SENTENCIA DEL JUZGADO CENTRAL DE LO CONTENCIOSO SOBRE LA SANCIÓN AL SEVILLA: LOS ESPECTADORES COMO “GRUPO SALVAJE”

grupo-salvaje

No suelo abordar temas relativos al “deporte rey”, más que nada porque aunque uno tiene sus evidentes filias y preferencias (nunca he ocultado mis simpatías por el Atlético de Madrid), hace ya casi dos décadas que abandoné la militancia activa como socio de una formación deportiva, y la excesiva dosis futbolística que en la actualidad se ofrece a los ciudadanos en forma de continuas inyecciones de encuentros derivados de las competiciones de liga, copa, Champions, Eurocopa, Mundial (cualquier día emitirán ya hasta los entrenamientos) me han ocasionado una sensación de hartazgo tal que en la actualidad he optado por ejercer libremente mi derecho a no visionar ningún encuentro futbolístico. Si a ello se añade que debo ser la única persona en nuestro país que expresamente confiesa su profunda ignorancia en la materia, ello me convierte en una auténtica rara avis. No obstante, en ocasiones el fútbol y el Derecho se tocan, y en esos casos sí que cabe hacer alguna que otra observación, más que nada desde el punto de vista jurídico y social, más que deportivo.

Por ello, cuando a través de internet pude acceder a la recentísima Sentencia 147/2016 de 21 de noviembre del Juzgado Central de lo Contencioso-Administrativo número Tres, que confirma la sanción de nueve mil euros impuesta al Sevilla Club de Fútbol por los acontecimientos sucedidos en el encuentro que tuvo lugar el 7 de noviembre de 2015 entre dicho equipo y el Real Madrid, confieso que mi asombro no alcanzó límites. Y aclaro que lo que me produjo es asombro (en su acepción de “susto, espanto”) y no sorpresa como acción y efecto de sorprender (ya sea ésta en su acepción de “pillar desprevenido” o “conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible”), pues los Juzgados Centrales de lo Contencioso-Administrativo han alcanzado un grado tal de deferencia con la Administración que podrían mutar su nomenclatura por la de “Direcciones Generales” y probablemente se adecuarían más a la naturaleza última de sus resoluciones.

Como siempre, precisaremos los hechos en los que el asunto trae causa para, ulteriormente, hacer un comentario sobre los razonamientos de la sentencia que, lo digo con absoluto respeto pero con total firmeza, adolecen no sólo de un simplismo atroz, sino de un alejamiento de la realidad tan flagrante que son totalmente inexplicables salvo por criterios absolutamente ajenos al mundo del Derecho

1.- HECHOS. Los hechos son en principio sencillos y probablemente de todos conocidos debido a la trascendencia que los mismos adquirieron debido a la relevancia mediática, más que de uno de los clubes, de uno de sus jugadores, a quien la prensa escrita, radiofónica y audiovisual ha sobreprotegido hasta extremos rayantes en el fetichismo. En la undécima jornada del Campeonato Nacional de Liga 2015-2016, durante el encuentro que tuvo el día 7 de noviembre de 2015 entre el Sevilla Club de Fútbol y el Real Madrid, un sector del público entonó a coro en varios momentos del partido los cánticos “ese portugués, hijo de puta es” [sic], “Sergio Ramos, hijo de puta” [sic] y “písalo, písalo” cuando uno de los jugadores rivales se encontraba tendido en el suelo. A consecuencia de tales hechos, se inicia un procedimiento sancionador frente al Sevilla Club de Fútbol, que finaliza con una resolución que impone al club una multa de 9.000 euros por incurrir en el tipo infractor previsto en el artículo 107.2 del denominado Código Disciplinario Federativo, precepto cuyo tenor literal es el siguiente: “La pasividad en la represión de las conductas violentas, xenófobas e intolerantes, cuando por las circunstancias en las que se produzcan no puedan ser consideradas como infracciones muy graves conforme al apartado anterior será considerada como infracción de carácter grave y podrán imponerse las siguientes sanciones: Sanción pecuniaria para los clubes, técnicos, futbolistas, árbitros y directivos en el marco de las competiciones profesionales, de 6.001 a 18.000 euros.”

2.- ALEGACIONES DE LAS PARTES EN EL JUICIO. El Sevilla Club de Fútbol negaba el cántico relativo a Cristiano Ronaldo, reducía a un mero insulto las expresiones vertidas frente a Sergio Ramos y mantenía que la expresión “písalo, písalo” era, utilizamos los términos de la sentencia “un homenaje a un mítico entrenador del club demandante, hechos en tono de humor y no con carácter ofensivo”. La defensa del Estado se opone argumentando que, citamos textualmente la frase de la sentencia: “existen ya resoluciones de los distintos Juzgados Centrales sobre este mismo club en un sentido otras en otro, pero que hay que atender a cada caso concreto siendo un hecho incontrovertible que existen hasta 12 procedimiento sancionadores instruidos a este club por sucesos semejantes con lo cual difícilmente pueden estimarse adecuadas las medidas de prevención adoptadas al respecto.” En ese término se mueve el debate procesal.

3.- LA CUESTIÓN JURÍDICA A RESOLVER. Negar la realidad de los hechos, es decir, que se profirieron las expresiones, sería ridículo y temerario, en cuanto fueron públicos y notorios. Lo determinante a la hora de resolver este asunto, es muy sencilla: ¿Constituyen las expresiones proferidas por un sector de la grada manifestaciones de violencia, racismo, xenofobia o intolerancia?

4.- RESPUESTA DE LA SENTENCIA.

Con carácter previo, es cuando menos chocante que el magistrado acuse en la novena página de la sentencia que el demandante incluya  alegaciones en el apartado “hechos” y no en los “fundamentos de derecho”…..cuando Su Señoría incurre precisamente en el mismo comportamiento pero a la inversa, pues los fundamentos jurídicos primero a cuarto son más propios de una narración fáctica que de un razonamiento en Derecho.

Pero en lo que respecta al interrogante clave para la resolución del caso, Su Señoría Ilustrísima cita una sentencia anterior del mismo órgano jurisdiccional, y transcribe un párrafo de la misma que no tiene desperdicio. Atención a lo que dice: “el tipo infractor refleja distintos y amplios comportamientos punibles mas no por eso estos hechos quedan fuera de su alcance, sino dentro del mismo; bien puede entenderse los sucesos como un conjunto de manifestaciones violentas en tanto que ilustran de la fuerza, ímpetu o de la ira de una multitud o de una intensidad no ordinaria (dado que el público restante, ordinariamente, no participaba de esa provocación), creando una situación embarazosa o molesta, cuando menos para los participantes en las gradas del espectáculo” (sic). Pero vayamos a las tres expresiones concretas:

A.- La frase “ese portugués, qué hijo de puta es” (sic), resulta que la misma, según la sentencia, “es claramente vejatoria y atentatoria contra la dignidad de su actividad como deportista, además de una inaceptable alusión a su origen nacional en el marco de una multitud de comportamiento imprevisible, y frente a cuyo insulto, doble insulto, el deportista no puede defenderse; la expresión coral utilizada es preparatoria para la creación de un sentimiento de desprecio y de agresividad frente al mismo” (sic).

B.- La expresión “písalo, písalo” no la interpreta el juez como evocatoria del episodio que ulteriormente narraremos, sino que “dirigida a un deportista cuando se queja del dolor producido y en tal condición queda postrado en el suelo siendo atendido por el médico, es indudablemente despreciativa, violenta y agresiva y sugestiva para la multitud para la comisión d actos, aún más dañinos, que el derivado del dolor o del daño repentino provocado por el incidente.” Se ve que aquí Su Señoría ha querido lucirse y adornar con un lazo gramatical la de ordinaria fría prosa legal.

C.- En lo que respecta a “Sergio Ramos, hijo de puta”, de nuevo el magistrado la reputa intolerable en cuanto “dirigida después al que antes había sido lesionado resulta igualmente infractora de los valores protegidos por los artículos 15 y 107 del Código Disciplinario

5.- CRÍTICA A LA SENTENCIA.

En pocas ocasiones he visto una sentencia tan apartada no sólo del sentido común y de la realidad social, sino de los propios criterios de la Audiencia Nacional (los Juzgados Centrales, aun cuando órganos unipersonales, se integran en la misma) que la glosada. Hace un par de entradas nos hacíamos eco de la frase que el juez Stephen Field incluyó en la sentencia Ho Ah Kow v. Nunan, y que debería presidir la actuación de cualquier magistrado: “No podemos cerrar los ojos a hechos públicos, notorios y de conocimiento general. Cuando nos sentamos en el estrado no estamos afectos de ceguera, ni se nos prohíbe tener en cuenta como jueces lo que vemos como hombres.” Pues bien, en esta sentencia el juez habla como si su persona estuviese sita en un plano superior al resto de los mortales y, por tanto, alejado de la realidad social propia de quienes carecen de naturaleza divina o semidivina. Refutaremos punto por punto los cuatro pronunciamientos clave de la sentencia.

1.- Respecto al concepto de violencia que tiene Su Señoría. Mi pregunta es la siguiente: ¿Qué entiende la sentencia por fuerza, ímpetu o de la ira de una multitud o de una intensidad no ordinaria? Incluso alguien tan alejado del deporte rey como el humilde redactor de estas líneas sabe que llamar a un jugador (fundamentalmente contrario, pero en ocasiones a los propios) y al colegiado “hijo de puta” es un hecho ordinario y, por tanto, carece de esa intensidad “extra” ordinaria que parece ser requiere el tipo sancionador. Pero vamos todavía más allá ¿qué pruebas concretas tiene el juez para afirmar que esos cánticos creaban una situación “embarazosa o molesta” para el resto de espectadores? ¿Acaso tiene el juez una especie de termómetro o instrumento que mida la intensidad de la molestia? ¿Es acaso un Dios para saber cómo se sentían todos y cada uno de los espectadores? Insisto, cualquier visitante ocasional (no digamos ya uno habitual) a un campo de fútbol sabe que en muchísimas ocasiones el público reacciona soltando adrenalina en forma de insulto ante determinados hechos: una falta cometida por un jugador rival, una dura entrada del adversario, una decisión arbitral incorrecta.

Para concluir este punto, el juez hace una interpretación extensiva o amplia del tipo infractor. Ahora bien, dado que nos encontramos en el ámbito del derecho sancionador, el proceder jurídicamente correcto hubiera sido justamente el contrario, el de interpretación restrictiva del precepto; vid, por ejemplo, el fundamento jurídico tercero in fine de la Sentencia 530/2014 de 16 de junio de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Asturias dictada en recurso número 436/2013: “Una interpretación restrictiva, propia del Derecho Sancionador….”).

2.- Tema Cristiano Ronaldo. Es increíble que la tolerancia que se tiene con otros comportamientos similares no se tenga aquí. El juzgador quizá no se ha querido plantear siquiera si el objetivo último del público un pareado, y de ahí la alusión a su nacionalidad, que rima con “es” algo que no ocurre con el nombre ni apellidos del jugador (hubiera podido hacerse un juego de palabras con su nombre y con la denominación que en el siglo XVII recibían los judíos conversos en nuestro país, y quizá entonces Su Señoría no se hubiese enterado, porque la última de las palabras ha devenido en un uso totalmente distinto). En todo caso, no cabe decir que es un comportamiento xenófobo (es decir, que siente “fobia a los extranjeros”) por dos motivos esenciales: uno, porque el Real Madrid tenía más jugadores extranjeros y el acta sólo constata insultos frente a este jugador concreto y segundo, porque al ser adornado con las mismas calificaciones un nacional no se puede decir que exista diferencia de trato por motivo de la nacionalidad. Tampoco es un comportamiento racista, porque el jugador en cuestión es de la misma raza que los españoles. ¿Constituye una manifestación de violencia llamar a una persona “hijo de puta”? Depende cuándo, dónde y cómo. Es evidente para cualquier persona dotada de un mínimo de racionalidad que  el dirigir a unos jugadores expresiones poco afortunadas que, además, muchos de los espectadores no suelen utilizar fuera del estadio en modo alguno puede calificarse de “violencia”.

Ilustro, además, al juez con una experiencia personal. A mediados de los años ochenta, cuando quien esto escribe era socio del Real Sporting de Gijón y acudía cada tarde de domingo a la grada norte del campo (aún sin ampliar), justo unos pasos detrás de mi se encontraba una persona que era de las más agradables, corteses y amables que he conocido, pero que tenía una “peculiaridad”: aunque solía permanecer silente, su rostro se iba enrojeciendo progresivamente con cada decisión arbitral que perjudicaba al equipo local, y cuando su faz había pasado del encarnado al púrpura y del púrpura al escarlata estallaba soltaba lo primero que se le venía a la cabeza. Recuerdo como si fuera hoy sus manifestaciones cuando, precisamente en un partido Real Sporting-Real Madrid, el colegiado sancionó con la pena máxima un “piscinazo” de Emilio Butragueño. La persona de la que estoy hablando dijo a voz en grito, textualmente, lo que sigue, y perdón por las expresiones: “Hijo de la grandísima puta. Daba mil duros por verte caer ahora mismo ahí muerto. La gente como tú sube en este mundo, hijo de puta.” ¿Debemos interpretar esto como un ex abrupto al calor de una decisión arbitral percibida como injusta que no va más allá del desahogo, o ello revela que la intención del aficionado era manifestar un deseo real de ser testigo de la muerte inmediata del colegiado? Aunque cualquier persona se inclinaría por la primera opción, no me cabe la menor duda que la sentencia comentada se inclinaría por la segunda.

Se da además, otra circunstancia. Un futbolista, máxime uno que juega al máximo nivel y percibe las retribuciones multimillonarias que percibe, sabe que sus emolumentos incluye el ser destinatario de expresiones peyorativas en los encuentros, y lo mismo cabe decir de otros colectivos (como, por ejemplo, los políticos), entre otras cosas porque, de alguna manera, “les va en el sueldo.” Y, por cierto, decir, como dice la sentencia que el jugador “no puede defenderse” de las expresiones…..¿Pero es que acaso Su Señoría padece ceguera? Porque incluso la persona más alejada de los canales deportivos pero que simplemente vea diariamente cualquier telediario puede contemplar que los espacios deportivos son una loa cotidiana del meritado jugador, a quien en ocasiones dedican la totalidad de la franja deportiva.

En definitiva, que no puede entenderse que estemos ante un comportamiento violento. Se está ante una afirmación de mal gusto, que ha de valorarse no abstractamente considerada, sino en el ámbito en el que se profiere.

B.- Tema “Sergio Ramos”. No cabe más que extender a este apartado las consideraciones vertidas en el anterior.

C.- Tema “písalo, písalo”. La defensa del Sevilla argumentó que se trataba de “un homenaje a un mítico entrenador”, incomprensible circunloquio utilizado en la sentencia para omitir el nombre de Carlos Salvador Bilardo. Dicho profesional que, en efecto, fue entrenador del club sevillista a principios de la década de los noventa del siglo XX, fue protagonista de un episodio que tuvo lugar en 1993 cuando disputando un encuentro, al encontrarse tendidos en el suelo por lesión un jugador de cada equipo, cuando el médico del Sevilla se dirigió a atender al jugador rival, Bilardo pronunció una frase por la que desde entonces es inevitablemente recordado: “Los de colorado son los nuestros. Qué carajo me importa a mí el otro, písalo, písalo”. Es incomprensible, y máxime tratándose de un procedimiento sancionador, que el juez no se haya detenido ni tan siquiera a considerar aun cuando fuera mínimamente si los argumentos del Sevilla pudieran ser ciertos. Bilardo continúa siendo un entrenador muy querido por la afición de dicho club, y ¿sabe quizá Su Señoría qué cántico presidió la última visita del entrenador argentino al estadio del equipo que antaño entrenara? Ha acertado: “písalo, písalo, písalo”. ¿Es eso violencia?

Para finalizar, un último razonamiento que debiera haber presidido todo este asunto. ¿Cómo es posible que se pida comprensión en otros asuntos muchísimo más graves, que los Tribunales disculpan como simples manifestaciones más o menos afortunadas pero no punibles, y en esa ocasión se haga una interpretación extensiva de los hechos y del tipo infractor?

6.- CONCLUSIÓN.

Es realmente paradójico que la sanción económica al Sevilla sea avalada por un magistrado “de Triana” (el segundo apellido del juez es ese) aunque más bien en estricta justicia debiera ser re-apellidado “de Chamartín”. Porque si alguien me hubiese leído los fundamentos jurídicos de esta sentencia sin indicarme que se trataba de una resolución judicial y me dijese que el autor de la misma es el inefable hooligan merengue que, en el periódico deportivo nacido como suplemento del extinto diario Arriba, destila veneno escrito en su columna (significativamente titulada “Con perdón”), sinceramente, me lo hubiera creído.

Con todo, lo preocupante no es eso, sino que la sentencia es una auténtica bomba de relojería de espoleta retardada, porque convierte a quienes profieran cualquier insulto en un campo de fútbol  poco menos que en “grupo salvaje” (expresión que utilizamos como sentido homenaje a la obra homónima de Sam Peckinpah) . Ahora, por lo que se ve, se requiere, además, que los espectadores se conviertan poco menos que en simples figuras de cera que contemplen impertérritos el desarrollo del juego y que ante cualquier decisión arbitral que se perciba como injusta, ante cualquier circunstancia, permanezcan calladitos en sus asientos.

En su libro The Supreme Court, el que fuera chief justice William Rehnquist, al evocar la figura del juez Samuel Freeman Miller, reflexionaba sobre el sentido común que ha de ostentar cualquier persona que ejerza funciones jurisdiccionales, y que implica, según sus palabras, lo siguiente: “un buen juez debe en todo momento estar dispuesto a interrumpir a un letrado y decirle ´su argumento es perfectamente lógico pero el resultado al que llega me parece absurdo.” Aplicando ese principio a la sentencia comentada, mi personal opinion es que el sentido común ha brillado por su ausencia.

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