ENTRE LA NOMINACIÓN DE MERRICK GARLAND Y EL ANIVERSARIO DEL NOMBRAMIENTO DE JOHN MARSHALL

Merrick Garland

El pasado miércoles día 16 de marzo de 2016, Barack Obama hacía público el nombre de la persona cuyo nombre sometería al Senado para cubrir la vacante que en la actualidad existe en el Tribunal Supremo tras la muerte de Antonin Scalia. Se trata de Merrick Garland, actual chief justice del Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia. En la presentación de su candidato, el Presidente de los Estados Unidos justificaba su actuación indicando que: “He elegido un candidato que no solo goza de un amplio reconocimiento como una de las mentes jurídicas norteamericanas más agudas, sino alguien que aporta a su trabajo un espíritu de decencia, modestia, integridad, y excelencia”, a la vez que lanzaba un dardo a los senadores republicanos al manifestar que “los presidentes no dejan de trabajar el último año de su mandato, ni debería hacerlo un senador”. Y es que, en efecto, el Senado, que debe otorgar su consentimiento a la designación presidencial, actualmente está controlado por los republicanos quienes ya han manifestado que no van a permitir que un presidente que está agotando los últimos cartuchos de su mandato y sin posibilidad constitucional de renovar su cargo, sea quien tenga la posibilidad de cubrir la vacante, que debería dejarse en manos del nuevo mandatario que saldrá de los comicios presidenciales que se celebrarán en noviembre del presente año y que, salvo sorpresa de última hora, enfrentarán a Donald Trump y a Hillary Clinton. Lo cierto es que Obama ha efectuado un movimiento muy astuto, pues el candidato elegido es una persona moderada que, aun habiendo sido elegido para sus cargos en la judicatura por mandatarios pertenecientes al Partido Demócrata, es un excelente profesional, con una brillantez jurídica incuestionada y que incluso ha sido ensalzado por personalidades republicanas. Al igual que otros candidatos anteriores, procede de un Tribunal de Apelaciones y, también al igual que casi la totalidad de sus colegas, ha ejercido anteriormente como abogado.

Por vez primera desde la época de Ronald Reagan un Presidente de los Estados Unidos tiene la posibilidad de cubrir más de dos vacantes en el Tribunal Supremo. Si nos remontamos a la época de Richard Nixon, comprobaremos que éste durante sus primeros cuatro años al frente de la Casa Blanca, pudo efectuar cuatro nombramientos (el chief justice Warren Burger, Harry Blackmun, Lewis Powell y William Rehnquist), y tras su dimisión en 1974, su sucesor el vicepresidente Gerald Ford pudo efectuar otro (John Paul Stevens). El demócrata James Carter no tuvo oportunidad de efectuar ninguna designación, mientras que los restantes mandatarios han nombrado dos jueces cada uno. Ronald Reagan pudo efectuar cuatro (Sandra Day O´Connor, Antonin Scalia y Anthony Kennedy, así como elevar a William Rehnquist a la condición de chief justice). George Herbert Walker Bush pudo nombrar a David Souter y a Clarence Thomas, William Jefferson Clinton a Ruth Bader Gisburn y a Stephen Breyer, mientras que George Walker Bush optó por el actual chief justice John Roberts y por Samuel Alito jr. Barack Obama a los nombramientos ya efectuados de Sonia Sotomayor y Elena Kagan añade la actual nominación de Merrick Garland. El tiempo dirá si tiene éxito o naufraga por maniobras dilatorias senatoriales, como ocurrió en su día en una situación idéntica a la actual, cuando Lyndon B. Johnson en sus últimos meses en la presidencia remitió al senado la candidatura de Abe Fortas para suceder al chief justice Earl Warren.

Pero estos días el Tribunal Supremo norteamericano es noticia no sólo por esta candidatura a cubrir la vacante, sino por conmemorarse el 215 aniversario del nombramiento de John Marshall para el cargo de chief justice. Las condiciones en las que el hoy unánimemente reconocido como el great chief justice no fueron quizá las más propicias y sin embargo supo otorgar al Tribunal Supremo unas formas procedimentales, un reconocimiento y una dignidad que le permitieron situarse en pie de igualdad con los otros dos poderes. Por este motivo, la Supreme Court Historical Society y la Fundación John Marshall patrocinaron un evento conmemorativo donde intervinieron el actual Presidente del Tribunal Supremo, John Roberts jr, y el analista jurídico Jeffrey Rosen, quien efectuó una disertación sobre la figura de John Marshall y su época que el interesado puede escuchar íntegra en este enlace: conferencia de Jeffrey Rosen. Lo cierto es que Rosen (por cierto, asesor jurídico de la benemérita serie televisiva Law & Order) había dedicado uno de los capítulos de su magnífico estudio The Supreme Court: the personalities and rivalries that defined America, a la larvada enemistad política y personal existente entre Thomas Jefferson y John Marshall, que eran parientes lejanos. Por cierto, que en los momentos iniciales de la conferencia el público no pudo menos que emitir una breve carcajada cuando Rosen indicó (sin duda en una nada velada referencia al momento actual) que “That confirms that in life, time is everything” al referirse a las condiciones en que Adams optó por Marshall: el Presidente había ofrecido el cargo a John Jay, quien educadamente lo rechazó, y dado que John Marshall (que ocupaba desde mediados del año 1800 el cargo de Secretario de Estado) se encontraba con Adams cuando éste recibió la negativa de Jay, se encontró con que el Presidente le indicó por sorpresa que iba a ser precisamente él, John Marshall, el elegido. Por cierto, no me resisto a referirme a una idea sobre la que Jeffrey Rosen basa toda su conferencia, y es que Marshall siempre defendió la independencia del Poder Judicial en una etapa donde los Republicanos, con el presidente Jefferson a la cabeza, pretendían hacer de los jueces “entirely subservent to popular will” (totalmente sometidos a la voluntad popular). Pero también Marshall era consciente de la importancia de mantener buenas relaciones con sus colegas, y sólo esa habilidad especial, esa empatía del chief justice explica que cuando presidentes republicanos tuvieron oportunidad de efectuar nombramientos de jueces para quebrar el dominio federalista de la institución, todos ellos se alinearon inequívocamente con Marshall, siendo el caso más paradigmático el de Joseph Story, que aportó la erudición legal de la que carecía el chief justice porque, contra lo que cabría pensar, los conocimientos jurídicos de John Marshall se limitaban a un año de estudios. Ello permitió crear una atmósfera de grupo, es decir, que el Tribunal Supremo dejaría de ser una mera suma de individuos para alzarse como una institución, con una sola voz. Esa “habilidad para lograr compromisos” a la que se refiere Jeffrey Rosen se plasma con una estadística que habla por sí sola: en treinta y cuatro años al frente del Tribunal Supremo, John Marshall únicamente formuló siete votos particulares disidentes.

En fin, una magnífica conferencia que todo buen jurista debería escuchar.

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