GREGORY PECK, ABOGADO EN EL CINE.

Gregory Peck

No soy imparcial en lo que a Gregory Peck se refiere, pues es uno de mis intérpretes preferidos. El pasado mes de abril se conmemoró el centenario del nacimiento de este auténtico caballero dentro y fuera de la pantalla, pues únicamente en un par de films donde interpreta al villano de turno. Y es que, en efecto, decir Gregory Peck en el cine es decir bonhomía e integridad, pese a que en cierta ocasión el mismo Peck reconocía que lo auténticamente fácil es interpretar a un villano, y lo difícil encarnar a un personaje lleno de virtudes. Mi primer encuentro con Gregory Peck en el cine fue en la épica Horizontes de Grandeza (la pésima traducción que se dio en nuestro país al título The big country), aunque si he de quedarme con dos interpretaciones suyas me inclino sin duda alguna por El hidalgo de los mares (otro nuevo asesinato de un título, pues el original inglés no es otro que Captain Horatio Hornblower, film este, por cierto, que marca el debut cinematográfico del gran Christopher Lee, curiosamente en el episódico papel del capitán español del buque Natividad) y, sobre todo, El mundo en sus manos (en esta ocasión sí se respeta el título original, The world in his arms), donde junto a la pareja protagonista formada por Gregory Peck y Ann Blyth destaca sobremanera, pese a lo secundario de su papel, un magnífico Anthony Quinn en el rol del Portugués. Otra de sus interpretaciones legendarias tuvo lugar en El pistolero (The gunfighter), donde su impactante interpretación Jimmy Ringo (un pistolero que ansiaba dejar las armas pero cuya fama le perseguía en forma de bravucones que deseaban medirse con quien se había convertido ya en una leyenda) le llevó a cometer uno de los poquísimos errores de su carrera: rechazar el papel del sheriff Will Kane en Solo ante el peligro (High noon) que le fue ofrecido un año más tarde y que no aceptó al recordarle sobremanera el que acababa de interpretar.

Pero me interesa en la presente entrada hacer referencia a las cuatro películas en las que interpretó a un abogado, máxime porque cada una de ellas nos ofrece una enseñanza para quienes ejercemos la profesión.

1.- Proceso Paradine (The Paradine case). Se trata de una cinta dirigida en 1947 por el mago del suspense, Alfred Hitchcock, quien curiosamente deseaba que fuese Ronald Colman (un veterano actor del cine mudo y uno de los pocos que pasó con éxito al cine sonoro) quien encarnase al abogado inglés Anthony Keane, rol que finalmente recayó en Peck, quien sin duda alguna suplió la veteranía de Colman con la juventud y entrega al papel. La cinta aborda el proceso al que se ve sometida Maddalena Anna Paradine, a quien se acusa de haber asesinado a su marido, un héroe militar que se había quedado ciego. Su abogado, el joven Keane, se involucra en exceso en el asunto, sospechando que André Latour (encarnado por Louis Jourdan) el misterioso jardinero que trabajaba para el matrimonio Paradine, puede tener algo que ver en el asunto. Y así la película entrecruza de forma magistral el suspense que conlleva el desarrollo del proceso con la trama sentimental que subyace y que presenta un curiosísimo dilema, pues Keane, pese a estar casado, se encuentra con que poco a poco va enamorándose de su cliente.

Esta película nos muestra uno de los peligros que supone vulnerar uno de los consejos que ofreciera el jurista italiano Calamandrei: involucrarse en exceso en un caso hasta el punto de tomarlo como algo personal, algo que aquí se lleva al extremo. Pero también nos ofrece otra imagen muy reveladora: la independencia absoluta de un juez inglés. Así, cuando en los momentos finales de la película el juez del caso (encarnado por un Charles Laughton que tan sólo diez años después encarnaría al abogado inglés sir Wilfred Roberts en la no menos brillante Testigo de cargo -Witnsess for the prosecurion-) está cenando en casa con su mujer y ésta de forma muy sutil intenta orientarle hacia un determinado punto, el magistrado la corta de plano diciéndole que en ese momento está hablando con un juez de Su Majestad, y que nada ni nadie influirá en su decisión.

2.- El cabo del terror (Cape fear). Se trata de una cinta dirigida en 1962 por John Lee Thompson (con quien Peck había trabajado el año anterior en Los cañones de Navarone -Guns of Navarone-) y en la que el que se adaptaba la obra The executioners, de John D. Macdonald. En dicha película, el abogado Sam Bowden (Gregory Peck) tiene que contemplar impávido cómo, Max Cady (Robert Mitchum) que acaba de salir de la prisión donde ha cumplido una condena de ocho años por violar a una joven, pretende ejecutar una sibilina venganza, dado que el elemento determinante para su condena había sido la testifical de Bowden. Pese a que cuenta con la ayuda del jefe de policía, Charles Dutton (Martin Balsam), Bowden se ve indefenso y maniatado por la ley y no tiene otra opción que combatir a Cady siguiendo su propio juego. Pese a que en este caso el elemento jurídico es tangencial (limitado a la condición de abogado de Bowden y a su aparición en Sala en un par de ocasiones), la enseñanza primordial que nos ofrece este film radica en que la ley, elemento indispensable para garantizar la libertad y seguridad del individuo, en ocasiones se convierten en instrumentos que amparan más a quien pretende orillarlas que a las personas a quienes debe proteger.

Esta película tiene varias circunstancias curiosas. En primer lugar, el hecho de que Gregory Peck fuese el productor de la misma. El segundo lugar, el reparto, que sufrió una modificación esencial: el papel del abogado Sam Bowden fue ofrecido entre otros a Charlton Heston, el del psicópata Max Cady iba a interpretarlo inicialmente Ernst Borgnine, el de hija del matrimonio Bowden estaba creado específicamente para Hailey Mills y finalmente se logró para un episódico papel a Telly Savallas, que aún luce algo de cabellera. Los códigos imperantes en la época hicieron que se eliminase la palabra “violación” (que es sustituida por la más pudorosa de “ataque”) o la escena final del enfrentamiento entre Cady y los Bowden en un barco en el río Cabo del Terror que da nombre al film, que Peck pretendía rodar en medio de una tormenta (como ocurrió en el remake de 1991). Por cierto, en la pelea final entre Mitchum y Peck éste golpeó accidentalmente al primero en el estómago. Mitchum, que actuó igualmente como un caballero en el plató (la actriz Polly Bergen, que encarna a la mujer de Sam Bowden, lo recuerda) lo encajó con deportividad como un lance más del rodaje, limitándose a indicar que “compadezco al que tenga la osadía de pelearse con Peck.”

3.- Matar un ruiseñor (To kill a mockingbird). Esta película la rodó Peck en el mismo año 1962, justo tras la anterior. Qué decir de la adaptación de la novela de Harper Lee, y qué decir de Atticus Finch, “el” abogado por excelencia. Creo que cualquier aficionado al cine y al derecho conoce perfectamente los acontecimientos que tuvieron lugar en la ciudad de Meycomb (denominación ficticia para la muy real Monroeville) durante la gran depresión, donde el abogado por excelencia ha de defender a un ciudadano de color, Tom Robinson, acusado de agredir y mantener relaciones amorosas con una chica blanca. La integridad, la altura moral de que hace gala no sólo profesional, sino personalmente con sus hijos Scout y Jem son de sobra conocidos. La escena donde tras el juicio toda la población de color se levanta y donde uno de los miembros del grupo le dice a Scout, que no puede contener las lágrimas: “levántese, señorita, su padre se marcha” valen por todo un tratado. Gregory Peck recibió un merecidísimo oscar por esta interpretación, y lo recibió de manos de una impresionante Sophia Loren, con quien apenas tres años después protagonizaría la divertida Arabesco.

En un encuentro público que el actor mantuvo con varios de sus seguidores más de tres décadas después de protagonizar este clásico, se encontró con que muchos de ellos, abogados en ejercicio, reconocieron que se despertó su vocación precisamente al ver esta cinta, e incluso alguno solicitó que Peck estampase su firma en el título oficial de licenciado en Derecho. Una curiosidad más: en ese mismo encuentro se encontraba Mary Badham, que encarnaba a su hija en el film, y en un breve pero divertido diálogo pudimos ver que Peck reconoció que nunca dejó de llamarla “Scout” en la vida real, mientras que ella continuaba llamándole “Atticus”.

4.- El cabo del miedo (Cape fear). En el remake que Martin Scorsesse hiciese del clásico de 1962, a modo de homenaje ofreció a los tres actores protagonistas de la versión anterior tres pequeños papeles. Mitchum en esta ocasión hacía el papel de teniente Elgar, y a Gregory Peck se le puede ver en el episódico rol de Lee Heller, “uno de los mejores criminalistas del Estado”, pero que apenas permanece en pantalla un minuto. Lo hace como abogado de Max Cady, con un look ciertamente peculiar (chaqueta blanca, pajarita, reloj de cadena y, sobre todo, un curioso bigote -algo no habitual en Peck, que únicamente lució dicho adorno en tres ocasiones a lo largo de su dilatada carrera) y que, según el propio actor, “farfullaba sobre la biblia”. El aficionado al cine seguramente esbozará una sonrisa cuando el personaje encarnado por Peck no sólo defiende a un antiguo violador y que actualmente se dedica a acosar a un abogado y a su familia, sino que es el que se encarga de amenazar a Bowden con denunciarle al comité de ética.

Esta película es mucho más oscura que la anterior versión, y muchas cosas cambian. Sam Bowden ya no es un personaje íntegro, de vida privada familiar e intachable y, sobre todo, no es el testigo de la violación que ocasiona el encarcelamiento de Cady. Por el contrario, ahora Bowden había sido el abogado defensor de Cady, que abochornado por la violación cometida por su cliente ocultó pruebas decisivas en el juicio y que demostraban que la chica sexualmente agredida había mantenido numerosas relaciones con anterioridad (la disculpa ofrecida por Bowden fue: “si vieses lo que le hizo a esa chica”) y, sobre todo, su vida privada dista de ser ejemplar, pues mantiene una relación amorosa con su ayudante pese a estar casado y con una hija. Max Cady ya no es tan sólo un ser brutal pero inculto, sino que en esta ocasión adereza su brutalidad con conocimientos legales adquiridos precisamente en la cárcel.

En definitiva, cualquier momento es bueno para acercarnos brevemente a la filmografía de uno de los grandísimos actores que ha dado el séptimo arte.

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