ANÁLISIS PERSONAL DE LOS RESULTADOS ELECTORALES DE AYER DÍA 20 DE DICIEMBRE DE 2015

Votación

Corría el año 1966 cuando el entonces Príncipe Juan Carlos (aún no había sido designado por Francisco Franco, entonces Jefe del Estado, sucesor a título de Rey) mantiene una reunión con varias personas relevantes con el objeto de plantearse hacia dónde avanzará España una vez que fallezca el Generalísimo. Todos, desde el príncipe hasta el último comensal, coinciden en que no existe otra alternativa que un régimen democrático, pero de igual forma existe una coincidencia prácticamente total en lo que respecta a la preocupación por la existencia de un gran número de formaciones que dificulten la formación de gobiernos estables; es entonces cuando se pone sobre el tapete la solución a adoptar: una legislación electoral que favorezca de facto un sistema bipartidista similar al existente en Alemania o en Gran Bretaña, donde la lucha política se limite en la realidad a un enfrentamiento entre un partido democristiano y otro socialdemócrata. Alguien cuya identidad se desconoce pero que evidentemente había de ser uno de los comensales se fue de la lengua, porque un informe sobre la identidad de los asistentes y sobre los temas que se abordaron llegó a manos del Jefe del Estado quien, pese a todo, no descartó a Juan Carlos de Borbón como sucesor. El documento filtrado al Generalísimo obra en los archivos de la Fundación Nacional Francisco Franco, y fue transcrito hace casi veinte años por el periodista Jesús Palacios en su obra Los papeles secretos de Franco, publicado en el año 1996 por la editorial Temas de Hoy.

Lo acordado en aquélla reunión se llevó, en efecto, a cabo. Previamente a la celebración de las primeras elecciones democráticas se aprobó el Real Decreto-ley 20/1977, de 18 de marzo, sobre normas electorales, que establece las líneas maestras del sistema (voto personal en el Senado, sistema proporcional D´Hont en listas cerradas y bloqueadas al Congreso de los Diputados). Ese sistema permanece en vigor, puesto que las líneas maestras las hereda la vigente Ley Orgánica 5/1985 de 19 de junio, de Régimen Electoral General, que en la propia Exposición de Motivos reconoce esa continuidad en los principios básicos de la normativa electoral cuando indica que: “Todo este orden de cuestiones requiere, en primer término, aprobar la normativa que sustituya al vigente Real Decreto-ley de 1977, que ha cubierto adecuadamente una primera etapa de la transición democrática de nuestro país. No obstante, esta sustitución no es en modo alguno radical, debido a que el propio texto constitucional acogió los elementos esenciales del sistema electoral contenidos en el Real Decreto-ley.” Lo relevante es que desde 1977 se cumplieron los objetivos fijados en aquélla reunión de 1966, pues pese a que en los años iniciales de la Transición política surgieron innumerables formaciones políticas que dieron lugar a la popularmente conocida como “sopa de letras”, en la práctica únicamente la Unión de Centro Democrático y el Partido Socialista Obrero Español despuntaron como formaciones políticas con serias aspiraciones de Gobierno, pues tanto Alianza Popular como el Partido Comunista quedaban muy descolgadas respecto de aquéllas. Tal situación se prolongó con la desaparición de la Unión de Centro Democrático, pues sus restos fueron recogidos por la entonces Alianza Popular, que con la victoria socialista de 1982 pasó a convertirse en el principal partido de la oposición. La lucha política quedó así limitada en la práctica al Partido Socialista Obrero Español desde la izquierda y a Alianza Popular (luego Partido Popular tras su refundación en 1989). El Partido Comunista, que nunca tuvo posibilidades serias de alcanzar el poder por méritos propios, apenas logró, en el mejor de sus resultados, sobrepasar la veintena de diputados, y quizá viendo que sus siglas podrían ser un lastre optó por establecer una coalición de fuerzas que, con la denominación de Izquierda Unida, serían una opción mucho más presentable formalmente. Así se sucedieron las cosas elección tras elección, comicios tras comicios…….hasta ayer.

Los resultados de las elecciones celebradas ayer día veinte de Diciembre de dos mil quince marcan sin duda alguna un punto de inflexión en la política española. Y ello porque nadie puede hablar, estrictamente hablando, de una victoria electoral, pues todos, absolutamente todos, han sufrido una derrota, de la que únicamente pueden consolarse mirando a su alrededor, como el célebre cuento del mísero que comía altramuces. En efecto, analicemos punto por punto las cuatro principales fuerzas que aspiraban a desempeñar un papel esencial en la política española durante los próximos cuatro años:

1.- Partido Popular. Es, sin duda alguna, el gran derrotado, pues no alcanzo a comprender cómo puede presentarse como una victoria lo que es una pérdida de más de sesenta diputados, pues desciende de los 186 logrados en noviembre de 2011 a los actuales 123. El único responsable de la derrota tiene nombre y apellidos: Mariano Rajoy Brey. Durante estos cuatro años ha tenido como único lema de gobierno el quieta non movere, y cada vez que existía un tema conflictivo que entrañase un mínimo riesgo o bien escurría el bulto o delegaba la resolución en otros, llámense Vicepresidenta del Gobierno o Tribunal Constitucional. En marzo del presente año, al ser interrogado por los periodistas sobre los negros nubarrones que se cernían sobre el Partido Popular en las elecciones municipales, el señor Rajoy decía, con un extraño sentido del humor “Confíen en mí, que les va a ir bien.” Ahí están los resultados: pérdida de poder municipal, autonómico y ahora estatal, porque es casi imposible que pueda formar un gobierno estable. En cualquier país europeo, con unos resultados como los obtenidos ayer, un líder político que se precie hubiese anunciado su dimisión irrevocable.

2.- Partido Socialista Obrero Español. Esta formación tiene un doble problema, tanto de liderazgo como de ideología. Desde los años treinta el socialismo español tiene una doble tendencia: socialdemócrata, moderna y seria por un lado, y extremista por otra. Durante la Segunda República prevaleció la primera durante el bienio 1931-1933, donde Francisco Largo Caballero desempeñó, desde el Ministerio de Trabajo, una labor notable. Al perder las elecciones en 1933, Largo Caballero se radicalizó y arrojó al partido por las alas del extremismo, orillando hasta dejarlo en la insignificancia a la corriente socialdemócrata de Julián Besteiro, persona ésta a la que debe reivindicarse por encima de todo, al ser un ejemplo de honestidad tanto intelectual como personal. Tras la dictadura, en 1979 el PSOE renunció al marxismo y pareció orientarse de nuevo hacia la socialdemocracia moderna, pero en los años noventa, cuando pareció que iba a perder de nuevo el poder, el ala extremista y radical reapareció. Esas dos corrientes permanecen larvadas en el seno del socialismo, que parece incapaz de decidirse por una de las dos. A ello se une una grave crisis de liderazgo que se arrastra tras la marcha de Felipe González. Todo ello ha conducido al peor resultado del Partido Socialista, que jamás, desde las primeras elecciones democráticas celebradas el 15 junio de 1977, había obtenido menos de cien diputados. Únicamente les cabe esgrimir como excusa que las encuestas pronosticaban una debacle aún mayor, pero magro consuelo es. Su líder, Pedro Sánchez, debería haber anunciado su dimisión ayer, puesto que en varias ocasiones durante la campaña electoral dejó bien claro que no obtener una victoria sería para él un fracaso. Sobran las palabras.

3.- Podemos. Sin duda alguna, el gran vencedor de los comicios. Partiendo de cero, han sabido aglutinar a un sector de la población que le es absolutamente fiel y sumarle a un nada desdeñable sector de la población que, sin ser en absoluto simpatizante con la ideología de esta formación, la ve como único medio de otorgar un voto de castigo a las formaciones tradicionales. Hay que reconocer que las cabezas principales de la formación tienen en su haber notables ventajas: juventud, empatía con sus simpatizantes y un manejo admirable de las redes sociales, es decir, del mundo de hoy y del mañana. Sin embargo, con todo, en muchas ocasiones pecan de soberbia y de un excesivo dogmatismo. El principal problema que tiene esta formación, a mi juicio, es que entre reforma y revolución optan por lo segundo, a veces sin parar en mientes, considerando que si la legalidad vigente es un obstáculo, no habría impedimento alguno en saltarse la misma para lograr el ansiado objetivo, haciendo suyo el célebre lema que en la obra La venganza de don Mendo el monarca Alfonso VII otorgaba a su vasallo el marqués de Moncada: “No hay barreras para mi, y si hay barreras, las salto.” Con todo, de justicia es reconocerles que son la única formación política que puede indicar sin faltar a la verdad que pueden considerarse vencedores.

4.- Ciudadanos. Con no ser en modo alguno un mal resultado, lo que ha lastrado la victoria de la formación naranja hasta el punto de convertir un grupo nada desdeñable de diputados en una dulce derrota son las expectativas que se habían creado en torno a ellos. En efecto, este grupo, integrado por personas muy jóvenes y que había surgido de la sociedad civil catalana como medio de oponerse al separatismo imperante en dicha Comunidad Autónoma, dio el gran salto nacional al presentarse a los comicios autonómicos y locales de mayo de 2015, donde obtuvo un muy buen resultado, que revalidó en las elecciones catalanas celebradas el mes de septiembre. Sin embargo, a mi juicio les ha venido grande la campaña electoral. Han estado sobremanera esquivos en temas esenciales (salvo el de la unidad de España, su gran baza electoral y motivo que les vio nacer) y, además, no han sabido gestionar las redes sociales con la misma maestría que sus colegas de Podemos. No es en modo alguno un mal resultado el obtenido partiendo de que nada tenían con anterioridad, pero sí lo es en comparación con lo que de ellos se esperaba.

Desaparece del mapa electoral Unión, Progreso y Democracia, e Izquierda Unida, aunque formalmente no desaparece, deviene en insignificante desde el punto de vista político, pues no logra ni tan siquiera formar Grupo Parlamentario propio al lograr únicamente dos diputados, con lo cual Alberto Garzón tiene en su haber el sin duda alguna nada halagüeño honor de haber logrado igualar el record negativo logrado en su día por Gaspar Llamazares cuando era el coordinador general de la coalición.

Se avecina un panorama muy, muy complicado, por no decir que nuestro país va a ser casi ingobernable, pues aunque un presidente logre la investidura, a la hora de ejercer la dirección política va a tener que seguir el principio que actualmente sigue el Atlético de Madrid bajo la dirección de Diego Simeone: ir “partido a partido” lo que en el mundo de la política quiere decir, “votación a votación.”

Simplemente, apuntar el proceso de elección presidencial sazonado con algunas observaciones que estimo deben tenerse muy en cuenta:

1.- El Congreso ha de ser convocado dentro de los veinticinco días siguientes a las elecciones (artículo 68.6 de la Constitución). Tras la apertura solemne de la legislatura, se constituirán las Cámaras, sus mesas y los grupos parlamentarios.

2.- El monarca iniciará una ronda de consultas con los representantes de los grupos políticos con representación parlamentaria y, a través del Presidente del Congreso, propondrá un candidato (artículo 99.1 de la Constitución). Precisar que pese a lo manifestado por los líderes de las formaciones políticas y pese a ser una práctica consolidada, el monarca no necesariamente tiene que proponer al candidato de la lista más votada. El Rey tiene una amplia discrecionalidad en este punto, y pese a que la práctica constitucional lleva a que proponga al cabeza de la lista más votada, ello radica en que es quien habitualmente obtiene un apoyo parlamentario que le lleve a formar gobierno. Pero nada impediría que, constatada por el Rey tras la consulta la falta de apoyos del cabeza de la lista más votada y que existe otro candidato que sí goza de un apoyo mayoritario, se incline por este último en defecto del primero. La anterior es una reflexión desde el punto de vista estrictamente jurídico, lo cual no quiere decir en modo alguno que es lo que vaya a ocurrir.

3.- El candidato expondrá al Congreso el programa político del Gobierno que pretenda formas, y deberá solicitar la confianza de la Cámara, confianza que se entenderá otorgada si obtiene mayoría absoluta en primera votación o mayoría simple en la segunda, a celebrar cuarenta y ocho horas después de la primera (artículo 99.3 de la constitución). Si en el segundo caso tampoco obtiene mayoría “se tramitarán sucesivas propuestas” en la misma forma que la prevista en las anteriores (artículo 99.4 de la Constitución). Este último precepto es significativo, pues en caso de que el candidato no obtenga ni tan siquiera la mayoría simple, queda automáticamente excluido, de ahí que el texto constitucional hable de “sucesivas” propuestas. No cabe, por tanto, trasladar al Congreso de los Diputados la curiosa práctica autonómica en base a la cual puede someterse un candidato a más de dos votaciones, como ocurrió este mismo año en Andalucía y como ocurre en Cataluña, donde el presidente en funciones ha sido rechazado en dos ocasiones y piensa afrontar una tercera votación.

4.- Si transcurridos dos meses a partir de la primera votación de investidura ningún candidato obtiene la confianza del Congreso, el Rey disolverá las Cámaras y convocará nuevas elecciones (artículo 99.5 de la Constitución). Incidir en el hecho de que los dos meses no se computan desde la celebración de las elecciones, ni tan siquiera desde la constitución de las Cortes, sino desde la primera votación de investidura, como deja bien sentado y con una claridad meridiana el precepto constitucional indicado. Posibilidad ésta, la de una disolución automática de las Cortes por imposibilidad de lograr un acuerdo sobre el candidato, que ciertamente se ciñe sobre el panorama político español.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Política

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