“LA POLÍTICA COMO RELIGIÓN Y LA RELIGIÓN COMO POLÍTICA”. IMPRESCINDIBLES REFLEXIONES DE ALEJANDRO NIETO.

Alejandro Nieto

Sin duda alguna Alejandro Nieto es una excepción en el panorama jurídico español, pues sus análisis jurídicos no suelen limitarse a analizar las disposiciones de todo rango publicadas en los diversos Boletines Oficiales (es decir, al derecho normado) sino que se salpimentan con agudísimas, jugosas y personales visiones acerca de la realidad social en que dichas normas han de llevarse a efecto y, sobre todo, al grado de aplicación de las mismas (léase, derecho practicado). En otras palabras, que sobrepone a las consideraciones jurídicas las imprescindibles consideraciones de carácter sociológico a las que no es infrecuente que añada incluso algunos buceos en el campo de la historia. De ahí que no solo circunscriba sus análisis al campo del Derecho administrativo, como en su indispensable Derecho administrativo sancionador (que va ya por la quinta edición), sino a ensayos sociológicos (como Corrupción en la España Democrática o El desgobierno de lo público) e históricos (Los primeros pasos del Estado Constitucional: historia administrativa de la Regencia de María Cristina de borbón, Mendizábal: Apogeo y crisis del progresismo civil). En algunas ocasiones algunas de sus obras con un compendio de historia, derecho y sociología (El desgobierno judicial, Balada de la Justicia y la Ley) que siempre nos deleitan con ese descenso a la realidad cotidiana, tan alejada del Olimpo conceptual en el que suelen situarse quienes se dedican profesionalmente a la docencia. Pero, en definitiva, lo que me interesa señalar es que Alejandro Nieto no es un paradigma de lo que, parafraseando la célebre distinción de José Ortega y Gasset, sería la “España oficial”, sino de la “España vital”.

De ahí que no pudiera menos que recibir con muchísimo interés la intervención que el pasado día 16 de febrero de 2016 tuvo lugar en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, donde Alejandro Nieto disertó sobre La política como religión y la religión como política, donde desglosa magistralmente la similitud tanto organizativa como de táctica y fines que presiden a organizaciones políticas y religiosas. La intervención es breve (transcrita ocupa apenas dieciséis folios) está muy bien elaborada se encuentra ayuna de citas bibliográficas, que no de eruditas referencias y jugosísimos ejemplos que sin duda alguna no gustarán a tirios y troyanos, pues igual pone en solfa la organización católica que la de los emergentes partidos del “cambio”. Y así, la tesis central del discurso es muy sencilla y esbozada en los primeros párrafos: “La premisa de la exposición se encuentra en la sorprendente circunstancia de que los partidos políticos pretendidamente laicos conservan unas adherencias de inequívoca tradición religiosa y que, a su vez, la Iglesia católica, confesadamente apolítica, conserva unos rasgos de inequívoca naturaleza política. Así puede comprobarse en los niveles de las estructuras, las doctrinas, las tácticas y las estrategias utilizadas por todos.” En efecto, tanto las formaciones religiosas como políticas parten de una figura mesiánica alrededor de la cual se van a estructurar todos los niveles inferiores: “En una primera y más superficial aproximación lo que mejor se observa es un estrecho paralelismo entre las estructuras de una organización política (un partido, por ejemplo) y una organización religiosa (la de la Iglesia católica, por ejemplo). Una y otra adoptan la figura de círculos concéntricos, en cuyo epicentro se encuentra el profeta o fundador, que alumbra una fe nueva: Jesucristo (como Mahoma) por un lado y en el otro Gil Robles o Pablo Iglesias. En el primer círculo están los apóstoles o barones que apoyan inicialmente al profeta o fundador y luego propagan sus ideas. En el segundo círculo están los fieles o militantes, que forman una comunidad específica. Y en el tercer círculo, los catecúmenos simpatizantes.” Una similitud tan evidente y clara que por simple pasa desapercibida, como los árboles que no dejan ver el bosque. Posteriormente se va creando una burocracia que separa los núcleos superiores o vértice de la pirámide de su base, creando así una disfunción evidente que marca el distanciamiento entre órganos superiores y militancia de base: “La organización queda en consecuencia desdoblada en dos niveles cuando menos: el formal de la superficie y el real del subsuelo, que suele ser el más operativo. Y por lo mismo para ascender hay dos caminos: o bien el del aparato o bien el formal de los congresos y comités ejecutivos. ¿Quién nombró a Hernández Mancha o a Susana Díaz? ¿Qué instrumentos de poder manejaban Juan Pablo II o Alfonso Guerra? ¿Quiénes actúan a la luz y quiénes en oscuros despachos, quizás desconocidos por los no iniciados? Para conocer los verdaderos ejes de una organización no basta la lectura de sus constituciones y reglamentos sino que hacer falta disponer de informaciones que no están al alcance de cualquiera puesto que no suele haber interés ni coraje para romper la reserva que por naturaleza las rodea.” Pero, como siempre, Alejandro Nieto con su maestría y saber indica que para ambas organizaciones, religiosas o seglares, el mundo termina en el último círculo que rodea la organización, cual es el de los simpatizantes. Fuera de ellos, nos adentramos en “las tinieblas del paganismo y de los que no son de los nuestros. Las relaciones con los paganos, con los otros, son ambiguas, dado que en principio son enemigos; pero, por otro lado, son destinatarios de actividades misioneras y, en fin, pueden servir – y esto sucede todos los días- de aliados potenciales en un frente contra enemigos comunes.”

Analizada la organización, pasamos a la táctica, que tanto para organizaciones políticas y religiosas son comunes: “muy simples y se basan en dos pilares: la psicología y la fuerza, claves constantes del misionado y en general de la expansión, mucho más utilizadas, contra lo que pudiera creerse, que la razón o el ejemplo personal.” Todo héroe necesita un villano, y toda organización política y religiosa un enemigo a estigmatizar y que sirve para justificar la propia existencia de la organización: “Para mantener la cohesión del grupo se imaginaba un enemigo en la seguridad de que gracias a la amenaza de éste la comunidad toma conciencia de sí misma, intensifica su solidaridad y produce energías defensivas y ofensivas. Para el cristianismo el pagano primero y luego el islam; para el nacionalismo la pérfida Albión; para la Dictadura franquista la conspiración judeo-masónica-separatista; para le democracia el comunismo; para el catalanismo, España. Al enemigo así inventado de le imputan todas las maldades y se justifica la necesidad de defenderse e incluso de desarrollar una agresión preventiva.” Es ahí donde entra en juego la propaganda y el juego de la manipulación, tan utilizado por unos y por otros: “ante los mismos hechos (la corrupción, la violencia) hay que ser implacable si se trata de enemigos y tolerante si se trata de amigos, pues siempre hay una justificación para los nuestros que no es aplicable a los demás. Denunciar la pederastia de un sacerdote es atacar a la Iglesia, denunciar la corrupción de un gobernante es atacar a la patria; una bandera puede cubrir los pecados más atroces y los delitos más graves; ondear la bandera bicolor es una provocación deliberada mientras que ondear la estelada es un deber.”

Pero, sobre todo, hay un párrafo en esta breve intervención que tiene inequívocos ecos unamunianos. Y es precisamente el que hace referencia a la anulación de la personalidad individual en favor de la cultura de masas, toda vez que, en efecto, ante comportamientos moralmente dudosos, siempre cabe esgrimir el célebre Fuenteovejuna, todos a una. Recordemos las palabras que don Miguel de Unamuno escribiera el día 7 de julio de 1936 en su artículo Justicia y bienestar, donde incidía en esta idea: “Y no se hable de ideología, que no hay tal. No es sino barbarie, zafiedad, sociedad, malos instintos y, lo que es –para mí al menos- peor, estupidez, estupidez, estupidez. De ignorancia no se hable. He tenido ocasión de hablar con pobres chicos que se dicen revolucionarios, marxistas, comunistas, lo que sea, y cuando cogidos uno a uno, fuera del rebaño, les he reprochado, han acabado por decirme: “Tiene usted razón, don Miguel, pero ¿qué quiere que hagamos?” Daba pena oirles en confesión. Pero luego se tragan un papel antihigiénico en que sacian sus groseros apetitos y ganas ciertos pequeños burgueses que se las dan de bolcheviques y de lo que hacen servil ganapanería populachera.” Contrástense con las que Alejandro Nieto pronuncia ochenta años después: “la movilización callejera mediante la cual se refuerza la psicología individual con los mecanismos de la psicología de masas: aquí se cuentan las viejas procesiones religiosas y las actuales manifestaciones políticas. En la procesión y en la “mani” la simpatía se eleva a devoción y la devoción en fervor colectivo. La individualidad se disuelve en la colectividad y la persona se transforma en un mero miembro de la masa con un nuevo espíritu. Es tal la exaltación, indudablemente patológica, que se experimenta en multitud, que sus participantes terminan convencidos de que son los protagonistas de la acción social y no perciben la manipulación a que están sujetos. Mientras el individuo permanece en la masa está dispuesto a creer disparates que aislado no aceptaría y a cometer horrores de los que aislado se avergonzaría. Y esto es cabalmente lo que buscan los pastores de la manada. Conste, sin embargo, que todavía puede darse un paso más hacia la aberración cuanto se participa en un espectáculo: desde los lejanos autos de fe a las misas solemnes y las multicolores manifestaciones actuales. El montaje espectacular de actos masivos se ha convertido en un arte imprescindible. Sin espectáculo ya no hay atractivo y éste ha dejado de concentrarse en el mensaje para atender únicamente a su expresión. La práctica el espectáculo, que en la actualidad ha invadido prácticamente todos los ámbitos sociales ha penetrado con singular intensidad en las ceremonias políticas y religiosas donde, por descontado, era donde mejor se conocían y siempre con efectos bien probados.”

No deseo extenderme más, pues quien desee tiene a su disposición el discurso cuya lectura recomiendo encarecidamente. Intervenciones como la de Alejandro Nieto son necesarias e imprescindibles, aunque sea para recordarnos cosas que, por evidentes, muchas veces se nos escapan. Y que no sólo organizaciones políticas y religiosas tienen estructuras, tácticas y fines similares, sino que incluso las distintas entidades políticas de una y otra ideología no son más que dos caras de una misma moneda o, por utilizar una referencia mitológica, como el dios Jano, un mismo cuerpo con dos caras.

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