SOBRE ABOGADOS Y PERIODISTAS: UN LAMENTABLE ARTÍCULO PUBLICADO EN “EL MUNDO”.

abogado

En los minutos finales de la deliciosa comedia Sabrina (adaptación cinematográfica que en el año 1954 hizo el genial Billy Wilder de la obra teatral de Samuel Taylor), Oliver Larrabee, el anciano patriarca de la familia, clamaba su malestar contra los periodistas con una airada afirmación: “All columnists should be beaten to a pulp and converted back into paper” (Todos los periodistas deberían ser reducidos a pulpa y convertidos en papel). Lo hacía justo cuando  su hijo menor, David Larrabee (muy acertado William Holden) leía a su hermano mayor, Linus (un muy inadecuado Humphrey Bogart, que intentaba acomodarse en un rol que en el último momento rehusara interpretar Cary Grant) una información publicada en uno de los diarios de Nueva York. Y es que, en efecto, son numerosas las ocasiones en que el séptimo arte ha reflejado la cara menos amable del periodismo, desde la apocalíptica Network (que citábamos en nuestro anterior post) a la algo más amable Front Page (Primera plana) que en 1971 dirigía igualmente Billy Wilder (en realidad, la tercera versión de un drama teatral escrito por Ben Hetch y Charles MacArthur), donde ni el periodismo ni quienes integran la profesión salen precisamente bien parados, empezando por el siniestro Walter Burns (Walter Mattau) director de un periódico capaz de sacrificarlo todo por un titular.

Pese a ello, sería injusto generalizar e imputar a toda una profesión los defectos o lacras de un individuo. Porque, en eso forzosamente hay que estar de acuerdo, en todas las profesiones existen garbanzos negros, individuos que son una auténtica deshonra para el colectivo, pero en modo alguno pueden extenderse los defectos individuales a una corporación. Que un empleado público sea indolente no significa que todo el empleo público lo sea; que un abogado sea deshonesto no implica que la abogacía sea inmoral; que un juez sea venal o prevaricador no quiere decir que la judicatura tenga por norma ese comportamiento; que un periodista se venda al mejor postor no quiere decir que todo el periodismo pueda comprarse. En definitiva, que la profesionalidad y la honradez son cualidades que se predican de una persona, de la misma forma que sus opuestos, la dejadez y la deshonestidad.

Viene todo lo anterior con motivo un artículo de dudoso gusto titulado El peor oficio del mundo, que ha escrito un periodista bonaerense y que ha sido publicado hoy en el diario El Mundo. Confieso que tuve conocimiento del mismo al verlo compartido en la red social Facebook por varios amigos, y decidí sumergirme en su lectura. Me costó ciertamente lo suyo, no sólo porque el individuo en cuestión vomita literalmente su odio hacia la abogacía (además de dejar explícito que posee otros traumas personales muy intensos, como puede deducirse del uso excesivo de determinados sustantivos) sino por hacerlo con un estilo literario bastante pedestre, zafio e indigesto a más no poder, hasta el punto que tras finalizar la lectura del mismo se precisa una buena dosis de bicarbonato para digerirlo. Llama la atención que se antepongan al texto tres palabras  (“relato de ficción”) que ya de por sí son una falsedad, pues ni se está ante un relato ni parece en modo alguno que el mismo sea de ficción, y más bien parece que el objetivo de esos tres vocablos sea precisamente utilizarlos como escudo protector frente a las críticas y posibles acciones judiciales que puedan lloverle con motivo de la publicación. Se empieza, pues, con una mentira, algo que no debe sorprender en tanto en cuanto el propio autor hace una excelente descripción de sí mismo ya bien avanzado el artículo: “todo el mundo descubrió temprano que yo había nacido con la ambigua capacidad de engañar, de convencer a la gente sobre cualquier cosa.” Hablando en plata, un mentiroso compulsivo, un vendedor de crecepelos como el personaje que encarnada Humphrey Bogart en el film No somos ángeles, la clásica cinta dirigida por Michael Curtiz en 1955. Pero, además de mentiroso, no se caracteriza nuestro autor por la modestia, dado que pese a las intolerables descalificaciones hacia la abogacía y sus integrantes, resulta que la visión que tiene de sí mismo el inefable es que de no haber recibido la llamada divina del periodismo, hubiera sido poco más o menos que el rey de los pleitos: “Yo habría sido un gran abogado. El más hijo de puta de todos. El más respetado, el que más culpables ricos habría salvado de la cárcel, el que más inocentes pobres habría metido en prisión. Un gran abogado, sí señor. Una mierda de persona. Hasta tendría un chalet con pileta, un auto grandote”. Pero claro, una profesión como esa le hubiera anulado como persona, de ahí que haya optado por integrarse en el periodismo, otro colectivo cuando menos tan respetado como el de los juristas. Lo único que deja patente el meritado artículo es la catadura y el mal gusto del autor así como el del medio que lo reproduce, que si algo patentiza es la degeneración progresiva que viene sufriendo en los últimos años.

En lo que al mundo del periodismo se refiere mucho podríamos decir, pero En modo alguno ello autioriza a cubrir de expresiones denigratorias al colectivo. Hay medios y personas en el mismo que, ciertamente, se han cubierto de gloria en los últimos años y han hecho gala de un comporatamiento manifiestamente mejorable, pero de ahí a denigrar a toda la profesión o a soltar como ex abrupto la afirmación de Oliver Larrabee con la que abríamos la presente entrada media un abismo. El mismo que separa los términos “Hernán Casciari” y “periodista”.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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