EL COMENTARIO DE LA JUEZ GINSBURN SOBRE TRUMP: FILIAS Y FOBIAS DE LOS JUECES.

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Los jueces, como el resto de las personas, tienen sus filas y sus fobias, sus simpatías y sus antipatías, sus preferencias y, evidentemente, sus inclinaciones políticas. Quien diga que un juez no tiene simpatías políticas miente. Cosa distinta es, y aquí estamos de acuerdo, que por la especial posición que ostentan deban mantenerse alejados de todo conflicto con las ramas democráticamente elegidas y, por tanto, ceñir sus opiniones sobre esos temas al ámbito estrictamente privado donde, evidentemente, sería no ya desproporcionado, sino inquisitorial prohibirles toda manifestación al respecto. Siempre y cuando el juez en sus resoluciones se atenga estrictamente a la ley es irrelevante que sus simpatías se inclinen a uno u otro lado del espectro político, o que en temas de gran calado social tenga una u otra opinión; lo grave es cuando esas inclinaciones del juez son públicas y, además, se traslucen claramente en su cotidiano quehacer, algo que no es ciertamente frecuente, pero que en alguna que otra ocasión ocurre y, curiosamente, siempre suele ser en los mismos lugares: los juzgados centrales de instrucción.

Viene la anterior reflexión a raíz de la polémica que tuvo lugar en los Estados Unidos a raíz de unas manifestaciones de Ruth Bader Ginsburg, juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, sobre el polémico candidato republicano Donald Trump, a quien calificó públicamente de “faker” (farsante). El epíteto en sí no es que fuera objetivamente grave, incluso pudiera decirse que era ciertamente benévolo si se compara con los calificativos que otras personas lanzan frente al republicano, pero lo grave no era el término, sino la procedencia o el origen del mismo. De ahí que la propia juez, tan sólo dos días más tarde, tuviera que disculparse y reconocer que su comportamiento fue inapropiado: “I did something I should not have done […] On reflection, my recent remarks in response to press inquiries were ill-advised and I regret making them […] Judges should avoid commenting on a candidate for public office. In the future I will be more circumspect” (Hice algo que no debía […] Tras meditarlo, mis declaraciones en respuesta a varias preguntas fueron inapropiadas y lamento haberlas efectuado […] los jueces debemos evitar hacer valoraciones sobre un candidato. En el futuro, seré mucho más prudente). Disculpas que honran a la juez, sobre todo si uno se pregunta qué hubiera ocurrido en nuestro país, donde lo más posible es que se hubiera producido un sostenella y no enmendalla.

No es infrecuente que determinados antagonismos sean públicos y notorios. El juez John Marshall y el presidente Thomas Jefferson eran enemigos nada cordiales, pese a que fuesen (o quizá precisamente por serlo) parientes lejanos. Roger B. Taney y Abraham Lincoln chocaron en varias ocasiones, lo mismo que Charles Evans Hughes y Franklin D. Roosevelt. James McReynolds, juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos entre 1914 y 1941 llegó a referirse al presidente Roosevelt en privado como “son of a bitch”. Sandra Day O´Connor también se refería en privado a los republicanos como “los nuestros”. Era público y notorio que las relaciones entre Bill Clinton y el chief justice Rehnquist si bien cordiales en la forma, distaban mucho de serlo en cuanto al fondo, y el único comentario que trascendió sobre lo que opinaba de Bill Clinton fue una jocosa referencia histórica cuando se rumoreaba que el presidente demócrata meditaba nombrar a su mujer Secretaria de Estado, ante lo cual Rehnquist simplemente aseveró: “Caligula named his horse Counsel of Rome” (Calígula nombró cónsul a su caballo). Pero una anécdota revelada tras la muerte de quien fuera chief justice demuestra hasta qué punto respetaba las formas: en cada elección presidencial, Rehnquist y tres de sus amigos solían hacer apuestas simbólicas acerca de quién sería el vencedor de los comicios; no obstante, cuando las elecciones del año 2000 se demostraron tan reñidas, Rehnquist manifestó a sus amigos que ese año no participaría en esa apuesta privada para el caso que el asunto pudiese judicializarse y llegar al Tribunal Supremo. Por cierto, que Ruth Bader Gisnsburn, mujer de apariencia frágil pero cuya diminuta figura encubre una voluntad de hierro y que supo sobreponerse a las numerosas adversidades a que hubo de enfrentarse durante toda su vida (entre ellas, su lucha contra el cáncer) pese a encontrarse ideológicamente en las antípodas de  William Rehnquist, siempre habló maravillas del chief justice, de quien dijo que fue el “mejor de los jefes” que había tenido, y de quien jamás olvidaría todas las ayudas y apoyos que le ofreció a todos los niveles cuando ella hubo de luchar contra el cáncer.

Ginsburn quizá pecó de imprudente, pero si algo le honra es la celeridad de su reacción, disculpándose y manifestando lo erróneo de su proceder. Con todo, la prensa está haciendo una campaña pro Clinton absolutamente escandalosa amén de hipócrita. Que Donald Trump deja mucho que desear es evidente y no necesita de más explicaciones al ser un hecho público y notorio. Pero algunas de las imputaciones que se le realizan son, cuando menos, chocantes. Por ejemplo, la continua y machacona insistencia en sus comentarios contra las mujeres. Es cierto que son lamentables, pero no es menos cierto que las mismas tuvieron lugar en un célebre programa de televisión, el de Howard Stern, donde las manifestaciones del candidato republicano parecerían emanar de una monja de clausura si se las compara con las más suaves afirmaciones que en dicho espacio realizan el presentador o cualquiera de sus colaboradores, y no he visto a nadie escandalizarse por ello, ni por el tratamiento que se da a las mujeres en dicho espacio. Y ello por no añadir que toda referencia al menosprecio a las mujeres por alguien que lleve el apellido Clinton no deja de ser un sarcasmo teniendo en cuenta el lascivo pasado del ex mandatario demócrata y la huella que ha dejado en el sector de la población femenina desde sus tiempos de gobernador en Arkansas. Y es que hasta el genial maestro Francisco Ibáñez, en la historieta que lleva por título Impeachment, donde el fiscal Carcamal desea expulsar al Superintendente Vicente de su cargo en la T.I.A. (“Impeachment! Proceso! Que me van a sacudir un cacho proceso como al Clinton ese”, dice el Super), ante el fracaso del procedimiento ironiza sobre la situación que existía en la Casa Blanca y los gustos presidenciales cuando el fiscal concluye: “Impeachment a hacer gárgaras. Habrá que traer aquí una becaria rolliza…”

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