THE BEST MAN: DIGNIDAD POLÍTICA v POPULISMO DEMAGÓGICO EN LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE.

The best man

Seguimos aprovechando este tirón vacacional para revisar películas clásicas, y si en nuestro anterior post reseñábamos el film Advise and consent, y las maniobras políticas que tenían lugar en el interior de las instituciones de Washington relativas a la confirmación de un candidato a ocupar el puesto de Secretario de Estado, en esta ocasión analizaremos otra película que aborda igualmente la política norteamericana, pero en esta ocasión centrada no en el seno de las instituciones, sino en la convención de un partido que ha de elegir a su candidato a la presidencia de los Estados Unidos. El film en cuestión es The best man (en esta ocasión el traductor español respetó literalmente el título al traducirlo como El mejor hombre), la adaptación cinematográfica que en 1964 Franklin J Shaffner (que tan sólo cuatro años más tarde dirigiría la primera versión de Planet of the apes) hiciera de la obra dramática de Gore Vidal que con tanto éxito se había estrenado en Broadway.

Washington, convención de uno de los dos grandes partidos (sin que ni el film ni la obra de teatro especifiquen claramente cual de los dos). Son cinco las personas que pretenden alzarse con la nominación presidencial, siendo decisivo el apoyo del presidente Art Hockstader (Lee Tracy, que repite el papel que con éxito encarnara en los escenarios de Broadway). De entre los cinco candidatos, son dos los destacados: el secretario de Estado, William Russell (magnífico Henry Fonda, en un papel que en la versión teatral encarnaba el legendario Melvyn Douglas) y el senador Joe Cantwell (Cliff Robertson, que hereda un papel interpretado en los escenarios por Frank Lovejoy, que había fallecido pacíficamente mientras dormía un par de años antes). Russell es un hombre honrado, un intelectual que pretende efectuar una campaña centrado en el mensaje y en la ética política. En el otro extremo, Cantwell es un político sin escrúpulos que agita el miedo y que no duda en jugar sucio para allanarse el camino a la Casa Blanca. En los primeros minutos del film nos enteramos que el presidente en funciones, Art Hockstader, está muriendo, y pese a que inicialmente tenía previsto otorgar su apoyo a Cantwell (al creer que la honradez de Russell puede ser precisamente un obstáculo para impedirle tomar decisiones arriesgadas en momentos cruciales) cambia de opinión después de un tenso encuentro con el candidato, dejando así oficialmente la convención abierta sin candidato oficial, pero maniobrando entre bastidores a favor de Russell. Ya iniciada la campaña y al pelear por los votos de los delegados estatales, nos enteramos que Cantwell ha obtenido por medios ilícitos un informe sobre la salud mental de su principal oponente, quien poco tiempo atrás había sufrido una crisis nerviosa de la que hubo de ser tratado médicamente. Pese a lo ilícito de su origen y lo dudoso de su contenido, Cantwell se decide a utilizarlo facilitando una copia del mismo a cada una de las delegaciones estatales. No obstante, pronto la situación da un giro cuando el asesor de campaña de Russell encuentra un testigo que puede acreditar que el senador Cantwell, adalid del pensamiento ultrareligioso y paladín de la moralidad, ha tenido relaciones homosexuales durante la guerra. Russell se plantea si realmente ha de utilizar esa información y caer tan bajo como Cantwell lo que le lleva a una reflexión más profunda: si ha de combatir la indignidad con indignidad o mantenerse fiel a sus principios éticos. Aunque el presidente Hockstader le insta a que use esa información contra su rival, incluso advirtiéndole que de no hacerlo ello implicaría que no está preparado para estar en la alta política, Russell duda……

La obra plantea una de las cuestiones más profundas que subyace en el mundo de la alta política: dignidad y honradez frente a populismo demagógico y rastrero. Ningún rostro mejor que Henry Fonda para encarnar la integridad moral y apego a los principios de la ética política que representa William Russell (que según Gore Vidal está inspirado en Adlai Stevenson, quien por tres ocasiones fue un serio aspirante a lograr la nominación demócrata para la presidencia, siendo derrotado en las tres ocasiones por otros candidatos). En el otro extremo, Cliff Robertson da ese aire de demagógico populismo, incluso diríamos fanatismo que representa Joe Cantwell, que curiosamente no responde a una sola persona, sino a varias distintas y de varios partidos. Es evidente que tiene mucho de Richard Nixon en lo que se refiere al uso de la imagen y en el hecho de que, a diferencia de otros candidatos que provenían de alta cuna, tenía orígenes humildes (de hecho, en una escena del film el personaje de Russell apunta claramente a esa identificación cuando dice que “a este hombre no le compraría un coche usado”), pero también tiene no poco de Joseph McCarthy (agitación indiscriminada del miedo comunista) y, sorpresa sorpresa, de John Fitzgerald Kennedy, quien según parece retiró el saludo a Gore Vidal y rehusó todo contacto con él tras el estreno de la obra.

Las maniobras rastreras de Cantwell que desbordan con creces los límites de la moral y la legalidad, los juegos entre bambalinas de un muy enfermo presidente Hockstader (en esta ocasión, dentro de los límites del juego político tradicional, limitándose a actuar según las reglas de la oferta y la demanda a la hora de buscar apoyos) y el deseo de Russell de mantener su candidatura impoluta de toda sombra de sospecha de inmoralidad son el eje central de la obra, y las dos confrontaciones directas entre Russell y Cantwell, así como la conversación final entre el primero y un literalmente moribundo presidente Hockstader no tienen desperdicio. El desenlace sin duda alguna no dejará indiferente a nadie…

Otra gran obra cinematográfica ambientada en la política norteamericana. Imprescindible.

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