EJERCICIO DE LA PRERROGATIVA DE GRACIA Y POLICÍA DEL DOMINIO PÚBLICO: DOS LECCIONES DE JOHN JAY COMO GOBERNADOR DE NUEVA YORK.

John Jay

Corrían los últimos años del siglo XVIII cuando John Jay, gobernador del estado de Nueva York, se enfrentó a un asunto muy peculiar. Un ciudadano había sido declarado culpable de falsificación y condenado a cadena perpetua. El padre del condenado, un soldado veterano mutilado en la guerra contra los ingleses, acudió a la residencia del gobernador con numerosas peticiones de clemencia, e incluso funcionarios y personas cercanas a la máxima autoridad estatal abogaron en defensa del condenado. John Jay no tenía duda alguna: se imponía una distinción entre sus convicciones personales y sus obligaciones como gobernador del estado.  Si a nivel particular en efecto, Jay se hubiese inclinado hacia el perdón, como gobernador su deber estaba bien claro: el condenado había sido declarado culpable y perdonarlo sobre la base de las recomendaciones que se efectuaban hubiera sentado el principio que los hijos de padres eminentes podrían cometer delitos impunemente, de tal forma que el culpable que tuviese la suerte de tener poderosas influencias o contactos tendría mayor benevolencia que aquellos que careciesen de tales amistades. En consecuencia, rehusó ejercer la prerrogativa de gracia. En otra ocasión en que le fue solicitado el indulto para otro condenado, Jay pronunció varias frases que deberían estar grabadas a fuego en la memoria de todos aquéllos que en alguna ocasión han de enfrentarse a la prerrogativa de gracia: “La prerrogativa de indulto está constitucionalmente otorgada al Gobernador para ejercerse sobre la base de la prudencia y la discreción, no sobre la de los deseos o sentimientos. Si hubiesen de prevalecer los últimos criterios, pocas serían las personas que estuviesen cumpliendo largas condenas…Conceder o rechazar el indulto no depende de mi voluntad, sino de mi juicio, y debo actuar de forma altamente responsable a la hora de ejercer de forma imparcial y discreta esta prerrogativa.” Toda una lección de derecho penal y administrativo concentrada en unas pocas frases: no es la voluntad, sino el juicio; no el deseo, sino el razonamiento el que ha de prevalecer; no la discrecionalidad absoluta, sino el ejercicio responsable de las prerrogativas.

La anterior anécdota la puede encontrar el lector en la página 410 de la biografía John Jay: defender of liberty, escrita en el año 1935 por Frank Monaghan, quien a continuación nos ofrece otro ejemplo de cómo pese al rigor y honestidad con que ejercía sus prerrogativas constitucionales como gobernador del estado, a nivel personal sabía mantenerse siempre en unas posiciones mucho más cercanas a criterios humanistas y acordes a sus creencias religiosas que nunca le abandonaron. En cierta ocasión, un herrero llamado Daniel Gregory, que carecía de medios suficientes para comprar una parcela de terreno donde construir su vivienda y taller, decidió hacerlo en pleno camino. Se le requirió fehacientemente en varias ocasiones para que demoliera tales construcciones, e incluso el propio Jay se encontraba en una posición algo incómoda, puesto que el camino que iba desde su casa particular a la residencia oficial pasaba directamente por la construcción ilegal y, en su condición de gobernador “no podría cumplir diligentemente con mi deber si continúo pasando por dicho lugar como si nada ocurriese.”  Como Gobernador, John Jay acordó el inicio de acciones legales contra el herrero, pero a nivel estrictamente particular adquirió una pequeña parcela de terreno que ofreció  al herrero para que pudiese construir en dicho lugar su vivienda y el taller que constituía su medio de vida. “Se despejó el camino y Gregory construyó la tienda y casa en la tierra de Jay, donde continuó viviendo sin abonar renta alguna durante el resto de su vida.”

Dos lecciones de ética, probidad y ejercicio intachable de cargo público que, aún cuando tuvieron lugar en los cuatro años finales del siglo XVIII, pueden servir de lección hoy en día.

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