REFLEXIONES SOBRE LOS COMICIOS PRESIDENCIALES EN ESTADOS UNIDOS

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Aunque teníamos previsto abordar la segunda parte de nuestro anterior, post, la rabiosa actualidad de lo acontecido en las elecciones presidenciales norteamericanas celebradas el pasado martes día 8 de noviembre de 2016 impone un análisis que pretende cohonestar aspectos jurídico-constitucionales, políticos e históricos acerca de la naturaleza de los comicios presidenciales en los Estados Unidos.

1.- JURÍDICO-CONSTITUCIONALES.

A.- Ausencia de elección directa presidencial. Ha de partirse de un hecho no por básico bastante olvidado: no existe en los Estados Unidos una elección directa del Presidente, y ello es así porque los founding fathers se mostraban tan recelosos de un Jefe de Estado dependiente hasta la médula del Parlamento, como de una elección presidencial directa que pudiera facilitar a un demagogo invocar la legitimidad popular directa frente a las propias Cámaras legislativas. Por ello, idearon la fórmula del Electoral College, según la cual serían los compromisarios (electors) elegidos por cada estado (en la forma en que la legislatura estatal legalmente estableciera), quienes elegirían al máximo responsable del ejecutivo federal. Los compromisarios de cada estado se reunirían en la capital de dicho estado (no hay una reunión física del Electoral College más allá de esta reunión de los compromisarios estatales), y emitirían dos votos, uno de los cuales habría de ser para una persona que no fuese residente en el Estado. Con ello se pretendía garantizar que fuesen personas de una alta estimación y de amplio reconocimiento quienes ostentasen el cargo. No obstante, este sistema quebró con la aparición de las facciones republicana y federalista, germen de los futuros partidos políticos, y la práctica del electoral ticket, es decir, una coalición electoral entre dos personas del mismo partido en virtud del cual uno se presentaba como candidato a la presidencia y otro para la vicepresidencia. Fue lo que ocurrió desde 1796, y que llevó a una crisis constitucional gravísima en 1800, cuando Thomas Jefferson y Aaron Burr (candidatos de una misma facción, la republicana –pese a la denominación, hoy equivalente al Partido Demócrata-) empataron a voto compromisario y la elección final hubo de recaer en la Cámara de Representantes. La Duodécima enmienda constitucional solventó el problema imponiendo la distinción en el voto, de manera que se separase el de la Presidencia del de la Vicepresidencia.

Otro dato a tener en cuenta es que el compromisario no está ligado por mandato ni vinculado a orden alguna, de manera que sería jurídicamente posible que el mismo emitiera libremente su voto sin ajustarse a la candidatura para la que fue elegido. No obstante, el que sea jurídicamente posible no implica que ello sea políticamente aconsejable, salvo en supuestos muy extremos, como ocurrió en las elecciones presidenciales de 1796 donde, para evitar el empate a voto entre los candidatos federalistas a la presidencia y a la vicepresidencia, uno de ellos votó por otra persona.

B.- Consecuencias de la existencia del Electoral College.

La existencia del anacrónico Electoral College determina o implica que no necesariamente el candidato más votado sea finalmente el elegido, porque lo que facilita el acceso a la Casa Blanca es el voto compromisario y no el voto popular. Quizá suene extraño, pero es así.

C.- Importancia de la separación de poderes y los frenos y equilibrio.

Estados Unidos es un ejemplo de interpretación bastante eficaz en la práctica de equilibrio de poderes en una doble vía. La primera, se divide entre el poder federal y el de los estados, de manera que son las instituciones estadounidenses federales las que tienen competencias tasadas (las que refleja el texto constitucional) permaneciendo en manos de los estados las no atribuidas expresamente en dicho documento al Congreso de los Estados Unidos. Pero existe un equilibrio muy detallado entre los tres poderes federales, de tal manera que legislativo, ejecutivo y judicial han logrado evitar que uno de los poderes prevalezca sobre ellos.

2.- POLÍTICOS.

Desde el punto de vista político, el candidato republicano hacía una campaña que tenía en su contra no sólo a los grandes medios de comunicación (alineados casi in totum hacia el lado demócrata), sino a parte de la misma formación por la cual se presentaba. Por el contrario, la candidata demócrata era un producto más rancio del establishment político norteamericano, los fondos obtenidos por la misma triplicaban los obtenidos por el republicano y los medios de comunicación la apoyaban de forma casi unánime. Algunas de las manifestaciones de las acusaciones efectuadas hacia Donald Trump eran ciertamente curiosas viniendo de quien venían, pues a sarcasmo y no a otra cosa puede sonar que alguien que lleva el apellido Clinton hable de respeto hacia las mujeres. La candidata demócrata apeló sobre todo al voto femenino e inmigrante, mientras que el republicano apeló al nacionalismo estadounidense frente a la casta política tradicional, a la que atacó de forma inmisericorde. Por cierto, no deja de ser curioso que en las naciones de la vieja Europa las formaciones “del cambio”, las que criticaron de forma inmisericorde a la “casta política” manifestaran abiertamente su apoyo a la candidata que reflejaba las peores costumbres de la casta política estadounidense, la que podríamos denominar la niña mimada del establishment. Bien es cierto que la influencia de esas opiniones en Estados Unidos suelen ser nulas, y si a algo se asemejan es a aquel redactor de periódico que, en la época franquista, se sentó a su mesa impertérrito afirmando: “Voy a hacer un editorial que se van a enterar en el Kremlin.” También queda con ello manifiesta la evidente sensación de superioridad de algunos, que poco más o menos tienen de los estadounidenses la misma opinión que de ellos manifestaba en El árbol de la ciencia (la célebre novela de don Pío Baroja) el padre de Andrés Hurtado: los estadounidenses eran todos unos vendedores de tocino que al ver a los primeros soldados españoles tirarían las armas y echarían a correr.

Aun dándose tan grave desproporción, el republicano logró la victoria, inclinando de su parte a los denominados key state, alguno de los cuales supone un auténtico triunfo, dado que por ejemplo el estado de Pennsylvania no se inclinaba hacia los republicanos desde las elecciones presidenciales de 1988, es decir, desde hace veintiocho años. Es evidente que se trata de simplificar mucho la situación, llevando a caricaturas personales que distorsionan la perspectiva. Pero lo cierto es que el mensaje populista y nacionalista de Trump guste o no ha calado en una gran capa de la población. Y es curioso que Hillary Clinton haya sido la primera candidata derrotada que demoró su concession speach durante más de diez horas.

Eso sí, pasadas las elecciones, los discursos tanto del candidato victorioso, como de la candidata derrotada y del presidente en funciones han sido impecables: llamamiento a la unidad y al patriotismo. Sorprendió en Trump, tras sus virulentos ataques en la campaña hacia su rival, el elogio hacia la misma pronunciado en plena celebración triunfal, de igual forma que Obama recordó las diferencias políticas que él y Bush jr habían tenido que no impidió un pacífico traspaso de poderes.

El resultado electoral sí que tendrá su proyección en el Tribunal Supremo, dado que la vacante que dejó Antonin Scalia será cubierta presumiblemente por alguien ideológicamente afín al fallecido juez. Merrick Garland, el candidato propuesto por Obama en marzo del año pasado, verá como su nombramiento caduca sin que el Senado de los Estados Unidos se haya dignado siquiera establecer un hearing para escuchar sus propuestas lo cual, si bien es políticamente válido, no deja de ser un gesto de mala educación.

3.- HISTÓRICOS.

La prensa española, en su descarada toma de partido por la candidata demócrata, ha efectuado a lo largo de la campaña y, sobre todo, al conocerse la victoria del candidato republicano, afirmaciones que no responden a la verdad. La más grave fue la de afirmar que Donald Trump es el primer Presidente que llega a la Casa Blanca sin experiencia política previa, lo cual supone que los autores de dicha afirmación no deben estar familiarizados con las figuras tanto Ulises S. Grant como Dwight Eisenhower, los dos militares que llegaron a la Presidencia, ninguno de los cuales había ocupado responsabilidades políticas con anterioridad (en el caso de Ike pudiera decirse que ocupó el cargo de Gobernador de la zona americana en Alemania tras la victoria de los aliados, pero no dejaba de ser un puesto militar, y no político). Esos mismos medios inciden también para tratar de mitigar la derrota que el voto popular mayoritario se inclinó del lado de la candidata demócrata. Pues bien, el hoy idolatrado Abraham Lincoln en alguno de los estados del sur no logró ni un solo voto popular, y su victoria se debió a que los demócratas dividieron su voto, pues el sur presentó su propio candidato. Olvidan también que la diferencia de votos en las elecciones presidenciales de 1960 entre John F. Kennedy y Richard Nixon apenas sobrepasó los cien mil votos (Kennedy logró 34.220.984 y Nixon 34.108.157) y con más que fundadas sospechas de que en el estado de Illinois, y más concretamente en Chicago, Kennedy logró la victoria por medios nada limpios (algo que reconoce incluso Andrew Gumbel en su obra Steal this vote, en el apartado que dedica a estos comicios); no obstante lo cual tan reducida diferencia se tradujo en una enorme disparidad en voto compromisario bastante parecida, por cierto, a la de las elecciones presidenciales de 2016, puesto que Kennedy logró 303 votos electorales mientras que Nixon sólo obtuvo 219.

Otro asunto que se suele olvidar es que el Partido Republicano nació en 1854 precisamente para evitar la extensión de la esclavitud en territorio norteamericano, y que fue una gran parte del Partido Demócrata (no todo, justo es decirlo, pero gran parte) quien no sólo se alió con los esclavistas, sino que apoyó precisamente la home rule durante más de un siglo.

4.- CONCLUSIÓN.

El 4 de marzo de 1801, el republicano Thomas Jefferson ponía fin a un lustro de dominio federalista, inaugurando la época que se conocería como “dinastía de Virginia” (presidencias de Thomas Jefferson, James Madison y James Monroe). Cuando tras unos comicios francamente duros y tras una crisis constitucional de primer orden, finalmente el virginiano (por cierto, una de las personas más hipócritas que ha dado la política norteamericana) pronunció su discurso inaugural, hizo un llamamiento a la unidad con una frase que se ha hecho justamente célebre: “We are all republicans; we are all federalist.” Quería incidir con ello en una nota distintiva del carácter estadounidense: por encima de divisiones, querellas intestinas o similares, todos son estadounidenses. En eso radica su gran logro.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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