RAMIRO DE MAEZTU Y ANTONIO MACHADO REIVINDICAN LA HISPANIDAD.

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Ayer día 12 de octubre se celebró, como todos los años, la fiesta de la hispanidad. Tantas manifestaciones se han efectuado, con tanta hojarasca en uno y otro lado, que no queda más remedio que efectuar una serie de precisiones.

El día 12 de octubre tradicionalmente se conmemoraba el “día de la raza”. Fue un sacerdote católico vasco, Zacarías de Viczarra, quien propuso sustituir dicho término por el de Hispanidad, y lo hizo en un artículo titulado La hispanidad y su verbo, publicado en Buenos Aires en el año 1926. Con ello, lo que se pretendía era conmemorar no una conquista ni una colonización, sino un acontecimiento que enlazó a dos continentes, y en modo alguno ni el término ni la festividad preconizados por Vizcarra implicaban otra cosa que una simple comunidad cultural. Fue en dicho lugar donde el escritor vasco Ramiro de Maeztu (que por aquel entonces desempeñaba el cargo de embajador español en Argentina), tomó contacto con el mismo y lo importó a nuestro país, donde en la revista Acción Española fue publicando por entregas varios trabajos que ulteriormente publicaría en forma de libro, su célebre Defensa de la hispanidad. Puede que haya quien crea que como Ramiro de Maeztu experimentó una evolución que le llevó de su socialismo inicial hasta el conservadurismo de sus últimos años (en los que da a luz el título indicado) y el hecho de provenir el vocablo hispanidad de un sacerdote católico el mismo implica algo retrógrado o cavernícola. Pues bien, en la introducción que Federico Suárez hace a la edición del citado libro de Maeztu que Rialp publicó en 1998, transcribía una carta que Antonio Machado, nada sospechoso de derechismo, envió a Maeztu, y que decía lo siguiente:

Querido Maeztu: Con todo el alma le agradezco el envío de su hermoso libro Defensa e la Hispanidad, que he leído y releo con deleite. Sigo su obra con gran interés desde los días en que todos pecamos algo contra la hispanidad. Lo que juzgo difícil, querido Maeztu, es que se despierte en España una corriente de orgullo españolista parecida al patriotismo de los franceses o de otros pueblos. Cuando el Cid Campeador de nuestro poema se dispone a combatir con los moros que tienen cercada Valencia, llama a su mujer y a sus niñas para que vean –dice él- “cómo se gana el pan” El heroísmo español suele tener esa elegancia de expresión. Y es que el español, y especialmente el castellano, tiene “el orgullo  modesto”, quiero decir, el orgullo profundo, basado siempre en lo esencial humano, que no puede ser español, ni francés, ni teutón. En esta opinión, me confirma la lectura de su libro. Sólo un español es capaz de pensar como nuestros conquistadores de América, que un indio no sea un ser superior. “Nadie es más que nadie”, reza un proverbio castellano, y lo que se quiere decir en el fondo es esto: por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre. También es cierto que esa sobreestimación de lo humano tiene el fondo religioso cristiano que usted señala. Pero por eso mismo no es fácil que salgamos por el mundo a darnos pisto de españoles; y si sacamos la espada, antes será por Dios o por el diablo que por España. Porque España ha sido siempre muy poca cosa para un español. Tal vez sea ésta la causa de nuestra decadencia actual y de nuestra pasada grandeza. Aun todavía, si habla usted de las banderas de Cristo, encontrará usted quien le siga; con la bandera española no entusiasmará usted a nadie. No quiero molestar más su atención, sino expresarle el placer con que leo sus obras, mi creciente admiración y mi antigua amistad. Siempre suyo, Antonio Machado.

No deja de ser tan lúcido como descarnado el análisis que el grandísimo poeta sevillano hace de la situación. Y téngase en cuenta que cuando escribió dichas líneas los políticos de uno y otro signo jamás rehuían el referirse explícitamente a España, ni renegaban de la misma. Pero si el delicado autor de Campos de Castilla pudiera contemplar la situación actual qué no diría si ya en 1934 reconocía amargamente que “España ha sido siempre muy poca cosa para un español.”

No quisiera finalizar este post sin referirme las reivindicaciones que de la población indígena americana han efectuado algunas destacadas personalidades. Desde que Juan Jacobo Rousseau con su obra reivindicase el “buen salvaje” y el hombre feliz en su estado de naturaleza, se piensa por inercia que todo ser incivilizado ha de ser bueno por naturaleza. No es cierto, pero ni los habitantes del centro y sur de la América precolombina estaban sin civilizar ni los mismos tenían una bondad a toda prueba. Bastaría que cualquier lector interesado se sumergiese en la Historia verdadera de la conquista de Nueva España (esa magnífica crónica redactada por Bernal Díaz del Castillo) o incluso en la magnífica novela El dios de la lluvia llora sobre México (cuyo autor, Lazslo Passuth, era un especialista en culturas precolombinas) para comprobar que los habitantes del continente americano tenían su propia cultura, en ocasiones muy avanzada, y que incurrían en los mismos vicios que sus hermanos del continente europeo, pues, por ejemplo, existían en Tenochtitlán sacrificios humanos, y había enfrentamientos entre facciones y pueblos rivales como había en el viejo continente con las distintas naciones. Es cierto que gran parte de la población indígena pereció a consecuencia de las enfermedades importadas por los europeos, de la misma forma que en La guerra de los mundos, la célebre novela de Herbert George Wells (por cierto, traducida a nuestro idioma por Ramiro de Maeztu), la avanzada civilización alienígena no era derrotada por las armas terrestres, sino por algo tan diminuto como las bacterias terrestres. Pero no es menos cierto que ni esa fue la intención de los colonizadores ni podían, con el insuficiente desarrollo de la ciencia médica, ser conscientes de tal circunstancia.

La historia de la conquista española de América tiene sus luces y sus sombras, y tan inexacta es la leyenda blanca como la negra. Pero en modo alguno hay que avergonzarse de una página esencial de nuestra historia que, como todas, tiene sus aspectos más y menos brillantes.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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