THE CROWN: DOS LECCIONES SOBRE LA POSICIÓN DEL MONARCA EN UN RÉGIMEN PARLAMENTARIO.

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Me confieso seguidor de la magnífica serie The Crown, que aborda el último año de reinado de Jorge VI (un magnífico Jared Harris, que llega incluso a superar la interpretación que del monarca en cuestión hiciera Colin Firth en la oscarizada The King´s speech) y el acceso al trono británico de la reina Isabel II así como sus primeros años de reinado a la sombra del casi octogenario premier Winston Churchill (una auténtica lección interpretativa de John Litghow). Cada uno de los episodios es una auténtica delicia visual por el despliegue de medios, que hacen al seguidor adentrarse literalmente en los entresijos de la monarquía del todavía glamuroso Imperio Británico, aunque ya cuarteado por la pérdida de la India (ya en el primero de los capítulos, en la boda de la todavía princesa Elisabeth, Winston Churchill identifica a Lord Mountbatten como “quien entregó la India”). Pero no sólo ofrece las interioridades y avatares personales de cada uno de los miembros de la familia real, con sus fortalezas y debilidades (la dolorosa enfermedad del rey debido al abuso a la hora de fumar cigarrillos, lo que llevó a que le tuviesen que extirpar uno de los pulmones; el resentimiento familiar hacia el duque de Windsor por su abdicación, lo que se consideró como un acto de debilidad y cobardía incluso por su propia madre, algo que es correspondido por un abierto desprecio del duque hacia el resto de sus familiares), sino que incluso ofrece ejemplos concretos de lo que es papel del rey en una monarquía parlamentaria y cómo puede ejercer su poder moderador sin invadir competencias que legalmente corresponden al ejecutivo. En este sentido, hay dos escenas fundamentales a tener en cuenta. Dos auténticas lecciones que muestran cuándo es deber del monarca abstenerse de toda actuación y cuándo debe ejercer con tacto, pero con firmeza, su poder moderador.

La primera lección de lo que es un monarca constitucional tiene lugar nada menos que en medio de una cacería, cuando Anthony Eden, Secretario de Asuntos Exteriores, acude a la misma para implorar al rey Jorge VI que ejerza sus facultades moderadoras y convenza a Winston Churchill para que abandone su cargo de Primer Ministro al encontrarse ya en una edad provecta que le impide cumplir con efectividad y diligencia sus funciones (apenas unos segundos antes, la serie había mostrado en una hilarante esena cómo, en plena reunión del gabinete, el premier, sin articular palabra o dar explicación alguna, se levanta lentamente de la silla y abandona la reunión para encerrarse en el excusado). Cuando el rey comunica a Eden que como monarca constitucional no puede hacer lo que le pide, aquél reconoce ser cierto que Jorge VI no puede inmiscuirse en cuestiones de gabinete, pero que como Albert Windsor puede aconsejar en su condición de amigo a Winston Churchill para que éste se replantee su continuidad. La respuesta del monarca no se hace esperar, “Albert Windsor está muerto. Lo mató su hermano al abdicar.” Ante la firmeza del monarca, Eden no insiste y comprende que aquel tiene razón. La Corona no puede inmiscuirse en las luchas políticas que existen en el seno del gabinete.

La segunda tiene lugar años más tarde, ya con Isabel II como inquilina del Buckingham Palace. En una situación internacional muy delicada (la Unión Soviética ha realizado pruebas nucleares) es preciso un encuentro entre el presidente norteamericano Eisenhower y el primer ministro británico Winston Churchill. Éste se encuentra convaleciente por un ataque apopléjico que lo ha postrado literalmente en el lecho, circunstancia que oculta a la reina al hacerle llegar que únicamente sufre un resfriado. Anthony Eden, que como Secretario de Asuntos Exteriores se ha desplazado a Washington, ha tenido que ser hospitalizado por agravarse una dolencia que padecía en silencio, de tal manera que las personas que ocupan los dos puestos más importantes del gabinete inglés se encuentran temporalmente incapacitados para el ejercicio de sus funciones. Cuando la reina se entera de la maniobra que le había sido ocultada, moviliza al personal para que encuentren algo. Ese algo es un cuaderno significativamente titulado: “Elisabeth: The Constitution”, que había rellenado con las lecciones que, siendo una niña, recibió de un tutor en la Universidad de Eton. El preceptor le había resumido la obra del gran autor británico Walter Bagehot, y su célebre The English constitution, donde resumía la constitución política inglesa distinguiendo entre las efficient parts (simbolizadas en el Parlamento y el Gabinete, que ejercían respectivamente la función legislativa y de Gobierno y, como tales, respondían ante el electorado) y las dignified parts (fundamentalmente la Corona, que no era responsable ante el electorado, sino únicamente ante Dios). El secreto del buen funcionamiento de la Constitución inglesa se resumía en una palabra, tan sólo una que resumía las relaciones que debían existir entre las dos partes: trust (confianza), palabra que aparecía subrayada en el cuaderno redactado por la entonces princesa. Pues bien, una vez se entera de los esfuerzos del gabinete para ocultarle tan grave situación, la reina convoca a una audiencia privada tanto al primer ministro como a Lord Salisbury, a quienes recibe por separado. Al primero le fulmina tan sólo afeándole la conducta y espetándole abiertamente que quizá la confianza ciega que el anterior monarca tenía en él no estuviese del todo justificada, sin más. Pero, con todo, lo decisiva es la recepción que ofrece al enfermo y octogenario Churchill. No le pide que dimita, y ni tan siquiera le pide explicaciones, simplemente abre el cuaderno con las notas que de niña había tomado en Eton y le explica la relación que ha de existir entre la Corona y el Gabinete; su responsabilidad como monarca es simplemente garantizar que el gobierno inglés esté en manos de gente no incursa en situaciones que les impidan desarrollar con normalidad el ejercicio de sus funciones, es decir, que ha de limitarse a asegurar que los ingleses tengan un gobierno, algo que durante quince días no había ocurrido por la grave enfermedad tanto del premier como del secretario de asuntos exteriores. Y ofrece la segunda lección de lo que ha de ser un monarca constitucional: no interviene en el desarrollo ordinario del gobierno, en cuanto no pide la dimisión de su primer ministro, ni tan siquiera insinúa que Churchill haya de renunciar, pero sí que sin salirse de su estricto papel moderador da una lección a dos miembros del gabinete de cómo no se debe actuar.

La secuencia donde todo el personal al servicio de la reina remueve todas las instancias no sólo de Buckingham, sino de otras regias moradas, en busca de ese cuadernillo donde resumía la obra de Bagehot es sinceramente deliciosa. Y muestra, a la vez, cómo aun a mediados del siglo XX se continuaba reverenciando a un autor que, en pleno apogeo del liberalismo inglés y en el ecuador del reinado de Victoria I, intentó ofrecer al público británico en un lenguaje sencillo y accesible, sacrificando erudición en aras a lograr una obra más didáctica, un resumen del sistema político británico, cuyas virtudes oponía frente al régimen presidencialista norteamericano. Por cierto, que la obra de Bagehot fue publicada en nuestro país con el título La constitución inglesa, en una traducción efectuada por el asturiano Adolfo Posada, y que hace unos años fue reeditada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales precedida de un amplio y luminoso estudio preliminar debido a Joaquín Varela Suanzes-Carpegna. El lector interesado puede ver una reseña de dicha obra en este enlace.

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