JUECES DUELISTAS: MAGISTRADOS PARTICIPANTES EN LANCES DE HONOR.

Duel in XIX century

No es algo nuevo que un mismo hecho sea valorado de forma diferente en función de quién sea el sujeto activo del comportamiento. Eso ocurre en la España de hoy, pero también en los Estados Unidos desde su misma fundación. Veamos un ejemplo concreto, el de quien podríamos englobar en la categoría de “juez duelista”: el republicano (ojo, republicano de finales del siglo XVIII y principios del XIX, que vendría a ser un demócrata de hoy): Su Señoría el juez Henry Brockholst Livingston.

Cuando hace unos días repasaba la indispensable síntesis History of the Supreme Court of the United States, que Bernard Schwartz escribiera en 1993, al tratar de la época de John Marshall el profesor estadounidense hacía una referencia a los “silent judges”, es decir, aquéllos magistrados que pasaron desapercibidos dado que la gigantesca sombra del chief justice les sumía en la oscuridad. En efecto, únicamente tres personas fueron capaces de resistir el carisma de John Marshall: los jueces Bushrod Washington (nombrado por el federalista John Adams), William Johnson (nombrado por el republicano Thomas Jefferson) y Joseph Story (nombrado por el también republicano James Madison), el último de los tres sin duda alguna el más cultivado de todos ellos, superando en erudición incluso al propio Marshall. Pero en los treinta y cuatro años que éste permaneció al frente de la institución hubo una pléyade de jueces que hoy en día permanecen en las tinieblas de la historia. Dos nombres señala Schwartz: el del juez Gabriel Duvall, a quien la historia recuerda por su sordera, y el juez Henry Brockholst Livingston, por su pasado duelista. Duvall, nombrado en 1811 a instancias de James Madison, en los últimos años como juez estaba afectado por una sordera tan profunda que le inhabilitaba para desarrollar con normalidad sus funciones, dado que era incapaz de sostener una conversación, lo que obviamente no debía ayudarle mucho en la deliberación y votación de los asuntos.

Pero sin duda alguna el caso más notable es el del juez Henry Brockholst Livingston, pues incurrió en un comportamiento que mientras a un correligionario suyo le costó un procesamiento a Livingston le catapultó hasta un puesto en el Tribunal Supremo. En efecto, sin duda alguna el duelo por antonomasia es el que sostuvieron en Weehawken el republicano Aaron Burr y el federalista Alexander Hamilton, cuando éste (por cierto, un bastardo en el sentido literal de la expresión –hijo bastardo- con el estigma que ello implicaba incluso para una sociedad relativamente abierta como era la norteamericana a finales del siglo de las luces) para boicotear la candidatura de Burr en las elecciones a Gobernador del estado de Nueva York hizo correr la voz de que podía hacer públicos “comportamientos mucho más despreciables del coronel Burr” (a quien cuatro años atrás había llamado desde poco escrupuloso hasta traidor). Aaron Burr le requirió por escrito hasta en dos ocasiones para que se retractara, por lo cual no le quedó más remedio que acudir al campo del honor, siendo la primera ocasión en que Burr se veía como parte en un lance, no así Hamilton, que acumulaba en su haber más de una docena. Hamilton, pese a sus manifestaciones, tiró a dar y falló, mientras que Burr no lo hizo, provocando la muerte de su rival. A Burr todavía hoy se le conoce como el “asesino de Hamilton” de manera absolutamente injusta. Y es que pese a haber inclinado en las elecciones presidenciales de 1800 el decisivo estado de Nueva York del lado republicano a favor de Thomas Jefferson (el mérito fue única y exclusivamente suyo) sin embargo desató la ira del virginiano cuando al empatar con éste a voto compromisario rehusó hacer pública su intención de no competir con él por la presidencia, pese a que lo había hecho hasta en tres ocasiones en cartas privadas (que por entonces no lo eran tanto) y considerar innecesario el explicitarlo a modo de excusatio non petita. Thomas Jefferson interpretó erróneamente que Burr pretendía “robarle” su ansiado cargo presidencial y, pese a ser elegido presidente por la Cámara de Representantes, no olvidó ni perdonó, y condenó a su correligionario al ostracismo. Incluso su larga mano no dejó de perseguir a su vicepresidente por la muerte de Hamilton (a quien, por cierto, Jefferson odiaba literalmente) abriéndole un proceso en los juzgados de Nueva York por un duelo celebrado en Nueva Jersey.

No obstante, lo que en Burr era reprochable y perseguible no lo era tanto frente a otras personas, como era el caso de Henry Brockholst Livingston. Miembro de una ilustre familia vinculada a la historia estadounidense fue un brillante abogado que compitió en el foro y en la política con gente como Hamilton y Burr. Alineado claramente en el bando antifederalista fue un sostén claro de las tesis de Jefferson. En 1798 el federalista James Jones (simpatizante de Hamilton) le agredió dándole un puñetazo en la nariz, por lo que Livingston le retó a duelo y le mató. Según nos indica el autor que citaremos a continuación: “Livingston´s reputation as a judge and leading member in society demanded that he challenge Jones. The two men crossed into New Jersey to avoid the harsher penalties in New York and arrived at Weehawken. On the first shot, Livingston´s bullet struch Jones in the thigh, hitting his mayor artery” (La reputación de Livingston como juez y miembro destacado de la sociedad exigía que desafiase a Jones. Ambos se desplazaron a Nueva Jersey y llegaron a Weehawken para evitar la más dura legislación del estado de Nueva York. Al primer disparo, la bala de Livingston alcanzó a Jones en el muslo, destrozando su arteria principal)

Los paralelismos con el duelo que seis años más tarde celebrarían Hamilton y Burr son realmente asombrosas, pues se celebran incluso en el mismo lugar geográfico. Sin embargo, no solo no sufrió persecución alguna, sino que dos años más tarde, en 1800, fue nombrado juez del Tribunal Supremo de Nueva York, y en 1807 el mismo Jefferson que criticaba a Aaron Burr por el asesinato de Hamilton elevaba a Livingston nada menos que al cargo de juez del Tribunal Supremo. Cargo desde el que, por cierto, parece ser según las fuentes que cometió dos gravísimas irregularidades. La primera en el caso Fletcher v. Peck, donde adelantó la sentencia a John Quincy Adams (abogado de una de las partes en el caso) antes de que se hiciera pública; la segunda, en el caso Darthmouth college v. Woodward, donde recibió información extraoficial del caso. Como se ve, ni el ser duelista ni el incurrir en vulneraciones de las normas éticas más elementales inhabilitaron a Livingston para el ejercicio de sus funciones.

De todas formas, aunque hemos calificado a Livingston como “juez duelista”, hemos de manifestar en estricta justicia que no era el único. Si el lector interesado se molesta en echar un vistazo al excelente libro Crime and punishment: the impotency of duelling laws in the United States, debido a Matthew A. Byron, se encontrarán en la página 113 con la siguiente afirmación: “Sworn to uphold the law and punish his violators, judges on the various state, county and local levels, North, South and West, often ignored the law when it came to dueling. The most inmediate reason for this was that judges were often duelist themselves” (Aunque juraban cumplir la ley y castigar a los infractores, tanto los jueces municipales, de condado y estatales, del norte, sur y oeste, frecuentemente ignoraban la ley referente a los duelos. La razón más poderosa para ello fue que habitualmente los propios jueces eran duelistas), y ofrece para ello varios datos curiosos como, por ejemplo, uno que tuvo lugar en el estado de Arkansas el 26 de mayo de 1824 donde la particularidad radicaba en que ambos contendientes, Andrew Scott y Joseph Selden eran jueces del Tribunal Supremo del territorio, resultando el segundo muerto en el duelo. Otro curioso lance de honor tuvo lugar en 1859 cuando David S. Terry, nada menos que Presidente del Tribunal Supremo de California, se batió en duelo con el senador David Broderick, resultando éste muerto en el lance. La conclusión a la que llega Matthew Byron es que “the judges belonged to the elite class of men who valued the practice of dueling” (los jueces pertenecían a la clase de hombres que valoraban positivamente la práctica de los duelos).

Todo lo anterior acredita, además, que los jueces, por muy brillantes, cultivados y eruditos que sean, no dejan de estar sujetos a las mismas pasiones que el resto de personas. Lo cual ni les enaltece ni les denigra, sino que demuestra que son seres humanos. En ocasiones muy, muy humanos.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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