TEMPESTAD SOBRE WASHINGTON: VIBRANTE MUESTRA DEL CINE POLÍTICO.

Advise-and-Consent

Quien desee no sólo conocer el funcionamiento básico del sistema institucional norteamericano a la vez que pasar dos horas y veinte de auténtico entretenimiento, sin duda alguna no puede perderse el visionado de la magnífica Advise and consent (nuevo atentado del traductor español, dado que se distribuyó en la península bajo el título Tempestad sobre Washington), que dirigió en 1962 el gran cineasta Otto Preminger. El film adaptaba a la gran pantalla la novela homónima de Allen Drury, un cronista político estadounidense que había obtenido con dicha obra el premio Pulitzer. Curiosamente, aunque ninguno de los protagonistas de la novela son reales, sin embargo todos están basados en algunos relevantes miembros de la clase política norteamericana, y todas las situaciones descritas en la novela están sacadas de episodios reales auténticos a los que Drury se enfrentó como cronista político.

La trama de la película es aparentemente sencilla: el Presidente de los Estados Unidos (Franchot Tone) a quien jamás se le designa por el nombre, aunque casi al final de la cinta uno de los personajes se dirige a él como “Chuck” (en el doblaje español por ignotas razones se muta este diminutivo por el nombre “John”-) pretende nombrar a Robert A. Leffingwell (un Henry Fonda muy elegante en su sobriedad interpretativa) como Secretario de Estado, pero la intención presidencial choca con el necesario y constitucionalmente imperativo consentimiento del Senado (el principio constitucional del “advise and consent” que da título a la novela y al film) y se da la circunstancia de que el mismo partido al que pertenece el Presidente, y que es mayoritario en la Cámara, se encuentra muy dividido sobre el tema, entre otras cosas porque Leffingwell, una persona íntegra y alejada del mundo político que además tiene un elevado sentido del honor, no es ciertamente un hombre “de partido”. Robert Munson (magnífico Walter Pidgeon), senador por Michigan y majority leader, es el encargado de llevar a buen puerto el designio presidencial, ayudado para ello por su fiel escudero el senador Stanley Danta (Paul Ford), así como por Lafe Smith (Peter Lawford) senador por Rhode Island. Sin embargo, en la propia formación mayoritaria surge la voz de  Seabright Cooleigh (el gran Charles Laughton en su última aparición cinematográfico), veterano senador por Carolina del Sur (“Le atemoriza a uno. Cuarenta años en el Senado”, según dice su correligionario senador Stanley Danta), que en este caso une su voz a la del partido minoritario, tanto por un evidente desfase generacional como por un rechazo personal hacia el nominado, quien en el pasado le había humillado políticamente. Dado que el nombramiento no es automático, el asunto ha de ser sometido previamente a su conocimiento por el Pleno al debate y votación en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, que a su vez nombra un Subcomité para cuya presidencia es designado el senador Brigham Anderson (Don Murray), senador por Utah, frustrando así los deseos del senador Fred Van Ackerman (George Grizzard). En el seno de los procedimientos senatoriales en el subcomité, donde queda patente que Leffingwell tiene criterios propios y muy particulares (al sostener que no en todos los casos es necesario un conflicto bélico para solventar una disputa entre dos naciones), surge un foco de conflicto al comparecer como testigo Herbert Gelman (Burgess Meredith), quien acusa a Leffingwell de ser comunista. A partir de entonces la situación se desgrana en múltiples hilos argumentales: los deseos del senador Cooleigh por explotar dicho argumento para boicotear el nombramiento de Leffingwell, la tozudez del Presidente en sostener el nombramiento, el difícil equilibrio en el que ha de mantenerse el senador Bob Munson para lidiar con tan compleja situación, y la propia desventura del presidente del subcomité, el senador Anderson, que se ve sometido a un chantaje para que de luz verde a la designación de Leffingwell. Todo ello aderezado con brillantes sesiones en la Cámara Alta estadounidense. La última media hora, donde se solventan de un plumazo el resultado del chantaje y el designio final del aspirante a Secretario de Estado, es realmente apasionante.

Al comentar esta película, el jurista Miguel Ayuso dijo en cierta ocasión que el sistema norteamericano “te entra visualmente”. Y es cierto. No sólo porque gran parte de la cinta está ambientada en el interior de la Cámara del Senado (para recrear el cual se retomaron los decorados de la clásica Mr Smith goes to Washington), sino porque a través de sutiles comentarios deslizados en el momento oportuno se vienen a explicar reglas procedimentales y principios y normas constitucionales. Por ejemplo, que el vicepresidente de los Estados Unidos es Presidente nato del Senado pero que no es senador y únicamente vota en caso de empate, o que por ejemplo la llamada a quorum suspende todas las intervenciones. Pero muestra igualmente que en la alta política de Washington hay lugar para la honestidad a toda prueba y para las bajezas más abyectas, así como para la expiación sincera de las culpas. Buena prueba de ello son las intervenciones finales del senador Cooleigh entonando de manera brillante un mea culpa y solicitando expresamente el perdón de la cámara, y la réplica del senador Munson, no menos emotiva y donde recoge el guante lanzado por su correligionario a quien rehabilita ante todos sus colegas. De la misma forma que niega el perdón final al senador que había perpetrado el chantaje a Brigham Anderson, a quien lanza una de las filípicas más duras que se recuerdan al hacerse precisamente enfatizando la libertad: “En el Senado lo toleramos todo: prejuicios, fanatismos. El Senado está para tolerar la libertad. Pero usted nos ha deshonrado […] Afortunadamente nuestro país logra sobrevivir a patriotas como usted. Podríamos solicitar un voto de censura y expulsarle, pero conviene que las flaquezas de Brigham Anderson no salgan a relucir. Sean las que fueran. Se puede usted quedar solo….con su vergüenza!”

Lo cierto es que esta película tiene anécdotas curiosas y situaciones ciertamente divertidas. Por ejemplo, el personaje de Lafe Smith está lejanamente inspirado en John Fitzgeral Kennedy, y el actor que lo encarna, Peter Lawford, era miembro del clan Kennedy al emparentar por vía de matrimonio con dicha familia. Por cierto, que la presentación del senador no tiene desperdicio: cuando el majority leader se dirige al cuarto del senador Smith para solicitar su apoyo a Leffingwell y ve salir del mismo a una joven muy elegante, Bob Munson pregunta a Smith por qué no regulariza su situación, a lo que éste responde: “Perdería mi puesto. Fueron las mujeres solteras las que me votaron.” El personaje muy secundario del vicepresidente (que encarna Lew Ayres) le fue ofrecido nada menos que a Richard Nixon, que había ostentado el cargo entre enero de 1953 a enero de 1961 y que acababa de ser derrotado en las elecciones presidenciales de 1960. Aparece en un papel muy secundario la “chica de oro” Betty White en el que fue su debut cinematográfico. Hay auténticos senadores estadounidenses que tienen cameos en el film, y uno de los más divertidos es el del casi nonagenario Henry Fountain Ashurst (que, al igual que Charles Laughton, fallecería poco después de finalizar el rodaje) en el divertido rol del senador McCafferty, que siempre se queda dormido y que, al ser despertado, siempre lo hace al son de la frase: “Me opongo. Me opongo rotundamente.”

En definitiva, una magnífica película que sirve de forma indubitada para mostrarnos el funcionamiento básico del sistema institucional estadounidense. No se la pierdan!!!!!

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Un comentario el “TEMPESTAD SOBRE WASHINGTON: VIBRANTE MUESTRA DEL CINE POLÍTICO.

  1. Magnifica pelicula, el unico fallo de la misma es el titulo en Español, para matar al traductor del mismo. Ahora que todos los politicos y politologos se vuelven locos por la versión americana de House of Cards, deberían fijarse en esta obra maestra.

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