DE LA JUSTICIA A LA POLÍTICA, ¿CAMINO SÓLO DE IDA? A PROPÓSITO DE UN ARTÍCULO DE JAMES F. FLANAGAN

Camino sin retorno

En nuestro país no ha sido infrecuente que miembros del Poder Judicial hayan cruzado el Rubicón que separa el Derecho de la Política y adentrarse en los Palacios en que residen otros poderes, ya sea en el de la Carrera de San Jerónimo, en el de la Moncloa o en algún feudo territorial. Lo hacen con la seguridad de que el camino es de ida y vuelta. No siguen el ejemplo de Hernán Cortés, sino que ese alejamiento de la magistratura se hace con la seguridad de que una vez pasado determinado tiempo o cumplida la tarea, el cómodo estrado les recibirá alegre, pudiendo sentarse de nuevo a impartir Justicia con un “decíamos ayer”. Aunque el ejemplo más célebre es el del tristemente célebre Baltasar Garzón Real, existen otros muchos no tan célebres pero no menos significativos, como Ventura Pérez Mariño o José de la Mata. La cuestión que se plantea es si ese camino debiera ser de ida y vuelta o en estricta justicia debiera ser un recorrido en el que sólo fuese posible un único sentido de la marcha, sin vuelta atrás.

La anterior reflexión me vino a la cabeza tras leer un breve artículo titulado Five Justices and why they left the Court for “better” positions, que James F. Flanagan ha publicado en el número 41 del prestigioso Journal of Supreme Court History, de recentísima aparición. En dicho trabajo se hace un breve recorrido por la trayectoria de cinco de los jueces del Tribunal Supremo de los Estados Unidos que dejaron el cargo no por motivos de salud o de edad, sino por motivos estrictamente profesionales, al optar un cargo en otro de los dos poderes federales o incluso allende las fronteras patrias. Por estar sumamente alejados en el tiempo, no nos detendremos en John Jay, el primer chief justice (que renunció a tal puesto en junio de 1795 para ocupar el cargo de gobernador del estado de Nueva York) o en Alexander Hamilton (que rechazó sustituir a Jay para continuar con su actividad profesional como abogado). Me centraré en el siglo XX, y en tres jueces muy concretos.

1.- Charles Evans Hughes. Nacido en el año 1862, es decir, en plena guerra de secesión, el caso de Hughes es muy ilustrativo. Siguió el camino inverso a John Jay, puesto que habiendo ocupado el cargo de gobernador del estado de Nueva York en el trienio 1907-1910, en este último año el presidente Taft lo propuso como juez del Tribunal Supremo para cubrir la vacante creada por David Brewer. Persona jurídicamente brillantísima, Hugues era un enamorado de la ley y disfrutaba enormemente ejerciendo como juez en el más alto tribunal de la federación. No obstante, en el año 1916 su nombre comenzó a sonar alto y claro como posible candidato republicano a las elecciones presidenciales de ese año. Como se indica Flanagan en su artículo “Hughes tried to avoid presidential politics, consistently stated his desire to remain on the Court, and did nothing to aid the growing draft, but he never specifically stated that he would not serve if nominated, as he had in 1912. […]. Even though he refused to let his name be used in the primaries, he led in the polls and the convention nominated him on the third ballot without knowing if he would accept it.” (Hughes trató de evitar las políticas presidenciales, dejando claro su deseo de permanecer en el Tribunal, y no hizo nada por fomentar su candidatura, pero nunca manifestó específicamente que si fuera nominado rechazaría la candidatura, como había hecho en 1912 […] Aunque rehusó permitir que se utilizase su nombre en las primarias, lideró las encuestas y la convención le designó en la tercera votación aun desconociendo si la aceptaría). Aunque Hughes, como hemos dicho, prefería su cargo como juez, dimitió para aceptar la candidatura republicana a las elecciones presidenciales de 1916, que acabó perdiendo por un ligero margen frente al demócrata Woodrow Wilson.

Cuando Hughes renunció, era consciente de que su aventura judicial se acababa y que, en caso de ser derrotado, no podría volver salvo que volviese a ser nominado, lo que era altamente improbable. No obstante, la historia fue generosa con este personaje. Entre los meses de enero de 1921 y 1925 ocupó el cargo de Secretario de Estado, y en febrero de 1930 el presidente Herbert Hoover propuso su nombre para ocupar el cargo de chief justice para sustituir precisamente a William Howard Taft. Hughes presidiría el Tribunal Supremo hasta su renuncia en junio de 1941, ya por motivos estrictamente de edad. Durante estos años, el Tribunal Supremo por él presidido y la Casa Blanca mantuvieron un abierto enfrentamiento a consecuencia de las políticas del New Deal.

 

2.- James F Byrnes, que sin duda alguna será recordado por ser uno de los jueces más fugaces del Tribunal Supremo, dado que ostentó el puesto durante menos de un año. Franklin Roosevelt lo propuso para el cargo en junio de 1941 y ocupó su cargo en octubre de ese año. No obstante, a diferencia de Hughes, no se encontraba cómodo en la judicatura pues, como indica Flanagan “soon realized that the reclusive judicial life had little attraction for him” (pronto se dio cuenta que el reclusivo mundo judicial no le atraía). Por ello, aprovechó que el mismo presidente que le propuso le ofreció en octubre de 1942 un cargo administrativo, la Oficina de Estabilización Económica, para abandonar un puesto en el que no se sentía muy a gusto. Al igual que Hughes, la historia fue generosa con el, puesto que igualmente acabó desempeñando el cargo de Secretario de Estado durante año y medio (julio de 1945 y enero de 1947) y tres años más tarde ser elegido gobernador de Carolina del Sur.

3.- Arthur Goldberg. Quizá este sea el caso más dramático de los tres. John Fitzgerald Kennedy remitió su candidatura al Senado para cubrir la vacante que en el Tribunal Supremo dejó la dimisión de Felix Frankfurter (uno de los jueces más brillantes que ha tenido la institución), siendo confirmado en septiembre de 1962. A Goldberg, al igual que Hughes, le encantaba ejercer la magistratura. No obstante, en 1965 el presidente Johnson le propuso que sustituyera a Adlai Stevenson como embajador americano en las Naciones Unidas. En el artículo que glosamos se describe su renuncia con las siguientes palabras: “Goldberg’ s resignation from the Court and immediate diplomatic appointment on July 26, 1965, shocked everyone because his love for the Court and satisfaction with the position were well known, while his tenure and prospects for success as a presidential adviser and as a diplomat were uncertain at best. The Justice had no illusions about the risks, and yet he also thought he might return to the Court. Johnson would be obligated to him for his sacrifice in resigning(La renuncia de Goldberg y su inmediato nombramiento diplomático el 26 de julio de 1965 sorprendió a todos dado que era bien conocida la satisfacción por su cargo, mientras que la duración de su nuevo cargo y perspectivas de éxito en el mismo eran cuando menos inciertos. El juez no se hacía ilusiones en cuanto a tales riesgos, y aún así pensó que quizá podría regresar al Tribunal, dado que Johnson en cierta medida se lo debería por su sacrificio al renunciar). En este caso, todo fue amargura para Goldberg, puesto que su postura en relación con el conflicto en Vietnam no era compartida por el Presidente, quien incluso le negó la posibilidad de ser el principal negociador en el conflicto. Más aún, cuando Earl Warren presentó su renuncia en 1968, Johnson propuso a para sucederle no a Goldberg, sino a Abe Fortas (cuyo nombramiento fue boicoteado por el Senado). La mala suerte se cebó con el pobre Goldberg, quien intentó infructuosamente optar al puesto de gobernador del estado de Nueva York, siendo derrotado por Nelson Rockefeller. No obstante, tuvo una ocasión de volver al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, si bien no como juez, sino como abogado en ejercicio. En el clásico libro The brethren, los autores se hacen eco de los comentarios de sus antiguos compañeros: “Uno de los peores alegatos que he visto, efectuados por uno de los tipos más listos que he conocido”. Por cierto, que este último comentario me hace evocar la respuesta que ofreció un celebérrimo abogado español de finales del siglo XIX a un juez cuando éste cuestionó su valía profesional diciendo que no entendía como podía ejercer la profesión: “Pues he comprobado que suelen sentarse ahí [señalando al juez] quienes son incapaces de sentarse aquí [señalando su asiento]”

En resumen, que cuando un juez norteamericano decide saltar a la arena de la política y abandona la judicatura lo hace siendo perfectamente consciente de que ha iniciado un camino sin retorno, y que únicamente por puro azar es posible que vuelva a ejercer funciones jurisdiccionales. El ejemplo de Arthur Goldberg es sumamente ilustrativo.

 

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