gobernador del Estado, cargo que ocupó durante los diez años que transcurren entre 1943 y 1953. El segundo de los puntos negros del personaje tiene lugar dos décadas después cuando consintió en presidir la tristemente célebre Comisión que lleva su nombre y que fue encargada de investigar el asesinato del presidente John F. Kennedy. Los argumentos que invoca Moke para defender a Earl Warren son ciertamente insólitos: “La imperatividad de la seguridad pública en el sistema de valores de Earl Warren reapareció en 1964, cuando decidió unilateralmente que los miembros y el personal de la Comisión Warren no examinasen los expedientes que el FBI tenía sobre Lee Harvey Oswald así como que las evidencias forenses de la autopsia de Kennedy no se hiciesen públicas. En el contexto de la Guerra Fría y una crisis dentro de la Casa Blanca, Warren de nuevo otorgó deferencia a los agentes encargados de la seguridad nacional.” No lo entiendo: la persona que en sus sentencias abogaba por la libertad de la información, que constreñía la actuación de las fuerzas del orden ¿justifica la censura de la información relativa nada menos que al asesinato de un presidente? ¿A qué viene invocar el contexto de la guerra fría y la seguridad nacional, a menos que Warren estuviese convencido de que el magnicidio de Dallas no fue obra de un tirador solitario, sino que había mucho más detrás y, pese a ello, considerase que la sociedad norteamericana “no estaba preparada” para conocer la verdad? Extraño paternalismo y secretismo que revela que Earl Warren, como el dios Jano, era un hombre de dos caras.

Earl Warren no era, ni con mucho, el mejor de los nueve jueces del Tribunal Supremo en la época en que lo presidió, dado que tenían mucha más altura (tanto jurídica como moral) sus colegas Hugo L Black, William Brennan o Felix Frankfurter. Pero supo aunar a sus ocho colegas e impulsarlos a caminar en una única dirección y que las diferencias internas que existieron en el seno del “Tribunal Warren” no impidiesen culminar la que Warren consideraba “su” misión como juez. Aunque (esta es una reflexión personal y una mera opinión, no un aserto) estoy convencido de que en sus decisiones influyó en alguna medida el resentimiento contra el Partido Republicano por no haberlo elegido candidato a la presidencia. En efecto, Earl Warren (esto muy pocos lo saben) concurrió a las elecciones presidenciales de 1948 como candidato a la vicepresidencia, y en 1952 fue uno de los nombres que más sonaron para encabezar la lista del Partido Republicano para llegar a la Casa Blanca, pero hubo de enfrentarse a una poderosa facción interna del partido liderada por Richard Nixon, quien optó por proponer al general Dwigt Eisenhower. Quizá esa fue una espina clavada en el corazón de Warren que su promoción al cargo de chief justice no logró del todo extraer. Y es que a Warren (una persona bastante encantada de conocerse, todo hay que decirlo) no debió sentarle nada bien que dos personas a quienes juzgaba muy inferiores a él ocupasen la Presidencia de la nación más poderosa del orbe.

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