EL COMPLEJO Y DIVERSO MUNDO DEL CRISTIANISMO PRIMITIVO EN DOS LECTURAS.

Cristianismo primitivo

No sólo de pan vive el hombre y no sólo de Derecho vive el jurista, por eso nada mejor que este parón laboral para dar rienda a otra de las pasiones del máximo responsable de este blog, que no es otra que la historia. Y dado que en estas fechas los cristianos conmemoran la pasión y muerte de Jesús de Nazaret, quisiera aprovechar para recomendar la lectura de dos obras complementarias que nos retrotraen a la apasionante época del cristianismo primitivo y que han sido escritas por dos auténticos expertos en la materia. La primera de ellas es la que lleva por título Cristianismos primitivos: los credos perdidos del nuevo testamento, de la cual es autor Bart Erhman, mientras que la segunda es debida a un español, Antonio Piñero, y se titula Los cristianismos perdidos. Ambas fueron elaboradas prácticamente al mismo tiempo, y salieron a la venta en las mismas fechas, si bien en las páginas introductorias de su libro Antonio Piñero reconocía haber tenido acceso a la edición inglesa del primero cuando el suyo estaba ya redactado.

Contra lo que pudiera creerse, no hubo en los orígenes del cristianismo una creencia ortodoxa y monolítica, sino que cada comunidad tenía su propia visión y manejaba unos textos que se consideraban adecuados a esa concepción religiosa. En efecto, había quienes consideraban que Jesús tenía naturaleza humana y que había sido adoptado por Dios en el bautismo, mientras que otros sostenían que su naturaleza era divina y preexistente al nacimiento; había quienes consideraban que el cristianismo no era incompatible con el judaísmo, sino al contrario, para la salvación debían mantenerse y cumplirse las previsiones de la ley judía, mientras que otros oponían a la ley mosaica el nuevo credo en función del cual el elemento salvífico era la creencia o fe en Jesús, lo que exoneraba de la circuncisión y de los restantes mandamientos que integraban las normas judaicas. Había quienes consideraban que este mundo era obra de una deidad menor, y que existían varios dioses, dado que era inconcebible e imposible que el Dios severo, airado y vengativo del Antiguo Testamento fuese el Dios del amor y de la concordia predicado por Jesús. Había igualmente quienes sostenían que nuestro cuerpo no era más que un estorbo para nuestra salvación, de ahí que el mismo no constituyese más que un estorbo. Ebionitas, marcionitas, gnósticos, esenios, cada corriente cristiana tenía una concepción que convergía en un único hecho común: la aceptación de Jesús como mesías y su muerte en la cruz como hecho decisivo para la historia de la humanidad. Pero en aquellos dos primeros siglos no existía un canon de escrituras fijadas, sino un auténtico alud de cartas, evangelios y apocalipsis que corrían de mano en mano. Muchos de ellos fueron arrinconados e incluso destruidos cuando una de las corrientes logró una preeminencia sobre el resto y se consideró como ortodoxa y portadora de las esencias del cristianismo, considerando a las demás como heterodoxas y, por tanto, a proscribir. Algunos de esos textos proscritos fueron recuperados, en muchas ocasiones por puro azar, a mediados del siglo XX (Evangelio de Felipe, Evangelio de la Verdad, Evangelio de Tomás, Evangelios de la Infancia, Evangelio de María Magdalena, Hechos de Pedro, Hechos de Pablo, por citar algunos de los más conocidos), pero otros se han perdido definitivamente y sólo tenemos conocimiento de ellos por las referencias que a dichos evangelios, cartas o documentos hacen quienes los refutaban. De ahí que la lectura de estos dos libros de los profesores Erhman y Piñero sean muy recomendables para adentrarse en el peliagudo y complejo mundo del cristianismo primitivo. Y, por cierto, es muy aconsejable que esa lectura se acompañe de la de los textos religiosos que integran la heterodoxia, muchos de los cuales han sido recopilados en la muy recomendable edición de Aurelio de Santos Otero Los evangelios apócrifos, publicada paradójicamente en la Biblioteca de Autores Cristianos, así como la edición en tres volúmenes de Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi coordinada por Antonio Piñero.

Es curioso el paralelismo existente entre las figuras de Sócrates y Jesús. Los dos desarrollaron su actividad en un área geográfica muy reducida; ambos predicaban a sus discípulos manifestando gozar de inspiración divina; tanto el griego como el galileo tuvieron numerosos discípulos que dejaron constancia de los dichos y hechos de ambos pese a que ni aquél ni éste han legado a la posteridad ninguna obra escrita; tanto Sócrates como Jesús fueron ejecutados tras sendos procesos en los que subyacían motivos espúreos y finalmente ambos se resignaron y aceptaron la condena y ejecución sin intentar sustraerse a la misma. De Sócrates nos han llegado las imágenes idealizadas de su discípulo Platón, pero (y en esto todos los estudiosos coinciden) el alumno en muchas ocasiones expone en sus diálogos tesis propias enunciadas en boca del Maestro, por lo que ha de efectuarse una cuidadosa depuración para no atribuir a Sócrates ideas que no son suyas, sino de su discípulo. De igual forma, la visión que del Maestro tiene Platón no coincide con la que se ofrece en otras obras, como en los Recuerdos de Sócrates, de Jenofonte, y mucho menos con la visión caricaturesca e incluso diríamos esperpéntica que del personaje hace el comediógrafo Aristófanes en su obra Las nubes. Con Jesús de Nazaret ocurre otro tanto: no tenemos obras suyas, sino que sus dichos, sus enseñanzas y su actividad pública nos ha llegado a través de relatos de sus discípulos, con lo que existe el riesgo de que se produzca la misma situación que con el gran filósofo griego.

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