EL JUEZ COMO ÁRBITRO: CONFERENCIA DE LORD NEUBERGER SOBRE EL ROL DE LOS MAGISTRADOS.

Lord Neuberger

A la hora de reflexionar sobre el rol de los jueces tanto en relación al proceso como con las partes en liza, siempre es aconsejable desviar la mirada hacia el norte y tener en cuenta lo que al respecto acontece en Gran Bretaña. Y ello por una razón fundamental: al otro lado del canal de la Mancha la judicatura siempre ha sido una especie de garante o escudo protector de las libertades individuales frente a los abusos del poder, mientras que en el continente históricamente ha sido más bien al contrario, acentuándose la situación en nuestro país hasta extremos que el ilustre y veterano administrativista Jesús González Pérez ha incluido en su obra Responsabilidad patrimonial de las Administraciones Públicas una demoledora crítica sobre el respeto histórico que en general los jueces han tenido hacia “quienes en cada momento detentan el poder”. Por eso me llevé una grata sorpresa al encontrar un documento de sumo interés que deseo traer a colación: una breve conferencia que, con el título The role of the Judge: umpire in a contest, seeker of the truth or something in between? impartió el pasado 19 de agosto de 2016 Lord Neuberger,  presidente del Tribunal Supremo del Reino Unido. Y lo hizo en un marco adecuado: el Congreso que sobre Ética y Problemas de la Judicatura se celebró en Singapur. Se trata de un discurso breve (apenas diez páginas a doble espacio), muy asequible en su lenguaje y sumamente jugoso en cuanto a su contenido.

Para empezar, hace Lord Neuberger una reflexión que en nuestro país quizá suene un poco extraña: “it is quite right that judges should consider and discuss judicial ethics, and that they should do so not merely among themselves, but with legal and other academics and also with practitioners” (ciertamente, los jueces deben abordar y discutir la ética judicial, y deben hacerlo no sólo entre ellos, sino con otros profesionales del mundo legal y con los abogados). Debe superarse, por tanto, la visión gremialista, cerrada y, podríamos decir, casi doméstica (las discusiones familiares se ventilan en casa) que tradicionalmente ha hecho gala la judicatura, quizá porque en la mente de algunos (afortunadamente cada vez menos) se considere que el superar un proceso selectivo de indudable dureza justifica que nadie ajeno al estamento pueda entrar ni tan siquiera a considerar problemas del mismo. Afortunadamente, esta concepción está siendo desterrada con las nuevas generaciones. Pero Lord Neuberger continúa con otra reflexión que, sin duda, tiene su miga: “we judges should therefore be prepared, indeed eager, for the judiciary to be held at least to the same high standards as, and I would suggest higher standards than, the executive.” (los jueces debemos estar preparados, e incluso ansiar estarlo, para que la judicatura alcance, e incluso supere, los mismos niveles que el ejecutivo). Bien, quizá lo que en Gran Bretaña sea un listón muy alto aquí la clase política lo ha situado tan sumamente a ras de suelo que casi se puede afirmar que en nuestro país cualquier juez supera con creces los niveles de los integrantes no sólo del ejecutivo central, sino de los distintos ejecutivos autonómicos y locales.

Es curioso que Lord Neuberger aborde la reflexión sobre el papel del juez acudiendo a la tradicional visión del mismo como un “árbitro” entre las partes. Y digo que es curioso porque en el año 2005, en el procedimiento senatorial para su confirmación como chief justice de los Estados Unidos, John Roberts utilizó el mismo símil, que incluso desarrolló con una metáfora deportiva: “el público no acude a los acontecimientos deportivos para ver al árbitro.” Neuberger recoge, unas páginas más adelante, el símil del árbitro de un acontecimiento deportivo, aunque marcando las distancias: mientras éstos deben efectuar una decisión de forma inmediata y bajo una agobiante presión del ambiente, los jueces “normalmente tienen la ventaja de poder tomarse su tiempo para dictar sentencia”, a lo que añado yo que el juez toma su decisión en la soledad e intimidad de su despacho, por lo que aun cuando en algunos asuntos evidentemente existe una presión mediática o social, no puede compararse a la que tiene el árbitro, que es una presión ciertamente algo más “material” con los asistentes al evento físicamente presentes.

El juez es, por tanto, un árbitro imparcial, no alguien que tiene por objetivo la búsqueda de la verdad, como ocurre en el continente con los jueces de instrucción. No obstante, el ponente indica que, en su condición de “(veterano) juez del common law y antiguo abogado”, aunque esa tradicional visión del juez le parezca en cierta medida injusta, ha de ser la que adopten los jueces y magistrados: la de árbitros entre las partes, y no buscadores de la verdad. ¿Razones? “Es imposible establecer un sistema judicial que jamás tenga fallos”, y ello porque “en el proceso judicial intervienen seres humanos, y los seres humanos (y en esta categoría se incluye sin duda alguna a los jueces) son falibles a la hora de interpretar o aplicar las normas procesales. Todos los jueces justos saben que en algunas ocasiones creerán a un mentiroso y en otras no otorgarán credibilidad a una persona honesta, e incluso en algunas ocasiones errarán a asuntos jurídicos”. Es más, reconoce que incluso en los casos fácticamente simple, “puede ser muy difícil saber a quién creer”. A todo lo anterior, añade un elemento esencial que es muy difícil ver expuesto en boca de un magistrado: las “conscious and subconscious biases, and such biases will inevitably influence our assessment of evidence and, in particular, of witnesses” (las inclinaciones, conscientes e inconscientes, que de forma inevitable influirán en nuestra valoración de las pruebas y, en especial, de los testigos). Para ilustrar este polémico asunto, lord Neuberger no sólo pone un ejemplo práctico, sino que incluso con una elegancia y honestidad personal elige uno que vivió en primera persona: en los inicios de su carrera tuvo que enfrentarse a un anciano que en su declaración no era nada convincente, pero el propio juez se sorprendió al encontrarse que buscaba una justificación a las inconsistencias de su testimonio, algo que le llevó a preguntarse por qué lo estaba haciendo, para concluir que: “me di cuenta que su apariencia física y su lenguaje me recordaban a mi padre, que había fallecido recientemente, y que ello me inclinaba a su favor.”

También aborda aquéllos casos en los que el juez puede estar tentado de hacer una interpretación peculiar de la ley, e incluso de evitar su aplicación, cuando ésta lleve a resultados que puedan parecer injustos. “En cierto sentido, esto puede verse como un dilema ético, especialmente cuando la ley parece llevar a un resultado que parecería inmoral al no jurista. Pero como principio, el juez debe evitar de plano la tentación de orillar la aplicación de la ley en este caso. No sólo porque sería contrario a los deberes judiciales, e incluso al juramento prestado. Sería igualmente contrario a los intereses de cada parte a quien el juez está tratando de ayudar: la parte contraria apelaría y la beneficiada no sólo se vería derrotada, sino que tendría que abonar las costas de dos instancias” Quiere ello decir que el juez “has to be, and has to be seen, intellectually honest” (ha de ser, y ha de ser visto, como intelectualmente honesto).

En definitiva, que no se trata de buscar “la verdad” en un pleito, entre otras cosas porque en ocasiones la misma se encuentra tan oculta por hojarascas de documentos y pruebas que encontrarla es sumamente difícil incluso para ojos y oídos expertos. Quizá por ello, como indicó en su momento Alejandro Nieto en su clásico Desgobierno judicial, el Estado de Derecho propició desde sus inicios una retirada estratégica y desterró de sus fines el de impartir Justicia (con mayúsculas) situando en su lugar otro más sencillo como ofrecer una respuesta fundada en Derecho. Y es evidente que si las ideas de Justicia y Derecho deberían ir de la mano, es público y notorio que en ocasiones siguen caminos divergentes, y no siempre lo moralmente justo es adecuado a Derecho, y viceversa. Por ello, como dice Lord Neuberger, el juez debe limitarse a ser un árbitro. Claro que todos los aficionados al deporte estamos acostumbrados a ver como en los acontecimientos deportivos los árbitros no siempre actúan aplicando los mismos criterios, y que siempre unos mismos contendientes son sistemáticamente beneficiados cuando otros no lo son, y cómo a unos se les aplica el rigor extremo mientras que la benevolencia y la tolerancia rige con otros. Eso es, precisamente, lo que se trata de evitar. Y por ello esta conferencia de Lord Neuberger es tan importante. Por ser clara, sencilla y, lo que es mucho más importante, intelectualmente honesta.

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