RELIGIÓN Y ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA: SIMILITUDES ENTRE EL MAGISTERIO RELIGIOSO Y JUDICIAL.

Temple of Justice

En ocasiones se produce la curiosa circunstancia que dos autores, sin tener conocimiento recíproco de sus trabajos, coincidan en una misma reflexión. Así, el mes de febrero del presente año 2016, mientras en nuestro país Alejandro Nieto disertaba en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas acerca las similitudes entre religión y política (algo de lo que nos hemos hecho eco en esta bitácora), en los Estados Unidos John S. Ehrett publicaba en la Revista de Derecho de Yale un breve trabajo de doce páginas titulado American magisteria in the twenty-first century, en el que reflexionaba sobre las concomitancias entre la funciones judicial y sacra. Y así, dice el último de los autores: “In many respects, the Supreme Court in its institutional capacity mirrors traditional religious authority structures. In so doing, the Court stands at the forefront of a set of philosophical norms often described, in the aggregate, as “ceremonial deism” (En muchos aspectos, en su función institucional el Tribunal Supremo asemeja las estructuras de la autoridad religiosa tradicional. Con dicho actuar, el Tribunal se sitúa al frente de un grupo de normas filosóficas normalmente descritas, en conjunto, como deísmo ceremonial). Las breves reflexiones del autor estadounidense pretenden demostrar que “en la experiencia norteamericana de identidad civil, el Tribunal Supremo desempeña una función sociológica comparable a la del magisterio en el cristianismo pre-protestante.”

Sin perjuicio de los argumentos concretos que sostiene el trabajo glosado (y que se centran en cuatro aspectos: tradición, mediación, sacramento y antropología), conviene no perder de vista que, en efecto, si uno reflexiona detenidamente los paralelismos entre la Administración de Justicia y la Religión son bastante más profundas de lo que se piensa.

1.- La Religión católica pretende la salvación del hombre a través de la creencia en un único Dios. La Administración de Justicia pretende salvar al hombre a través de la creencia en la Diosa Justicia. Un único Dios en ambos casos, y en ambos estamos ante una deidad tan compasiva y benigna con los creyentes como severa con quienes conculquen los mandamientos de su credo.

2.- En el caso de la Religión católica existe una jerarquía sacerdotal que, partiendo de los ministros de culto o sacerdotes culmina en el Santo Padre. En el caso de la Administración de Justicia, existe igualmente una jerarquía que se inicia en los juzgados unipersonales (ya sean de primera instancia, instrucción, penal, mercantil, social y contencioso-administrativo) y culmina en el Consejo General del Poder Judicial.

3.- El Sumo Pontífice es elegido por un colegio cardenalicio que, bajo la inspiración de la divinidad, elige al candidato más acorde para calzarse las sandalias del pescador. El Presidente del Tribunal Supremo es elegido igualmente por un cónclave, aunque no precisamente de purpurados aunque para llegar al mismo haya que ponerse colorado más de una vez.

4.- En la religión existe desde el año 1870 lo que se conoce como el “dogma de la infalibilidad pontificia”, según el cual el Sumo Pontífice no puede equivocarse cuando define doctrinas de fe y de moral como Padre Supremo de toda la Iglesia, como dice el catecismo. En el caso de la Justicia, el Tribunal Supremo no puede equivocarse a la hora de efectuar interpretaciones jurídicas aunque, como bien dijera el juez Robert H. Jackson en su célebre aserto contenido en el voto particular formulado en el caso Brown v. Allen, “We are not final because we are infallible, but we are infallible only because we are final

5.- Los oficios religiosos se celebran siguiendo un ritual muy formalista y en un lugar muy concreto, el templo o iglesia. En el caso de la Administración de Justicia, los oficios se dispensan igualmente siguiendo un ritual no menos formalista y en una sede a la que los juristas nos solemos referir en alguna que otra ocasión como “templo”.

6.- Los sacerdotes católicos desempeñan los oficios religiosos cubiertos de pectoral y manto, y aunque tradicionalmente se cubrían todo el día con sotana, esto último ha pasado a mejor vida. Los jueces y magistrados imparten justicia provistos de toga con escudo y puñetas, habiéndose desterrado el birrete y las pelucas.

7.- Tradicionalmente la misa se impartía en lengua latina, desterrada tras las reformas operadas por el Concilio Vaticano II. En la Administración de Justicia no eran infrecuentes los latinismos, actualmente cada vez más en desuso y en francas vías de desaparición.

8.- Desde la segunda mitad del siglo XX, existe una tendencia al alza de ciudadanos que manifiestan abiertamente su desapego hacia la religión, cuando no sus abiertas dudas de fe. A tenor de los diversos informes y encuestas de opinión, ese alejamiento o valoración negativa es predicable igualmente de la Justicia, en la que cada vez más ciudadanos manifiestan no creer.

A expensas de lo anterior, en el mundo de la Justicia, como en el de la religión, existen mártires, héroes, ejemplos de abnegación y de sacrificio (aunque no vicario), pero también existe más de algún “ángel caído”. Y es que la Justicia, al igual que la religión, no sólo goza en su panteón de aureolados como San Hermenegildo, sino también de cohortes que rinden culto a Satán, por poco numerosas que estas sean (y ejemplos hay, de todos conocidos). Esto no debe escandalizar pues, como dijo alguien en cierta ocasión, no existen héroes sin villanos. Y si el mismísimo Pablo VI hizo referencia en una ocasión al “humo del infierno” que se había infiltrado en la Iglesia, entra dentro de lo razonable que lo mismo ocurra en la Administración de Justicia.

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