EXCELENTE SÍNTESIS DE LA HISTORIA, SISTEMA CONSTITUCIONAL Y POLÍTICA ESTADOUNIDENSE.

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He tenido la oportunidad de leer estos días un recentísimo libro colectivo coordinado por Yolanda Casado Sánchez, titulado El sistema político de Estados Unidos, que acaba de sacar al mercado la editorial Tecnos. Quien desee tener unos conocimientos básicos no sólo sobre el ordenamiento constitucional norteamericano, sino unos apuntes acerca de su desarrollo histórico, la evolución de las instituciones políticas y las mutaciones que los diversos poderes han tenido en los dos lustros y medio de existencia tendrá que acudir necesariamente a este manual como lectura obligada. Aclarar que no estamos ante una obra completa, es decir, que desarrolle exhaustivamente hasta agotarlo una materia, pero en sus siete capítulos ha sabido condensar de forma magistral, en apenas ciento ochenta páginas, historia, derecho constitucional, ciencia política y sociología.

A un capítulo introductorio que acerca al lector al proceso independentista americano que culmina con el texto constitucional de 1787, siguen tres dedicados a cada uno de los tres poderes y concluye con otros tres dedicados respectivamente a los partidos políticos, al cuerpo electoral y los grupos de presión. Cada tema concluye con un interesantísimo apéndice bibliográfico al que se añaden diversos enlaces de interés. Pero cuando uno ya ha culminado la lectura se encontrará, a modo de “propina”, con un anexo titulado “material fílmico” y en el que se enumeran diversas películas que a juicio de los autores ilustran cada uno de los temas.

Pese a que los capítulos están redactados por personas distintas y, por tanto, tienen autonomía propia, lo que hace que puedan leerse en cualquier orden, sin embargo la obra no sólo no se resiente, sino que mantiene una perfecta unidad pese a que la visión de cada uno de los redactores no es la misma, lo que incluso hace que el estudio gane en pluralidad. Así, por ejemplo, al ya expresidente Barack Obama (a mi juicio uno de los personajes más siniestros y vacíos que haya morado en la Casa Blanca), en poco coinciden la visión sumamente negativa que Manuel Pastor Martínez refleja en el capítulo dedicado al Congreso con la que la coordinadora Yolanda Casado Rodríguez plasma en el capítulo dedicado a la presidencia. Juzguen el magnífico y delicioso párrafo que obra en las páginas 53-54 del libro, dentro del análisis del Congreso: “Con la evidente falta de liderazgo del presidente Obama, el Congreso durante 2013 ha sido el campo de batalla del precipicio fiscal, del abismo insondable de la deuda, y del final “cierre” del gobierno, con la crisis internacional permanente de Oriente Medio (vergonzoso apaciguamento de Irán y acuerdo con Rusia sobre Siria, fracaso del a transición en Egipto y resurgimiento de Al-Quaeda en Irak) y las inextinguibles llamas de Bengasi con sus trágicas muertes al fondo, pese a los esfuerzos del New York Times y otros medios progresistas de desinformar para allanar el camino de Hillary Clinton a la presidencia en 2016.” Y aunque en el capítulo tercero se muestra una visión algo más amable del meritado Obama (véase, por ejemplo, la página 81), sin embargo, reconoce noblemente que los ataques terroristas del once de septiembre, “consiguieron una cierta vuelta al consenso en las grandes líneas de seguridad nacional, apenas modificadas realmente por B. Obama durante su primer mandato.” Y el capítulo dedicado al poder judicial (obra del magistrado Carmelo Jiménez Segado) ofrece una espléndida síntesis en apenas veintiún páginas de la articulación de los sistemas judiciales estatal y federal, la pirámide orgánica en la que se sustenta la planta judicial de los Estados Unidos, el sistema de selección de jueces e incluso en las últimas páginas un apretadísimo pero ajustado resumen de los asuntos más relevantes en la historia del Tribunal Supremo. Aunque prácticamente en el ocaso del capítulo Jiménez Segado incurre en el mismo pequeño error en que incurrió el presidente William Jefferson Clinton y que no gustó nada a William Rehnquist: hablar de chief justice del Tribunal Supremo (página 119), cuando la denominación correcta es chief justice of the United States.

Existen algunos errores de carácter menor en la obra y que creo que podrían corregirse en una próxima edición, como por ejemplo decir que Washington dimitió en 1796, cuando en realidad lo que hizo es no optar a un tercer mandato; o indicar que Lincoln falleció antes de finalizar la guerra de secesión, algo que no es cierto puesto que su asesinato tuvo lugar justo una semana después de que Lee se rindiera a Grant en Appomatox. De igual forma, la selección de películas que se cita en el apéndice está, lógicamente, vinculada a las preferencias de quien la elabora, dado que toda lista tiene un componente de subjetividad. No obstante hay inclusiones extrañas y omisiones clamorosas. Por ejemplo, en para ilustrar el funcionamiento del poder judicial se incluyen las series Hill Street Blues (que narra la vida cotidiana en una comisaría) y Night Court (serie de humor) que poco o nada ilustran sobre el funcionamiento del poder judicial, y sin embargo se omiten títulos fundamentales como la clásica L.A. Law (quienes vivimos nuestra adolescencia en la década de los ochenta nos deleitábamos con el éxito de los criminalistas Michael Kuzak y Victor Cifuentes, con los asuntos matrimoniales jurídicos y extrajurídicos de Arnie Becker y con los pleitos que entraban en el bufete McKenzie & Brackman) o la benemérita Law & Order, que durante dos décadas no sólo permite al telespectador visionar los cambios de la sociedad estadounidense, sino que ofrece una imagen mucho más real del funcionamiento del sistema penal americano que las hilarantes aventuras del juez Harry F. Stone y el libidinoso fiscal Dan Fielding.

Pero, en definitiva, nos encontramos con una magnífica obra que sin duda alguna despertará en el lector interesado la curiosidad suficiente para que decida por su cuenta avanzar en el estudio de la historia, el derecho y la sociedad americana.

Y no quisiera finalizar esta reseña sin transcribir este párrafo que obra en la página 48 y que despertará la sana envidia de quienes, como los españoles, vivimos en una auténtica partitocracia que ha secuestrado la voluntad de los electores. A la hora de exponer la elección de los miembros de las cámaras legislativas, uno se encuentra con el siguiente párrafo:

Es importante enfatizar que los candidatos se postulan individualmente, con sus propios medios y recursos, sin mediación de los partidos políticos, lo cual constituye una gran garantía contra la partitocracia. Los candidatos se presentan ante los electores, y por tanto, no tienen un mandato imperativo ni disciplina de partido. Una vez elegidos para el cargo, en el Congreso tampoco están sometidos a una disciplina parlamentaria a la hora de votar. Pese a las instrucciones de su líder y las presiones de su Whip en cada cámara, lo harán en conciencia y teniendo en cuenta exclusivamente los intereses de sus electores. No existe el estigma de los tránsfugas, porque de hecho es muy frecuente que los Representantes o senadores voten iniciativas o propuestas legislativas del partido rival. El Congreso de los Estados Unidos no sólo es el único poder legislativo realmente independiente de las democracias occidentales, sino que además sus miembros son también legisladores independientes respecto a sus propios partidos en un grado desconocido en las democracias parlamentarias europeas

Ahí queda eso!!!

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