LA DESPEDIDA JURÍDICA DE OBAMA EN LA HARVARD LAW REVIEW: DERECHO Y AUTOBOMBO. POLÍTICO

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A las doce del mediodía de mañana 20 de enero de 2017, Barack Obama dejará oficialmente de ser Presidente de los Estados Unidos de América para dar paso a quien ha de convertirse durante los próximos cuatro años en el inquilino de la Casa Blanca. Y es que las peculiaridades del sistema constitucional americano conllevan que las elecciones para compromisarios se celebren el primer martes del mes de noviembre de cada cuatro años, un mes después los compromisarios electos en cada estado han de reunirse en la capital del mismo para emitir sus votos y, tras la oportuna certificación, remitirlos a Washington D.C., donde serán objeto de recuento en una sesión conjunta de ambas Cámaras presididas al efecto por el Vicepresidente de los Estados Unidos. En casos como el presente, donde el mandatario agota su segundo mandato y no es posible constitucionalmente su reelección, la despedida tiene carácter definitivo. En este caso, Barack Obama, una de las personas a quienes los medios de comunicación han mimado hasta extremos rayanos en lo grotesco, aprovechó la ocasión para iniciar una gira de despedida digna de Curro Romero, en la que no faltaron comparecencias públicas, otorgamiento de galardones a su Vicepresidente, desplazamientos internacionales, periplos que aprovechó para intentar defender su legado en una campaña tan orquestada en la que no faltaron los lagrimones presidenciales (que personalmente me evocaron una célebre tonada infantil popularizada en los ochenta por Fofito) donde si algo quedó explicitado es que los medios se rindieron una vez más a la versión afroamericana de Cary Grant.

Tampoco se privó a Obama de una despedida más apegada al ámbito estrictamente jurídico a fin de que, a pocos días de ceder la antorcha a su sucesor, hiciese una defensa de su legado presidencial, y esa oportunidad se la ofreció la prestigiosa Harvard Law Review, cuyo número correspondiente al mes de enero de 2017 abre con un trabajo que lleva por título The President´s role in advancing criminal justice reform, debido, cómo no, al lame duck President. La revista de la facultad donde cursó sus estudios se unía así a la interminable lista de medios que le brindaban la posibilidad de demostrar que a la hora de hacerse autobombo no tiene rival, porque lo que en principio es o, mejor dicho, debería ser un artículo de análisis estrictamente jurídico se convierte sutilmente en una apasionada defensa de las políticas que sobre la materia ha desplegado en sus ocho años de presidencia, con agotadoras e interminables autocitas así como párrafos de unas loas a sí mismo tan vergonzosas que recuerdan el canto entonado por uno de los personajes de la obra Golfus de Roma, que llegaba a decir de sí mismo “soy mi propio ejemplo.” En algunos párrafos la lectura permite acreditar sin atisbo alguno para la duda que las abuelas del autor han pasado a mejor vida y éste ha decidido asumir personalmente tal rol. Juzguen ustedes por sí mismos este párrafo que, personalmente, me ha producido vergüenza ajena: “I have also used my clemency power to a degree unmatched in modern history to address unfairness in the federal system. These changes mean that I will be the first President in decades to leave the office with a federal prison population lower tan when I took office even as my Administration saw the rate of violent crime fall to its lowest point in decades.” Lo que en un discurso político sería no sólo admisible, sino lógico, lo estimo fuera de lugar en un artículo presuntamente jurídico, tanto por la temática abordada como por el medio en que se publica.

Sin embargo, no todo es crítica a dicho trabajo. No se trata de negar la realidad existente porque la situación descrita por Obama es cierta y las estadísticas manejadas son altamente fiables. Los hechos son tozudos, como dice el viejo refrán la verdad es la verdad, dígala Agamenón u Obama. Por ello, incidir en el hecho del elevadísimo volumen de la población reclusa en cárceles federales o estatales (que se ha cuadruplicado en veinte años) y el hecho de que existen numerosos comportamientos de escasa entidad tipificados como delitos que conllevan el ingreso en prisión precisa, en efecto, un serio análisis y una rectificación legislativa. También, y esto hay que reconocérselo noblemente a Obama, en su trabajo se ha situado claramente al lado de las fuerzas del orden, a quienes trata con respeto y admiración, y de los que llega a decir, por ejemplo, al hablar del problema armamentístico, que: “Hundreds of law enforcement officers have been shot to death protecting their communities.” Noble actuar que contrasta brutalmente con la situación existente en nuestro país, donde lo habitual es que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad sean objeto de injusta mofa y escarnio incluso por fuerzas del arco parlamentario. Una lectura crítica depurando al artículo de su elemento de mera propaganda permite contemplar el trabajo con otra perspectiva, de tal forma que tiene bastante interés tanto por la vertiente histórica como jurídica, pues se nos enumeran las actuaciones más destacadas que en el ámbito penal se han llevado o intentado llevar a efecto, tanto a nivel legislativo como ejecutivo, durante los ocho años de presidencia de Obama, tanto a nivel legislativo como presidencial.

En definitiva, que un artículo jurídicamente de interés devalúa su mérito por intentar convertirlo el autor, con una preocupante falta de sutileza, en un arma de propaganda. Una pena, a la vez que altamente significativo.

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