EL ALMUERZO COMO INSTITUCIÓN DE DERECHO PÚBLICO.

Placa conmemoración

En el capítulo inicial de su libro Mis almuerzos con gente importante, don José María Pemán aborda in extenso una institución tan frecuente, indispensable y decisiva como desconocida en el derecho público. Esa institución no es otra que la del almuerzo. En efecto, en el capítulo inicial del libro, titulado significativamente Filosofía del almuerzo, el autor desarrolla las líneas maestras de su tesis: “He escrito alguna vez que el almuerzo es la institución de derecho público más vivaz y expresiva que se conserva en España […] los hombres de hoy han sacado la consecuencia de que el momento más propicio para los temas fundamentales políticos, mercantiles o administrativos, es el almuerzo. Porque está técnicamente demostrado que el personaje convidado a almorzar que viene de estar seis horas en su despacho gubernativo viene ya entregado y convertido en aprovechable chatarra. El ministro del almuerzo es la mitad del ministro del desayuno. Lo que queda de un cargo público a las tres de la tarde es como un gran deseo de complacer y decir que sí a todo para descansar una horita de siesta. El almuerzo produce benevolencia. Todos almuerzan con todos.
Aunque el texto de José María Pemán evidentemente está redactado con un claro y evidente animus iocandi, un análisis más profundo revela que en modo alguno es desacertada la tesis expuesta en el párrafo indicado. Si omitimos las exageraciones plasmadas al albur de una evidente licencia humorística, podremos comprobar que, en efecto, el almuerzo es una institución clave del Derecho público, y no en vano muchas normas, actos administrativos y regulaciones de derecho público han sido engendradas no en una oscura covachuela, sino al albur de una buena mesa. Quien tenga la curiosidad de asomarse a la segunda parte del excelente libro Balada de la Justicia y la ley, donde el sin par Alejandro Nieto aborda la construcción de una industria farmacéutica en Sant Cugat del Vallés orillando e infringiendo todas las normativas urbanísticas habidas y por haber, comprobará que el ilustre catedrático viene a coincidir, sin citarlo, con Pemán, al indicar que las decisiones fundamentales en materia de urbanismo no se deciden en los despachos, sino en reuniones privadas, a lo que yo añado que con total seguridad aderezadas con abundantes viandas y regadas con un buen vino. Pero no es sólo en urbanismo, sino que hoy en día se ha extendido a todos los sectores del ordenamiento el arte de cohonestar de forma envidiable la satisfacción del interés público a la vez que se sacia el estómago particular con deliciosos manjares. ¿Quién no ha visto a representantes de deportistas entablar negociaciones con directivos no en despachos, sino en restaurantes, mesones o paradores? ¿Se va a negar que cuando determinadas posturas se enconan hasta hacerse irreconciliables, sin duda alguna la tensión del momento se esfumará simplemente convirtiendo a los negociantes en comensales?

Quizá el ejemplo más claro y palpable de la existencia del almuerzo como institución de derecho público nos la ofrece el procedimiento de elaboración del texto constitucional. Es conocido que las siete personas que elaboraron el anteproyecto del texto constitucional lo hicieron no en unos despachos oficiales, sino en el parador de Gredos, es de suponer que no ajenos a la buena comida y bebida que el lugar depara. Pero la consagración definitiva del almuerzo tiene lugar cuando la noche del 22 de mayo de 1978 tiene lugar en el restaurante José Luis una reunión entre una delegación de tres miembros de la Unión de Centro Democrático (encabezados por Rafael Arias Salgado) y cuatro del Partido Socialista Obrero Español (liderados por Alfonso Guerra) pactan nada menos que veinticinco artículos de la Constitución. Tan es así que el acuerdo a que llegaron ambas formaciones políticas ha pasado a la historia como “pacto del mantel”, e incluso la efeméride se conmemora en el lugar nada menos que con una placa ubicada en el local donde tuvo lugar tan gastronómico evento, y cuyo texto es el siguiente: “En este comedor se reunieron largas noches hasta la madrugada para conciliar sus diferencias los que después de compartir pan y vino dieron la luz la Constitución Española de 1978. En recuerdo de aquellas históricas veladas y en homenaje a los que honraron esta casa.” Cualquier persona con un mínimo de sentido común sabe que lo de “pan y vino” no es más que una figura retórica, pues meridianamente claro es que la mesa que compartieron los siete diputados de las Cortes constituyentes sin duda alguna estaría bien abastecida.

Queda, pues, acreditada fehacientemente la importancia decisiva de esa institución, el almuerzo, tan desconocida e ignorada en las facultades de Derecho, en las Escuelas de Práctica Jurídica y en la jurisprudencia. Sirva la presente entrada como homenaje al autor que supo adentrarse en la importancia de la buena mesa: al insigne poeta gaditano, ensayista, dramaturgo, académico y hoy injustamente olvidado José María Pemán Pemartín, a quien en su patria chica han condenado a una injusta e injustificada damnatio memoriae por motivos radicalmente ajenos al mundo literario.

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