BUENOS TIEMPOS PARA EL PODER JUDICIAL Y PARA LOS JUECES.

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La desafección de los ciudadanos hacia sus representantes políticos no es un fenómeno que se circunscriba exclusivamente al territorio español, sino que incluso en los Estados Unidos la percepción que se tiene de los poderes legislativos y ejecutivo no es ciertamente como para tirar cohetes. En unos medios como los españoles donde el presidente Barack Obama viene a ser algo así como un gurú o figura intocable por ser una especie de santo laico, la noticia que vamos a comentar pasaría claramente desapercibida, eso si no procediesen a censurarla lisa y llanamente.

Y es que paseando por el interesantísimo The FindLaw U.S. Supreme Court News & Information Blog, me encontré con una noticia publicada el pasado día 29 de septiembre de 2016, y cuyo titular era por sí significativo: Americans are starting to love the Supreme Court again, y cuyos tres párrafos iniciales traduzco para los lectores que no dominen la lengua inglesa:

Las cotas de popularidad del Congreso se encuentran bajo mínimos. Las elecciones presidenciales dejan poco que desear. En lo que respecta al gobierno federal, los estadounidenses no encuentran nada que les satisfaga, excepto el Tribunal Supremo.

 

El Poder Judicial es en este momento el más popular de los tres, con un Tribunal Supremo que es visto favorablemente por el sesenta por ciento de los americanos, según una encuesta efectuada por el Centro de Investigaciones Pew. El Tribunal supera así al Presidente Obama, que cuenta con un cincuenta por ciento de aprobados, y eclipsa absolutamente al legislativo, con un triste veinte por ciento de popularidad en la encuesta.

 

Tan favorables previsiones son particularmente dignas si tenemos en cuenta la impopularidad del Tribunal tan solo un año atrás, cuando en julio de 2015 un cuarenta y tres por ciento de los americanos no veía favorablemente a dicha institución, un resultado que se ligaba a las sentencias dictadas en el caso King v. Burwell (avalando la constitucionalidad de la reforma sanitaria de Obama) y Obergefell v. Hodges (reconociendo el derecho constitucional que tienen a contraer matrimonio las personas del mismo sexo)

Es evidente que a lo largo de su historia el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha tenido momentos gloriosos, épocas brillantes, situaciones no ciertamente dignas, momentos algo menos brillantes y en algunos momentos ciertamente puntuales ha vivido situaciones dignas de olvidar. Así, por ejemplo, el prestigio que John Marshall y su sucesor, Roger B. Taney, al frente del Tribunal Supremo se dilapidó no sólo con la trágica sentencia Dred Scott v. Sandford, sino por el nombramiento de una nulidad jurídica como Salmon P. Chase para suceder a Taney en 1864. Existen sentencias muy discutidas y que cuentan con partidarios y detractores, como por ejemplo la sentencia Lochner v. New York, las que anularon gran parte de la reforma con la que el presidente Franklin Roosevelt pretendió superar la crisis económica, las que tuvieron lugar en la era Warren (personificadas sin duda alguna en el Miranda v. Arizona) y Burger (este último concentrado en un único asunto, el Roe v. Wade) y otras en las cuales la opinión pública hoy en día es abrumadora en el sentido de rechazarlas (caso de Plessy v. Fergusson o Bush v. Gore) o aceptarlas (Brown v. Board of Education of Topeka, pese a que esta última sí que fue muy contestada en la época en que se dictó, sobre todo en los estados del sur). Sea como fuere, y sin perjuicio de esos paréntesis diminutos en sus dos largos siglos de existencia, el Tribunal Supremo goza de un amplio respaldo social y ha sabido ganarse a pulso la auctoritas cuando apenas carece de potestas. De ahí que a nadie con un mínimo de sentido común en la mollera se le ocurra decir en la orilla occidental del Atlántico que no va a cumplir o acatar una sentencia del Tribunal Supremo, como acaece en determinados territorios no muy lejanos en el espacio ni en el tiempo.

No obstante, conviene incidir en una semejanza y en una diferencia a la hora de efectuar esa valoración positiva:

1.- Tanto en Estados Unidos como en España en estos momentos hay un alto porcentaje de ciudadanos que valoran positivamente al Poder Judicial y a sus integrantes por encima de quienes componen los otros dos poderes. Ello obedece tanto a factores exógenos (el desprestigio de la clase política que nutre los poderes ejecutivo y legislativo) como endógenos (la profesionalidad de la judicatura en uno y otro país). En lo que a la lucha contra la corrupción política se refiere, ello ha influido en España, donde, en efecto, en los últimos años son los jueces quienes han venido demostrando que no todo vale, y el hecho de que la lucha efectiva contra la corrupción y contra los corruptos se ventile en sede judicial y no parlamentaria ha contribuido a mejorar la visión que el común de los ciudadanos tiene de los jueces. Bien es cierto que en algunos casos muy concretos a la aplicación de la ley y a los reproches no sólo jurídicos, sino morales, se unen ciertas condiciones personales del juez (ejemplos hay de instrucciones penales donde los jueces vienen de ocupar cargos de naturaleza política a los que fueron aupados por los dos grandes partidos). Pero lo cierto es que no siempre se fue tan eficaz y riguroso en la lucha contra la corrupción, algo a lo que, por el contrario, para los ciudadanos de los Estados Unidos es algo habitual el ver cómo políticos de uno y otro partido y por muy altos que se encuentren son procesados sin que a nadie le tiemble el pulso.

2.- Es curioso que negativa visión que de la institución judicial existía en los Estados Unidos hace tan sólo un año se vinculase a decisiones que en nuestro país se tendrían inequívocamente como “progresistas” o “avanzadas”, con toda la carga ideológica que a dichos ambiguos términos se suele atribuir. En efecto, el caso Obergefell v. Hodges, que vincula expresamente el derecho a contraer matrimonio entre personas del mismo sexo con un precepto constitucional, no contribuyó a robustecer la imagen del Tribunal Supremo norteamericano en suelo estadounidense (el hecho de que en nuestro país la prensa jalease tal sentencia en nada les sirve a los nueve jueces de la máxima instancia judicial norteamericana, si es que les llega a importar algo). Es más, la sentencia que avaló la constitucionalidad de la reforma sanitaria si alguna consecuencia trajo fue el hecho de que un nada despreciable sector de la población cuestionó al chief justice John Roberts, persona muy conservadora pero que en esta ocasión se inclinó por avalar las tesis del ejecutivo, si bien con una sentencia interpretativa de rechazo que reposaba en unos sólidos argumentos jurídicos

En definitiva, que allá y acullá corren buenos tiempos para jueces y Poder Judicial. Es de esperar que no dilapiden ese caudal de popularidad y esa corona de hierba que se les ha otorgado en forma de valoración positiva en las encuestas. Ahora bien, convendría que, al igual que sucedía con los generales romanos a quienes se agasajaba con un desfile triunfal por las calles de la urbe, la persona que sostenga esa corona de hierba repita a los distintos jueces y magistrados la misma frase que se les repetía en plena aureola de vítores, flores y agasajos a los caudillos victoriosos del ejército romano: “recuerda que eres mortal.”

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