VEINTE AÑOS DESPUÉS……SE PUBLICA UNA CORRECCIÓN DE ERRORES EN EL BOE.

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Si la voz inigualable de Carlos Gardel entonaba aquel melancólico tango Volver, en el que decía aquello de “que veinte años no es nada” y si los célebres mosqueteros regresaban Veinte años después, el Boletín Oficial del Estado del sábado día 15 de octubre de 2016 nos trae una curiosísima Disposición: la Corrección de errores del Instrumento de ratificación del Tratado de la Unión Europea, hecho en Maastricht el 7 de febrero de 1992. Es decir, que se detectan los errores la friolera de un cuarto de siglo después de la aprobación del mismo y veintitrés años después de su publicación oficial en nuestro país. Creo sinceramente no equivocarme si digo que no habrá ejemplo de error que haya permanecido más tiempo sin subsanar, aunque todo pudiera darse en esta viña del Señor.

Estamos en una época no ya de legislación motorizada, sino de emanación normativa supersónica, donde los distintos boletines oficiales, ya sean estatales o autonómicos, vomitan literalmente en sus páginas leyes, Reales Decretos Legislativos, Reales Decretos Leyes, Reales Decretos, Órdenes, Resoluciones, todos ellos con cada vez peor técnica legislativa. La extensión normativa es tal que sólo su volumen espanta, haciendo no ya desde el punto de vista intelectivo, sino desde el punto de vista físico imposible a cualquier persona el conocimiento aun cuando sea únicamente somero de la regulación existente en determinada materia. El recordado maestro Eduardo García de Enterría hablaba en el primer volumen de su Curso de Derecho Administrativo de la placidez que existía en otros ordenamientos jurídicos distintos del administrativo, expresión que no eliminó en ninguna de las ediciones de su obra, aunque ya en las últimas tal afirmación no pasaba más que de ser un pío deseo, pues bastaría referirnos a la pléyade de normas que en los últimos años han sufrido el Derecho Civil, el Penal y el Mercantil, terror de los opositores y quebradero de cabeza para los juristas prácticos. Esa incontinencia normativa tanto del legislador como del ejecutivo provoca inexcusablemente errores y erratas que cada vez con más frecuencia se deslizan en el texto final publicado. En ocasiones, tales incidencias son debidas a los “duendes del procesador”, herederos legítimos de los antaño tan célebres como temidos “duendes de la imprenta”, que han traído en jaque a más de un ilustre periodista y escritor. Otros son menos inocentes, y se deben precisamente a la escasísima o nula calidad técnica de los productores, donde cada vez anidan más las víctimas de la L.O.G.S.E. Aunque lo deseable sería que los errores, erratas e inconsistencias se eliminaran ex ante, lo lógico es que, si se admite la inevitabilidad de los mismos, cuando menos se cauterice de forma inmediata la herida. Sin embargo, el caso que comentamos se lleva la palma, de tal manera que la herida ha permanecido abierta durante más de veinte años, pese a que sea una herida luminosa, por utilizar un célebre título de José Luís Garci.

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